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La famosa frase, atribuida por Mark Twain al ex primer ministro británico Benjamin Disraeli, clasifica en esos tres tipos las posibles mentiras. Del uso torticero de las estadísticas sabemos bastante en España, donde los periódicos nacionales ­­–por poner un ejemplo de esta mañana– acostumbran a sacar afirmaciones entrecomilladas atribuidas, generalmente, a un alto porcentaje de “españoles”, o de “votantes” de tal o cual partido. Partido que, casualidad, ha podido decir la semana anterior que iba a hacer lo contrario de lo que esa ingente masa de votantes, y el Consejo Editorial de turno, opina.

Respecto de los otros dos tipos de mentiras, las mentiras a secas y las malditas mentiras, son más difíciles de distinguir, y su clasificación depende fundamentalmente de la sensibilidad de cada uno hacia el particular. Por ejemplo, a mi me parecieron una maldita mentira aquellas declaraciones de Hernando afirmando, cuando aún todo estaba por ocurrir, que aplicar el artículo 155 a Cataluña llevaría «meses». Pero claro, ahora que parece que hemos llegado casi al Fin de la Historia de Fukuyama, quién se acuerda de aquello. Como tampoco nadie se acuerda de quienes ya veíamos venir el 155 en el lejano 2015. Gajes del oficio.

De malditas mentiras está llena la política de hoy –insisto, quizá es mi aguda sensibilidad y haya mentiras que a mi no me parecen malditas y también lo son; o viceversa, malditas mentiras políticas que en realidad no pasan de meras mentirijillas–. ¿Es intencionado decir “mujeres muertas” en lugar de “mujeres asesinadas”? Es una media verdad, pues han muerto, pero es una media mentira, pues se oculta el acto infame del que son víctimas. ¿Es mentir no informar de que el invierno vuelve a llegar a Lesbos y hay decenas de miles de familias en tiendas de campaña? El etcétera es muy largo. Y eso es un problema, porque sepultada bajo este torrente de falsedades que tantas veces nadie se molesta en desmentir, la verdad es algo cada vez más débil e irrelevante. Si dejamos que languidezca ahí, pronto nos dedicaremos exclusivamente a diferenciar unas mentiras de otras, en lugar de rechazarlas a todas por igual.

Mentir sale gratis en esta época que ahora se llama posverdad, un término que viene a decir que nada deja de ser relativamente cierto o relativamente falso, es decir, que da un poco igual lo que se diga, porque siempre tendrá algo de verdad o algo de mentira, en función de las emociones o deseos de quien escucha.

No hay que menospreciar el concepto. Un peligroso egomaníaco se ha hecho con el cargo más poderoso de planeta gracias a él. Trump ganó la Casa Blanca tras nueve meses de campaña en los que no le importó lo más mínimo mentir de forma descarada con tal de llevárselo todo por delante, desde los derechos civiles hasta la unidad nacional frente al terrorismo o la igualdad entre mujeres y hombres. ¡Qué lejos queda! Pero el Brexit también fue un nido de falsedades y medias verdades que nadie se molestó en rebatir con seriedad, y ahora es un monstruo del que nadie quiere hacerse cargo. ¿Quieren algo más cercano? Miren al procés y tengan suerte y ayuda divina para filtrar lo verídico de lo falso en las declaraciones de líderes independentistas de la última década, porque van a necesitar ambas. No es un problema de los americanos o los siempre altivos británicos, es un problema de Occidente. Nadie comprueba la dichosa estadística de que en España hay tropecientosmil políticos más que en Alemania antes de darle al botón de “Compartir” o al de “Retweet” porque será verdad o andará cerca, y de paso, tenemos algo de lo que quejarnos. Como el inmemorial dicho italiano: piove, porco governo; non piove, porco governo.

Los responsables somos todos. No se espera que los ciudadanos se dediquen a contrastar cada información que les llega, pero bien pocos deshacemos el retweet o enmendamos nuestra publicación cuando somos advertidos del error o la mentira. Se espera de los medios de comunicación que sean veraces y objetivos, pero la calidad periodística de España deja tanto que desear como la de la mayoría de los medios del planeta.

Sin ir más lejos, la segunda noticia de la sección de Gijón del principal periódico local este pasado viernes rezaba: «Una gijonesa recarga la tarjeta del autobús con cinco euros y le dan saldo hasta 2040». La pieza, que incorporaba documento gráfico (el recibo de la operación), incluía declaraciones de la afectada, del kioskero que realizó la operación y comprobó el error del sistema, y del director de la empresa municipal de transportes aclarando lo sucedido.

Pueden imaginarse la larga lista de asuntos municipales que, a mi seguramente erróneo juicio, merecen cobertura informativa antes que éste, pero el ejemplo es ilustrativo. Aplicado al ámbito nacional, nadie tiene ni la más remota idea de lo que ha pasado en España durante todo el mes de octubre y la mitad de noviembre que no esté relacionado con Cataluña. Como mucho, los que vivimos en Madrid nos hemos preocupado por los niveles de contaminación, y más que nada porque el aire huele raro y el color del cielo de la ciudad da asco visto desde Pozuelo, Barajas o alrededores. Pero poco más.

Y teniendo en cuenta que de la mitad de las informaciones del dichoso procés son también mentiras, malditas mentiras o estadísticas, es descorazonador pensar en lo ausente que ha estado la verdad en los últimos meses. ¿Ejemplos? El axioma que ya nos hemos comido todos, a saber, que la sentencia del Estatut de 2010 fue el origen del melodrama independentista cuando, presenten atención, sólo declaró inconstitucionales una docena de artículos, en la mayoría de los casos retocando una palabra o una sección.

En total, el Tribunal Constitucional sólo se pronunció sobre una docena de artículos, a menudo sólo tocando una palabra o una sección. Teniendo en cuenta que el Estatut tiene 223 artículos y 22 Disposiciones adicionales, la Sentencia dista mucho de ser un cambio radical del espíritu del documento.

Roger Senserrich, @egocrata

Hasta el Presidente Zapatero, parcialmente responsable pero injustamente nombrado culpable de todos los males de España, se comió ayer en su debate con Mas este argumento. La problemática del procés es infinitamente más compleja que una Sentencia del Constitucional o un pacto fiscal que nunca se firmó. Pero ¿a quién le importa la complejidad de los asuntos, cuando decir que una camarilla de carcas en un edificio horriblemente feo tumbó la voluntad democrática de los catalanes es mucho más exitoso?

¿Soluciones? Las de siempre: leer más, informarse cuanto más mejor, sospechar de las noticias facilonas y sensacionalistas; en definitiva, tener espíritu crítico. Pero eso cuesta mucho trabajo, y especialmente tiempo. La decisión de dedicárselo a eso y no a otras cosas es de cada uno, pero esa precisa decisión es la que determina la calidad de nuestra vilipendiada democracia. No el sistema electoral, no el derecho a decidir, no la limitación de mandatos, sino lo que cada uno estamos dispuestos a hacer para que el sistema funcione. ¿Sale caro? Efectivamente. Pero es que nadie dijo que la democracia fuera barata.

Gracias por seguir ahí.

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