Líneas rojas

Líneas rojas

La característica básica de la Unión Europea, como organización internacional, es la cesión de soberanía. A grandes rasgos, la soberanía es lo único que distingue a un Estado de un grupo de edificios con trapos de colores en la fachada. Ceder soberanía significa permitir que otros tomen ciertas decisiones en lugar de las instituciones propias del Estado; y a su vez, ceder soberanía es un acto soberano, la máxima expresión del poder de un Estado. Continúa leyendo “Líneas rojas”

Two kinds of pain

Two kinds of pain

Una de las frases que más me han gustado del personaje de Kevin Spacey en House of Cards, el último hito de las series de televisión americanas y digno sucesor –que no reemplazo– de El Ala Oeste, dice así:

There are two kinds of pain: the sort of pain that makes you strong, or useless pain. The sort of pain that’s only suffering. I have no patience for useless things. (Hay dos tipos de dolor: esa clase de dolor que te hace fuerte, o el dolor inútil. El tipo de dolor que consiste simplemente en sufrir. Yo no tengo paciencia para cosas inútiles.)

Al margen de que Frank Underwood le ganaría unas elecciones reales a Obama, lo que ya es de por sí significativo, comparar a mi nuevo personaje fetiche con Mariano Rajoy sería como comparar –y tomo prestada la expresión, que me parece brillante– a Dios con una bicicleta. Continúa leyendo “Two kinds of pain”

Ustedes no la toquen

Monumento a la Constitución en MadridEmpieza a no ser fácil sentarse ante un documento en blanco para escribir a favor de la Constitución. Como con toda víctima que no puede defenderse, achacar todos nuestros problemas a la norma fundamental del Estado es lo más sencillo para una parte del arco parlamentario. Claro que si los defensores de la Constitución nos tenemos que ver representados en un Presidente con voz griposa que dice que es lo mejor que nos ha pasado en la vida porque el PIB desde 1978 ha crecido un 100% –como si fuera el mejor argumento–, la cosa no parece sencilla.

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La pregunta clave

Tengo que decir que, siendo como soy alérgico a los números desde más o menos la primera vez que respiré, me parece meritorio haber dedicado unas cuantas horas de tiempo vacacional a echar mano de la calculadora. Al margen de esta satisfacción personal, lo que he estado intentando es descubrir si me mienten o no. O, mejor dicho –ya sé que me mienten–, descubrir en qué.

Mienten cada día porque la realidad es que somos pocos los ciudadanos que nos sentamos, abrimos la web del Instituto Nacional de Estadística y hacemos un par de sumas. Bien es cierto que a veces no hace falta ni siquiera eso. Continuar leyendo »