La épica de las Repúblicas

La épica del procés es su mayor activo, logro y herencia. Sin ella, nada hubiera sido lo mismo; sin ella, el procés hubiera muerto en alguna votación ―legítima― del Parlamento catalán o del Congreso de los Diputados, donde falleció sin pena ni gloria, pero con mucha paz, su predecesor: el plan Ibarretxe.

Al procés, ese ente abstracto, esa presencia ―un poco como GEA en la Universidad Complutense, o el antiguo PADRE en Hacienda: un ente venido de otra dimensión que rige nuestros destinos sin apelación, sin cara y sin piedad― omnímoda en la política española desde nadie sabe exactamente cuándo, no se le puede privar de la épica que le acompaña, porque dejaría de ser el procés. Se convertiría en un mero proceso político, catalogable y catalogado, un simple momento, efímero, del juego democrático de demandas y productos, inputs y outputs en el lenguaje cada vez más hablado de los politólogos, que existimos para esto ―los periodistas, los meteorólogos o los demógrafos existen para otras cosas―. Si el procés se pudiera reducir a algo tan mundano como para poder ser inteligible, pasaría a ser otra cosa, inevitablemente menor.

Ha pasado mucho tiempo ―en escala procés; muy poco en términos históricos― desde aquellos actos de Artur Mas, en el Palau de la Generalitat, rodeado de sus consellers, sobre la taula de Sant Jordi, con la ploma de Ramón Llull, sentado en la sella de Companys y algún otro simbolismo que se me pudiera escapar. En realidad el Palacio, los consejeros, la mesa, la pluma y la silla eran los mismos que pocos meses atrás. La novedad era el todo, desde empezar a utilizar los sustantivos en catalán en lugar de en castellano por aquello de darle un poco de vuelo ―épica, ya saben―, hasta, por qué no decirlo, ejecutar fraudes de ley convocando elecciones camuflando referéndums. Cierto es que Mas lo reconocía en rueda de prensa, mientras Puigdemont no tuvo el valor de poner por escrito que sí, que había proclamado la independencia de una República.

Al igual que si a la Odisea le quitamos unos meses de travesía ―el Mediterráneo no da para tanto―, un par de criaturas mitológicas y alguna que otra decoración de Homero, se nos queda en un diario de a bordo más o menos normalito, el procés se queda en los huesos si prescindimos de aquellas firmas solemnísimas retransmitidas en directo por TV3, de aquellas valientes manifestaciones pidiendo libertad en un Estado opresor ―qué pronto se han olvidado las que pedían también amnistía y Estatuto de Autonomía en otro Estado un poco más opresor―, o del Estado opresor mismo. Si le quitamos las comparaciones de la democracia constitucional con el totalitarismo fascista, por no hablar de los «anhelos de esperanza que eclosionan en el país y lo recorren de norte a sur como una brisa de aire fresco», queda poca cosa.

Tras los Plenos demenciales, las declaraciones de locura, tras tantas horas de Ferreras presentando especiales informativos, tras la huida a otro país de un responsable público cuyo único precedente en democracia es Roldán ―que se fugó no tanto por ideales políticos sino porque se había llevado dos mil millones de pesetas de 1993―, me niego a pensar que el final del procés quede despojado de toda la épica del balcón de Companys y el arriado de la bandera española, de Els Segadors, de registros en maleteros y alcantarillas, de tantos sentimientos pasionales. Aunque la Historia y la justicia poética son siempre duras, implacables e inmisericordes, me temo que la República, el Ciento Cincuenta y Cinco, las Diadas y el tan atractivo Exilio, todo así en mayúsculas, no van a acabar en los mensajes de texto de un hombre derrotado a otro, cazados por una cámara y filtrados por el programa de Ana Rosa Quintana una mañana de miércoles.

No negaré que tendría su aquél. Que los SMS a Bárcenas no pudieran derribar a Rajoy, pero un alicaído mensaje de derrota fuera la puntilla de Puigdemont. Que no fuera una exclusiva de domingo en un periódico de tirada nacional, sino un programa de mañana de una cadena de segunda. Que no fuera el fruto de una sangrienta traición o un tremendo revés del amigo cercano o el confidente, sino de la torpeza de leer un mensaje sensible con el brillo de la pantalla al máximo en un acto repleto de cámaras. O que no fuera tras un aparatoso derrumbe, al modo soviético y televisado, de una República que, a diferencia de esta o de la que abandonó Figueras, nunca existió. Aquel 10 de junio de 1873, como cuenta Unamuno, el primer jefe de Estado electo que tuvo España* se levantó de la mesa del Consejo de Ministros, anunció a los presentes su absoluto hartazgo, cogió un tren a París sin molestarse en dimitir, y para cuando regresó el país volvía a ser una monarquía.

