Ni está el mañana, ni el ayer escrito (I)

En su magistral relato del 23 F, Anatomía de un instante, Javier Cercas repite una y otra vez los tres adjetivos que definen al hombre alrededor del que gira ese instante infinito, en el que el fuego de los subfusiles sustituyó los síes y noes de los Diputados en votación: «solo, estatutario y espectral» es como el vídeo congelado muestra al presidente Suárez sentado en su escaño, cuando todos los demás parlamentarios de ese lado del hemiciclo habían desaparecido.

Solo, estatutario y espectral en una bancada desierta, luego declaró muchas veces, preguntado por qué, siempre lo mismo: porque él era el Presidente del Gobierno, aquél era su escaño, y aunque sabía que estaba políticamente acabado, aquél asiento azul seguía siendo su sitio. Suárez demostró con aquello, lo dice Cercas, su devoción por el poder. Pero también la infinita dignidad de su cargo, de la institución de la Presidencia, que salvaguardó incluso en el acto mismo de traspaso a su sucesor.

Mi estupor anteayer en las tribunas de ese mismo Congreso, a medida que pasaban las horas y el presidente Rajoy no volvía a aparecer por allí, se elevó a vergüenza cuando Pablo Iglesias me reveló desde la Tribuna de oradores que el escaño azul, en realidad, no estaba vacío. Desde mi ángulo yo no podía verlo, pues me daba la espalda, así que me incorporé un poco en mi asiento para comprobar con horror que era cierto: el sillón del presidente lo ocupaba un bolso.

De la vergüenza pasé a la indignación cuando alguien me dijo que Rajoy no estaba en la Moncloa, ni siquiera en la Zarzuela o en Génova 13, sino de sobremesa. Cuando llegué a mi casa, él aún seguía ahí, como el dinosaurio del cuento de Monterroso. El día que cayó el Gobierno se cerró con un titular surrealista, «Rajoy sale del bar», que encierra en cuatro palabras el destino de un mandato.

Cuando Jorge Bustos escribió en El Mundo que «no es que el poder no cambie al hombre cuando pasa por Rajoy: es que el poder vive aburrido en el interior de Rajoy», desvelaba esa indolencia que le ha caracterizado hasta sus últimas horas. Ese desprecio altanero por la posición que ocupaba, la más alta de las que podría ocupar, la dignidad mayor a la que se puede aspirar en política: a ocupar el escaño en el que Suárez, sólo, estatutario y espectral, aguantó hasta las últimas consecuencias.

La metáfora del escaño vacante nunca antes había tomado forma en el Hemiciclo del Congreso. Por definición, los escaños no están vacantes. Nunca. El que renuncia a su acta es inmediatamente sustituido por su suplente. El que no va al Congreso no lo deja vacante, sino temporalmente vacío, conservándolo como suyo para cuando pueda regresar. Pero el escaño de Rajoy quedó vacante en esa tarde de historia política de España en la que un hombre con el 1,2% de los votos y el 1,4% de los escaños –la correlación más proporcional de la Cámara, por cierto– subió a la Tribuna para anunciar la caída del Gobierno, a ratos incrédulo de que su Presidente no estuviera ahí para escucharlo.

Conviene mirar todo esto con más profundidad. La caída de Rajoy, que debió producirse hace mucho tiempo y seguramente forzada por su propio partido, no es simplemente un relevo. No es, como a algunos les interesa hacer creer, ni un golpe de Estado, ni una traición. No es un apaño, un chanchullo o una maniobra. Es una necesidad.

La ascensión al Olimpo de la Moncloa de Pedro Sánchez no es, como otros quieren hacer ver, un torpedo a la línea de flotación del Estado de Derecho –pues se basa en él–. Y tampoco es una perversión de la voluntad popular, porque a ésta la representa la Cámara. Toda ella. El Congreso que hizo presidente a Rajoy hace dos años es el mismo que ahora lo ha destituido y ha depositado su confianza en Sánchez. Es exactamente la misma Cámara, con la misma legitimidad, con el mismo origen, con el mismo monopolio absoluto sobre la expresión de la voluntad de los españoles.

La caída de Rajoy y la ascensión de Sánchez obedecen a una única causa: la incapacidad del primero a la hora de asumir la responsabilidad que desde todos los sectores se le exigía. Y eso me recordó a algo. Escuchen con atención:

Rajoy no necesariamente debía optar por la dimisión, que en última instancia también. Hubiera bastado, quizás, con asumir alguna responsabilidad cuando un Tribunal dice que el partido que dirige se ha convertido en engranaje central de una «eficaz trama de corrupción institucional» y afirma que su testimonio carece de «credibilidad». Negarlo todo y llamar imbéciles al resto de los ciudadanos era una estrategia que indefectiblemente conducía a este final. Enrocarse en el poder de forma estéril era la única vía que terminaba en precipicio.

Como recordó Sánchez desde la Tribuna, en su mano estaba: «dimita, señor Rajoy, y esta moción de censura termina hoy, aquí y ahora». El líder fénix puso al Presidente ante el espejo de su propia responsabilidad, y para Rajoy fue tan insoportable que no fue capaz de regresar al Hemiciclo para verlo una vez más. El presidente que tuvo el cuajo de anunciar el rescate como un regalo, de animar a Bárcenas con un «hacemos lo que podemos», de decirle no al Rey, de aguantar inmóvil hasta el límite del abismo en Cataluña, no pudo enfrentarse a las consecuencias de sus propios actos. Rajoy dejó vacante el escaño de presidente del Gobierno para no tener que presenciar su propio final. Pero eso sí: Rafael Hernando tuvo los arrestos de compararle ayer con Adolfo Suárez. «¿Huelen ahora el aroma del absurdo?».

En mi breve conversación con el presidente Sánchez, ayer en los pasillos del Congreso, no tuve oportunidad de decirle muchas cosas, porque preferí escuchar. Pero una de ellas fue que no tenían otra opción; en definitiva, que aquello era lo correcto. Exigir la responsabilidad política del Gobierno era imprescindible y si para ello había que crear otro Gobierno, pues la Constitución así lo establece, habría que hacerlo. En manos de Rajoy estuvo evitarlo, y decidió no hacerlo. Si tan convencido estaba de que este nuevo Ejecutivo será la ruina de España, debió dimitir para abortarlo. Si tan presente tenía los intereses del país, y éstos iban en la dirección que el creía, entonces no le quedaba otra que dimitir. Pero no lo hizo, una de dos: o bien porque cree que le conviene que el PSOE asuma la dura tarea de gobernar en minoría –en cuyo caso no se guía por los intereses de España–, o bien porque cree que no va a ser tan perjudicial como para hacer cualquier cosa para evitarlo –en cuyo caso ha mentido–. Sea cual sea la razón por la que Rajoy ha optado por el órdago, ya no importa. Él sabía las reglas del juego desde que empezó a jugar, y ha perdido. Sánchez es lo que nos espera mañana y Rajoy está ya a un paso del ayer, pero Machado, en boca también de Suárez, nos recuerda que ninguno de los dos está aún escrito.

Continuará.

Gracias por seguir ahí.

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