La moción de censura presentada por Pedro Sánchez es un ejercicio de responsabilidad. No sólo de responsabilidad por su parte, por parte del Partido Socialista, sino que es un ejercicio de exigencia de la responsabilidad política del Gobierno. El artículo 113.1 de la Constitución así lo establece: «El Congreso de los Diputados puede exigir la responsabilidad política del Gobierno mediante la adopción por mayoría absoluta de la moción de censura».

Retrocedamos a los acontecimientos del jueves. La Audiencia Nacional, en una sentencia histórica, declaró al partido del Gobierno, partícipe a título lucrativo, dijo, en una «eficaz trama de corrupción institucional» montada para estafar dinero al erario público y financiar ilegalmente las campañas electorales del Partido Popular. Eficaz trama de corrupción institucional. Las palabras son duras. Condenó a decenas de años de prisión altos cargos de dicho partido responsables de su financiación, responsables de su gestión económica, responsables de la organización de sus campañas electorales, y un largo etcétera que no tiene precedentes en nuestra historia democrática. Y lo más grave: declaró como inverosímil el testimonio dado por el presidente del Gobierno en juicio oral. Declaro que el jefe del Ejecutivo fue incapaz de decir la verdad en sede judicial. Que nadie se creyó lo que dijo allí, obligado como estaba por la Ley a no faltar a la verdad.

El presidente Rajoy fue incapaz de dar explicaciones. En un episodio más de escapismo político, el presidente del Gobierno se escondió en su agujero y no tuvo los arrestos de defender su inocencia o la de su partido, porque ya no hay margen para defender lo indefendible. Se atrincheró en su Palacio de la Moncloa y no fue capaz de ponerse ante una cámara hasta que alguien le amenazó con sacarle de ahí por la fuerza. Esta misma mañana el mismísimo ministro de Justicia ha tenido el valor de decir que la sentencia, y cito literalmente, «no ha tenido nada que ver con la corrupción en el PP».

Pero retrocedamos aún un poco más, al miércoles 23. Ese día, Aitor Esteban confirmaba que la ingente cantidad de tiempo y de dinero invertida por Rajoy daba sus frutos y el PNV daba luz verde a los Presupuestos. Con las cuentas aprobadas tras dos meses de negociaciones agónicas, y el 155 en vigor en Cataluña, el Presidente se congratulaba de haber sobrevivido hasta 2020  sin la menor intención de hacer otra cosa que no fuera despachar trámites, sin iniciativa política de ningún tipo. Simplemente aguantar dos años más. Y en una entrevista con Carlos Herrera el jueves a primera hora de la mañana concedió a Pedro Sánchez la máxima distinción que otorga, la de hombre de Estado, la de no estar «fuera del tiesto».

Veinticuatro horas después, para Mariano Rajoy el líder de la oposición se convirtió en un indeseable traidor, asesino del orden constitucional, baluarte del golpismo. El Presidente no se despeinó al utilizar la rueda de prensa del Consejo de Ministros para poner a caldo a quien representa a cinco millones y medio de españoles. Su furibunda carga contra Sánchez fue la más viva representación de un hombre acorralado. Dolores de Cospedal, la secretaria general de un partido político convertido en «eficaz trama de corrupción institucional», le calificó nada menos que de «enemigo del Estado de Derecho». En el PP se atreven a llamar a Sánchez «traidor a España». Pero ¿qué se han creído?

Dijo Mariano Rajoy que Pedro Sánchez quiere ser presidente «a cualquier precio», pero se equivoca. Él tiene que dejar de serlo, a cualquier precio. Cueste lo que cueste. A esto es a lo que hemos llegado por culpa de la indolencia, la falta de escrúpulos y la indecencia política de un presidente cobarde, inconsciente y, ahora ya muy cerca de ser verdad, probablemente corrupto, o como mínimo, condescendiente con la corrupción.

Si realmente Rajoy tuviera un mínimo respeto a sus votantes habría dimitido, dejando paso a alguien del PP para gestionar el tiempo que reste hasta las elecciones. Al menos, habría hecho algún amago de asumir su responsabilidad como presidente, durante ya quince largos años, de un partido corrupto. Decidió no hacerlo y por eso ahora se enfrenta a terminar su mandato, no en 2020 tras una legislatura insulsa y sin el menor atisbo de iniciativa política más allá de Cataluña, sino cesado por el Congreso una semana después de aprobar Presupuestos, obligado por la fuerza de una mayoría parlamentaria igual de legítima, o más, que la que le mantuvo en la Presidencia.

Y es precisamente la Presidencia la última víctima de todo este vodevil cutre en el que se ha convertido la casi década de gobierno popular. Después de perder ante el Constitucional un conflicto de atribuciones por intentar bloquear al Congreso, después de usar su mayoría-rodillo para aprobar leyes abiertamente inconstitucionales, después de poner a un militante del PP en la Presidencia del TC, después de torpedear la independencia de Televisión Española hasta el punto de que los corresponsales se manifiesten cada viernes, después de degradar todas las instituciones que ha pisado hasta cotas insoportables, Mariano Rajoy ha convertido la Presidencia del Gobierno (que no es suya) en un elemento grisáceo que no aporta nada y no representa casi nada.

El Presidente debe salir del Gobierno a cualquier precio, porque su permanencia en él es un insulto. La incapacidad de Rajoy para gobernar como un político y no como un registrador de la propiedad ha quedado demostrada a la hora de la verdad: la de asumir responsabilidades. Las declaraciones de todos los miembros del PP estos últimos días lo demuestran: lejos de pedir perdón, lejos de reconocer sus errores (sus delitos), se dedican a insultar de forma indecente a un líder político que, como mínimo, está limpio. Su tiempo para convocar elecciones ha pasado. Si el PP no quiere que triunfe la moción de censura, que fuerce a su líder a dimitir, pues eso es lo único que paraliza este proceso. Si no lo hace, a Rajoy hay que sacarle del Palacio de la Moncloa porque en ello nos va nuestra condición de democracia moderna. No merecemos menos.

Gracias por seguir ahí.

Un comentario en “A cualquier precio

  1. Tienes razón Rajoy hace mucho tiempo que tendría que haber estado en su casa, no se atiende ese apego al sillón presidencial, cuando no sabe ni quiere ejercer de Presidente, no interviene nunca para solucionar nada y parece siempre ausente. Tampoco entiendo como el PP no le ha mandado a la porra hace mucho tiempo, dejándole que acabara con el partido. Ahora bien eso no obsta para que Sánchez me parezca un horror que también quiere estar en el poder caiga quien caiga y creo que puede hacerlo tan mal como Rajoy.

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