No fue diseñado el procés para terminar en un compungido dejar caer los brazos, admitiendo de forma literal el triunfo del enemigo por antonomasia, la poderosa metonimia que es la palabra «Moncloa». No hemos llegado hasta aquí ―es decir, muy lejos― para esa tibia retirada, confiando al compañero de fatigas la labor de seguir mientras el mártir se retira a la reflexión y la recuperación. No se han pasado por la piedra el Estado de Derecho para admitir su derrota en algo tan poco épico como un WhatsApp. No, antes de eso aún hay que estirar el chicle, repetir el día de la marmota, lograr que las instituciones ―con la inestimable ayuda del PP― empiecen a discrepar, forzar o una investidura en falso o una repetición de elecciones, paralizar España cuatro o cinco meses más, darle oxígeno a Rajoy para que siga salvando la Nación mientras acaba con el país. La épica no puede terminar así.

Le niego al procés este final de temporada floja. También le niego a don Tancredo la victoria por agotamiento. Los mensajes de Puigdemont no son el final, porque si el procés tiene un final, será sólo el que le permita volver a empezar. Enteramente nuestra es la responsabilidad de aprender a dejar de vivir con algo que es dañino: en definitiva, superar la adicción a la épica.

Gracias por seguir ahí.


* Gracias a Manuel Prieto Bóveda, que ya tiene un hueco en este rincón de la red, haré una puntualización histórica. Estanislao Figueras fue el primer jefe de Estado republicano de España, como Presidente de la Preimera República. Pero cabe recordar que previo al advenimiento de esa República, reinó en España Amadeo I de Saboya, elegido por las Cortes Generales para ocupar el Trono tras el exilio, que no renuncia, de Isabel II. Así, efectivamente el Rey italiano fue un jefe de de Estado elegido, si bien lo fue por unas Cortes que no tenían competencia para ello, pues el artículo 78 de la Constitución de 1869 sólo las facultaba a ello «si llegare a extinguirse la dinastía que sea llamada a la posesión de la Corona», cosa que obviamente no había ocurrido, pues la Reina abdicó en París en 1870 pero lo hizo en favor de su hijo Alfonso, luego Alfonso XII, dando continuidad a la dinastía de Borbón. Amadeo I fue, por tanto, elegido, pero desde luego no fue un jefe de Estado con plena legitimidad democrática y constitucional, por lo que, incluyendo esta aclaración, mantengo mi posición original, con todo el agradecimiento a un lector fiel y atento.

3 comentarios en “La épica de las Repúblicas

  1. Yo achacaba el agotamiento a la actividad diaria, a los largos paseos, a la edad. Que va, el cansancio se debe a las muchas horas de “procés”. Cuando pensaba que con el aterrizaje de Puigdemont en el Parlament volvería a recuperar la salud, resulta que ni votaciones, ni prófugo ni nada. Todo tan cansino, tan pelma, tan surrealista….
    Menos mal que te tengo a tí. A las aportaciones rigurosas, puntuales y sensatas añades un punto de ironía que sirven para desdramatizar la cuestión. Si no fuera una tragedia, que lo es, sería para morirse de risa.
    Déjame que yo también diga. GRACIAS POR ESTAR AHÍ.

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  2. cuyo único precedente en democracia es Roldán ―que se fugó no tanto por ideales políticos sino porque se había llevado dos mil millones de pesetas de 1993―,
    Me temo que la corrección es inevitable: Alfonso13, en 1936 también se “piró” en democracia, por expreso deseo de Pueblo Soberano (REFERENDUM) y con la friolera de 10.000.000 ptas de la época ( una GRAN fortuna en euros corrientes ) y que, además, se dedicó a financiar el golpe de estado militar… Mas conocido como guerra civil española. las resultas… Ya las seguimos viviendo

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    1. Gracias por el comentario, Diego, que entiendo. Pero, por rigor histórico, me parece que no voy a aceptar la corrección, y explico por qué. Alfonso XIII no abdicó por un referéndum, sino por la insostenible situación de la Corona tras la caída de la dictadura y la debacle en las elecciones locales de 1931 (no 36), en las que una muy ajustada mayoría de los concejales elegidos fueron republicanos, ganando en la mayoría de las capitales de provincia. Esas elecciones se convocaron torticeramente por el almirante Aznar sin tener en cuenta, por ejemplo, el sufragio femenino restringido que ya estaba vigente. Considerar democracia el régimen del turnismo me parece generoso, y en esas circunstancias, que ganaran los republicanos era no sólo inevitable, sino necesario. Alfonso XIII desfalcó y huyó, pero no lo hizo en democracia, y desde luego, no era un responsable público elegido, sino un «Rey por la Gracia de Dios» según decía la Constitución de entonces, de 1876. Si es el único precedente, creo que puedo mantener que Roldán, director de la Guardia Civil elegido por un gobierno democrático, sigue siendo el único precedente de responsable público huido del país. Un saludo!

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