El segundo final de la escapada

El 12 de mayo de 2010, el presidente Zapatero subió cabizbajo a la tribuna del Congreso para anunciar el –hasta entonces– mayor recorte presupuestario y de gasto público, pactado por su vicepresidenta en Bruselas de madrugada dos noches antes, bajo la amenaza de una intervención europea y la caída del Gobierno. Aquel día Zapatero , sin más opciones, selló su presidencia y sentenció a su partido a la inevitable derrota un año y medio después. Al día siguiente, la primera plana de El Mundo titulaba, a una línea y toda página, esas cinco palabras que nunca olvidé: «El final de la escapada».

Lo cierto es que el titular recogía bien la sensación de que aquel día de primavera: un frenazo en la alocada carrera en la que ya habían caído dos países y España seguía intentando huir de lo inevitable. Una sensación de fatiga total, pero también de cierto alivio porque, pese a lo duro (durísimo) de las medidas anunciadas, no dejaban de parecer el primer paso hacia la ansiada recuperación, que luego tardaría siete años en llegar. Al fin y al cabo, lo realmente agotador es la huida permanente. La escapada.

Zapatero no logró escapar del todo, y aunque él no concurrió a las siguientes elecciones, su partido, parece, no va a recuperarse nunca de aquel golpe. Tampoco lo hicieron otros en su misma situación. Demasiados años después, y a un precio demasiado alto que no hemos pagado todos por igual, parecemos avistar el final de ese largo sendero cuesta arriba que en lugar de huyendo, España recorrió frustrantemente despacio, dejando a tantos en el camino.

Con las elecciones del jueves en Cataluña tengo más o menos la misma sensación. Es curioso, porque elegí este mismo titular hace más de tres años, pensando que el final de la escapada ya estaba ahí, cuando en realidad era sólo el comienzo. No quisiera equivocarme ahora, tantas elecciones después, tanta frustración y tanto engaño y tanto desánimo después, y que esto no fuera  un segundo, o tercer, o cuarto comienzo del bucle infernal en el que nos obligan a vivir, distrayéndonos de otras realidades mucho más fáciles de solucionar y mucho más dolorosas que un procés del que lo único que se sabe con certeza es que no se sabe a dónde lleva.

La decisión de Zapatero de dejar de correr y la decisión del pueblo de Cataluña de cambiar el rumbo están a años luz, no son comparables –empezando por el simple hecho de que una aún no ha ocurrido– y ninguna de las dos garantiza del todo el final de la escapada. Pero el Gobierno de 2010 supo ver, como demostraron sus actos hasta que se apartó del poder, que había llegado.

PuigdemontJunquerasRoviraTurull o las CUP han sido incapaces de ver que el final, si no ha llegado ya, es inevitable. Ahora la oportunidad de escribirlo les ha correspondido a los catalanes, pues los españoles de 2011 sólo pudimos certificar el relevo de poder que ya era un hecho. Ahora los catalanes pueden decidir la escapada que quieren, o si quieren escapar del fantasma del procés. Ojalá lo hagan, porque si volvemos a caer en el mismo sitio, no tengo claro que quede espacio para un tercer final de una escapada en la que ya no queda nadie capaz de respirar.

Gracias por seguir ahí.

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