Ayer fue un día triste, con muchas más preguntas que respuestas. La más repetida fue «y ahora, ¿qué?», pero la más difícil me la hizo un amigo que es como un hermano: «¿qué sientes?».

No supe qué contestarle, y ante la evidencia de que los sentimientos no son racionales, por mucho que yo sí lo sea o intente serlo, respondí que sentía pena. También mucha preocupación, algo de rabia, bastante desánimo y decepción… Pero, fundamentalmente, lástima. Porque tengo la sensación de que el trabajo de muchísimos años se ha tirado por la borda de forma gratuita e innecesaria. El trabajo de varias generaciones, dirigido a conseguir lo que estableció hace ya doscientos años la Constitución de Cádiz:

«Artículo 13. El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, pues el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen».

Aunque la Constitución de 1812 lleva un siglo y medio derogada, no vendría mal aplicar su artículo 13 con la contundencia con la que se han aplicado otros muchos menos importantes. La felicidad de la Nación y el bienestar de sus miembros, nada menos, como el fin último del poder. La esencia de lo que idealistas como yo, que cada vez somos menos y lo dudamos más, creemos fervientemente que es la política. Se resume en una palabra: servicio.

Nada de lo que ha pasado en Cataluña puede encajar en esta definición —¿este sentimiento?— por la simple razón de que poner por delante el bienestar de los ciudadanos hubiera dejado sin combustible a los dos trenes que chocaron, al fin, ayer. Especialmente el de la independencia como la Arcadia, una descomunal mentira que esconde, precisamente, altísimas cotas de dolor, de pobreza y de malestar para todos los que la sufrieran. Pero también el del Estado, que interesadamente ha esperado hasta el último momento para cristalizar una victoria que era segura, pues el Estado no puede perder.

Así, ni unos ni otros —aunque unos mucho menos que otros— han tenido en cuenta el motivo último por el que están donde estan, y han fracasado estrepitosamente en su deber ineludible de servir a sus ciudadanos. Los independentistas, ahorrando a su pueblo las semanas traumáticas de ridículos, inseguridades y hasta miedos; impidiendo, como era su deber, la inmensa y profundísima fractura social que han generado; y evitando a su tierra la fuga de riqueza y de estructura económica. El Estado, evitando, como pudo evitarlo, que todo esto ocurriera.

Por eso ninguno de los sentimientos hoy es mínimamente positivo. Y al contrario, el poso que dejan estos días es de desolación y decepción. Ni siquiera la contundencia del Gobierno, en el brillante movimiento de la inmediata convocatoria electoral, da algo de certidumbre. Y la incertidumbre es uno de los peores venenos, que provoca otros sentimientos aún más negativos. Eso es lo más decepcionante de esta crisis, lo que más rabia y desánimo provoca entre quienes sinceramente creemos que todo esto se podía haber evitado.

La sensación de frío –no lo puedo definir de otra manera– que me invadía mientras ayer la Presidenta del Parlament leía cómo se constituían en República no es justa; y como la sentí yo, a salvo en mi piso de Madrid, pero multiplicada por mil, es como imagino que la sintieron miles, millones de catalanes que ayer no tuvieron nada que celebrar. Millones de catalanes valientes que hoy han seguido adelante con sus preocupaciones diarias, que tampoco son escasas, pero sufriendo la injusticia de que quienes tienen el deber de procurarles bienestar les han impuesto una más.

Por eso la otra gran sensación de estos días, pareja con el frío de la incertidumbre, es la de impotencia. Porque sabemos que todo esto está mal, que no debería ser así. No conozco a nadie, a absolutamente nadie, que me pueda decir que esto es lo que tiene que ser. Si todos sabemos que todo esto jamás, nunca debió haber pasado, ¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí?

Hay quien dice que los sentimientos no sirven para hacer política. Discrepo. Sin sentimientos es imposible hacer política, de la de verdad, de la que sólo sirve para servir. Pero si los únicos asideros que tenemos están hechos de frustración e incertidumbre, no vamos a ser capaces.

