Que caigan todos

Al igual que el oro es el valor refugio en el mercado de divisas, Immanuel Kant es apuesta segura a la hora de buscar un filósofo. En Kant llevo yo pensando varias semanas ante el panorama que se nos presenta a los que hemos decidido dedicarnos a la triste tarea de fiscalizar a los que nos gobiernan.

Esa actividad, que debería ser de todos, cada vez la hace menos gente. Es lógico; se trata de un trabajo para el que existen pocos o ningún incentivo. El coste de estar informado y elaborar una opinión personal fundamentada y solvente sobre los asuntos públicos es desproporcionado en comparación con el escaso peso que ese voto informado tiene en el total. Resumido, en la cabeza del ciudadano medio: de qué sirve que yo me informe, si mi voto vale lo mismo que el del patán del bar de abajo que se prodiga en descomunales chorradas que deberían pagarme por tener que escuchar mientras me tomo mi café.

Con todo y con esto, un porcentaje relativamente alto –aunque más bajo de lo deseable– de los ciudadanos sigue mostrando un mínimo interés por las cuestiones que les afectan de forma más o menos directa. Es este porcentaje el que se dedica, como digo, a una triste tarea.

En una de las obras cumbre de la filosofía de todos los tiempos, La Paz Perpetua, Kant intentó sentar las bases de lo que debería ser una sociedad basada no sólo en la razón, sino también en la justicia. Y para ilustrar la importancia de esta última, recordó un viejo aforismo romano y lo ratificó: «fiat iustitia, et pereat mundus». Hágase la justicia y que perezca el mundo.

La cita –que él mismo matiza a renglón seguido– se puede interpretar de dos maneras: que se haga la justicia y, consecuentemente, caiga el mundo porque el mundo es injusto; o que se trate siempre de hacer la justicia, aunque el precio sea que todo lo demás se venga abajo. La diferencia es sutil, pero existe.

Yo me quedo con la segunda, que es la única forma racional que se me ocurre de dar salida a la mala uva que paulatinamente se acumula en el cuerpo. Que se haga justicia y, si es necesario, vaya que sí: que caigan todos.

A las mejores memorias les sonará la doctrina Montoro, y si no, aquí estoy yo para recordarla. En aquel verano de 2010, cuando España naufragaba acosada por los mercados y se reformaba el sistema financiero a toda velocidad para evitar la quiebra, el Gobierno de Zapatero llevó al Congreso un Real Decreto-Ley salido de Bruselas para tramitar en 24 horas. Pidió la responsabilidad al PP para aprobarlo, pues no había mayoría. CiU se abstuvo, y había empate. Finalmente, fue Ana Oramas la que se puso del lado de la abstención y, por un voto de diferencia, se aprobó el texto. El PP, liderado entonces por el mismo sujeto que hoy se llena la boca con la palabra responsabilidad, no sólo votó en contra, sino que presionó a los Grupos para hacer caer al Gobierno. Entre Gobierno sin país o país sin gobierno, eligieron no tener ninguna de las dos. Y Oramas reveló, en 2012, la frase literal de Montoro entonces: «que caiga España, que ya la levantaremos nosotros».

Ese señor, bajo la presidencia del ya citado sujeto, sigue siendo hoy ministro de Hacienda, y su partido (suena a broma pero es cierto) pretende que el PSOE le preste cinco votos “al azar” para aprobarle los Presupuestos, de los que no depende la supervivencia de la soberanía económica de España o la quiebra del sistema financiero; sólo el mandato de M.Rajoy. Hay que tener el rostro cimentado.

Desconozco si es un convencido kantiano, pero si Montoro estaba tan seguro entonces de que se podía levantar España de la bancarrota, yo tengo meridianamente claro hoy que se puede levantar sin ninguno de los que nos gobiernan, que no merecen ni respeto, ni mucho menos indulgencia.

Todo esto viene, lógicamente, ante la incredulidad inocente en la que sigo, hoy 12 de abril, con Cristina Cifuentes impertérrita en su cargo de presidenta de la Comunidad de Madrid tras tres semanas (que se dice pronto) mintiendo a más no poder, negándose a dimitir, y con mi partido, de momento y mal que me pese, cubriéndole las espaldas mientras Rajoy se regodea en dejar pasar el tiempo.

Porque, miren, hasta lo del máster podría haber pasado. Es un insulto a todos los que alguna vez hemos tenido que estudiar para que nos aprueben, no digamos ya pagar una matricula (o dos, o tres) y es escupir en la cara de quienes trabajan en la Universidad a la que no cesan de restarle los recursos que necesita. Por descontado que es motivo de dimisión, sólo faltaría. Pero en este país el presidente del Gobierno dio ánimos por SMS a un delincuente desde el Palacio de la Moncloa y sigue viviendo ahí, así que lo del máster podría haber pasado. Devuelve el título, si acaso se disculpa, despide a un vicerrector y ya estaría.

Pero ¿esto? Mentira tras mentira, descaradamente, presentando documentos falsos con firmas falsificadas –hay que ser cutre, diría, si no fuera un delito– y diciendo con toda la desfachatez que incluso si le regalaron el máster, eso sería problema de la Universidad, no de ella. Pero ¿quiénes se han creído? ¿En qué momento les hemos dado esa impunidad? ¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Hasta que se rían a carcajadas en las ruedas de prensa porque ya no pueden aguantar más la risa? ¿Hasta que alguno entrando en un Juzgado suelte que la culpa es nuestra por votarles?

Que caigan todos, ¡vaya que sí! Lo de quemar las naves se queda muy corto. Que perezca el mundo si es necesario, pero que se vayan con él.

Gracias por seguir ahí.

2 comentarios en “Que caigan todos

  1. Los análisis políticos está bién, digo yo, cuando el País funciona razonablemente. Toda información en esta materia nos sirve, para sacar conclusiones, analizar formas de gobierno, compararlas con los proyectos de la oposición, y, si acaso reforzar nuestro criterio.
    Teniendo en cuenta la situación de España en este momento, lamento la ironía, pero necesitamos un Brujo con muchos másteres que nos diga QUÉ VA A PASAR.
    Jaime, como diría A.Espada.
    Y tú, sigue ciego tu camino.

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  2. Ya no estoy segura de nada y no tengo tan claro que el delito del máster sea tan grave como otros, si bien es cierto que las mentiras son lo peor y absurdas porque al final todo se sabe pero a mí me parecía que Cristina Cifuentes era de lo más eficiente que hay en política, siento que haya hecho esa idiotez.

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