Falso inocente, presunto culpable

Todo era mentira. Y como todo era mentira, y ahora ya lo sabemos, es tiempo de filtrar también algunas otras mentiras que nos han acompañado desde antes del procés, como aquella vieja milonga de que «no hay que buscar culpables». Mentira. Hay que encontrarlos.

La aplicación del artículo 155, la única opción del Estado el 27 de octubre, la única salida posible a la crisis, ha resultado ser un fracaso estrepitoso que, por increíble que parezca, cumplió la sórdida predicción republicana de que «moriría en las urnas». Otra gran mentira. La audacia del Presidente Rajoy, que muchos aplaudimos, al convocar elecciones fulminantes, era otra mentira. La posibilidad real de evitar la mayoría independentista era otra mentira que todos quisimos creer, quizá porque era lo único que nos servía como final de esta tragedia. La Historia nos prueba equivocados en nuestra creencia de ser capaces de escribirla.

Me vienen a la cabeza demasiadas cosas a la vez en esta enésima noche electoral frustrada. ¿Cómo? ¿Qué hicimos mal? ¿Y ahora qué? No, primero por qué. No sólo vienen preguntas, también llega alguna respuesta.

¿Por qué? Porque nos han pillado mintiendo, claro. Todos los sondeos lo hicieron. Todos los medios lo hicieron. Todos los hicimos. Fuimos nosotros los que escribimos ese relato autocomplaciente de diferentes opciones de investidura, permitiéndonos el lujo de debatir si ArrimadasIceta, o quizás el tripartito, descartando la que por obvia resultaba inverosímil: la que va a ser. La de Carles Puigdemont, el hombre que huyó escondido a Bruselas para que su Vicepresidente se fuera a la cárcel. Porque el Presidente de una República cruzará la frontera escondido en un coche, pero no puede ser encarcelado por otro Estado. Es de primero de imagen institucional.

Mentimos. A tutiplén. Y aquí estamos hoy, día veintidós, el día que creímos que sería más importante que el de ayer, porque los pactos y las coaliciones y las Ejecutivas y las responsabilidades. Y no tenemos nada que hacer además de comernos los mocos, porque no hay nada que pactar, coaligar o ejecutar. Los secesionistas tienen mayoría absoluta, van a controlar la Mesa del Parlament como ya hicieron porque es la pieza institucional clave, y van a volver a gobernar. No nos mintamos otra vez, que luego es peor. Harán lo mismo, ¿por qué? Porque pueden, y seguramente quieran. Porque les hicimos nuestro mejor regate y nos la quitaron igual. Y mientras aturdidos intentamos ver por dónde nos han metido la pierna, avanzan sólos hacia la portería.

Quiero culpables, porque los hay. Quiero responsabilidades, porque las tienen. Quiero tormenta, porque ya basta de calma chicha. Yo me habré creído la mentira, pero ahora que ya me he dado cuenta, quiero que de entre todos los que somos, el mayor mucófago del país pague. Si todo se va a ir al garete, que sea a lo grande. Y que el primero sea él.

Me van a decir que no es el único. Cierto. Le acompañan cientos de cómplices que a lo largo de su carrera le han dado cobertura para llegar, en toda su mediocridad, a lo más alto. Llámenese populares, convergentes, peneuvistas, podemitas, socialistas, ciudadanos como yo; me confieso cómplice, si con ello consigo algo. Le llevamos entre todos —porque fuimos todos— a lo alto del sitio desde donde debía guiarnos, y que sólo le sirve para esconderse.

Me van a decir que cómo vamos a dejar al país sin Presidente en este momento crítico, y yo les preguntaré para qué demonios nos ha servido hasta ahora. Me van a decir que los culpables principales son los secesionistas, que sí, pero yo no soy sospechoso de serlo y además ellos ganan elecciones.

Si hubiera tenido un mínimo de valor, Rajoy hubiera comparecido ayer para, al menos, diculparse por convocar las elecciones que han convertido a su partido en una fuerza marginal y casi extraparlamentaria. Aunque sólo fuera con sus votantes. Si hubiera tenido un poco más de entereza, nos habría pedido disculpas por fracasar en el único miserable cometido que tenía en esta Legislatura: terminar con el reto separatista y abrir el camino de la reconciliación. Su trabajo como Presidente del Gobierno, no como burócrata picapleitos para el que basta con una oposición y no es necesario ganar tres elecciones.

El Presidente que no preside, el líder que no lidera, el director que no dirige, el coordinador que no cordina, el capitán que no capitanea. Rajoy ha convertido la institución de la Presidencia, el poder del Estado, en algo tan aburrido que nos hemos creído que lo es. Otra mentira. Nos hemos olvidado de lo que es. De para qué lo tenemos.

Ustedes no se acuerdan, pero yo, que desde hace diez años no veo los debates parlamentarios sino que me los estudio, sí. «Cometí el error de creer a un falso inocente, no el delito de encubrir a un presunto culpable». Eso dijo. Hablaba de Bárcenas, a quien por desgracia hemos olvidado en pro de la unidad de España, esa España a veces tan grande y a veces tan troglodita como para ser capaz de sacar aguiluchos a los balcones con tal de hacer la paletada mayor. Porque hay que ser paleto para sacar una bandera franquista cuando un trozo del país se quiere largar.

Rajoy es el falso inocente que por su desidia incontrolable y su perpetua infravaloración de su adversario nos ha traído hasta aquí, a un callejón sin salida en el que la Constitución ya no basta por sí sola para evitar la catástrofe. Rajoy, que no ha ganado nunca nada sino por desmérito de los demás, es el presunto culpable de que este Estado ya no sea suficiente para todos. Rajoy, que fue elegido para liderarnos con, insisto, un miserable único objetivo para esta legislatura, es el mayor incompetente que ha pasado nunca por ese despacho. Porque habrá habido corruptos, ególatras o insensatos. Pero un indolente como él es lo más peligroso que nos ha pasado, y lo estamos pagando demasiado caro.

¿Que cómo salimos de ésta? Con la dimisión fulminante de Mariano Rajoy y la apertura inmediata de una reforma constitucional. No mañana, no en enero. Me parece surrealista cualquier otra opción, es más, me parece surrealista que alguien crea que hay otra opción. Rajoy no puede ser parte del proceso de acuerdo entre dos bloques que es la única vía que tenemos para arreglar un país partido por la mitad, simplemente porque no entiende ni el proceso ni el país. Si Rajoy no se larga de una buena vez y no abrimos la reforma de la Constitución, el último que apague la luz. Porque no va a quedar nadie que pague la factura.

Gracias por seguir ahí.

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