Por eso, frente a la incertidumbre, convicción en los ideales de democracia, de concordia y de paz que definen la España de este siglo en contraste con otras Españas. Frente a la división, diálogo entre quienes somos iguales, y capaces de cambiar de idea en favor de una que sea mejor. Frente a la sinrazón, argumentos fundados en la búsqueda de ese bienestar que es una tarea del poder, sí, pero también colectiva. Frente al frío, valentía para enfrentarnos a los retos que nos esperan y a los que sólo podemos hacer frente juntos.

Yo me niego a concederle a una exigua mayoría sin respeto a las instituciones o a la democracia el poder de separarme de mis amigos, de una tierra que sin conocer siento como propia. Me niego a reconocerles a quienes no han dudado en ponerlo todo en riesgo para imponer sus ideas, la capacidad de romper lo que tanto tiempo nos ha costado construir. Me niego a darles la satisfacción de creer que han derribado todo lo que hemos levantado juntos.

Cataluña es España al igual que España es Cataluña mientras los catalanes y los españoles, respectivamente, sigamos queriéndolo. Si llega el momento de que esos vínculos se rompan, será porque una inmensa mayoría lo demande, con garantías y democráticamente. Pero mientras ese momento no llegue, y no ha llegado, y espero que nunca llegue, ni yo siento a Cataluña un ápice más lejos de mí, ni espero que Judit, Alba, Cristina, Mireia, Martí, Nuria, Jorge, Judit, Xavi, Mireia o Nuria me sientan menos cerca. Porque de hecho nunca, jamás, había estado tan cerca. Y esa es la primera victoria de las muchas que quedan por venir.

Gracias por seguir ahí; y esta vez, también, por pedirme que siga yo.

5 comentarios en “Sentimientos

  1. Como siempre brillante pero un poco deprimente, la situación lo favorece pero creo que al fin se va por buen camino. No veo claro lo de las elecciones tan pronto, ahora estoy de acuerdo contigo que tendría que haberse actuado primero.

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  2. El análisis es pesimista, soy consciente. Pero es que no puede ser de otra manera. La situación es absolutamente catastrófica, y tratar de vender otra cosa sería edulcorar la realidad. Hay que ser realistas, y la realidad es que entre todos han estado a punto de tirarnos por el precipicio. Es necesario tenerlo presente antes de seguir, porque habrá que exigir responsabilidades. Por eso creo que las elecciones son un acierto.

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  3. Yo también creo que son un acierto. Esa parte de catalanes no separatistas, que sufren y van a sufrir las consecuencias de ese Golpe de Estado. Que ven una Cataluña en plena crisis social y económica. Que sienten amenazadas las buenas relaciones de amigos y familia, por que se ha sembrado el odio a España de la que se sienten parte. Necesitan depositar su voto esta vez con garantías. Hay que darles la oportunidad de elegir, de sentirse parte de Cataluña. Ojalá todos entiendan en esta ocasión que no se trata de una cita cualquiera, esta vez la unidad y fuerza de los Constitucionalistas es una obligación moral. Cuánto antes. La decepción y fracaso de ellos, contra la esperanza y ánimo vuestro.

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  4. Ese tuit es algo que te he dicho yo cientos de veces, quizá miles. Probablemente, cada vez que me dirijo a ti. Hoy no te lo voy a volver a decir, porque ya te lo estás diciendo tú. Hoy te voy a decir que es hora de que empieces a hacerte caso (y también está relacionado con nuestra última conversación por mensajes)

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  5. Me ha gustado tu artículo. Mucho. Y creo que sí, que necesitamos políticos de verdad, que sean idealistas y no se dejen comprar por los poderes económicos. Espero que haya más como tú y que aún me de tiempo a veros gobernar. (Es que ya soy bastante mayor!)

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