Aunque la política nos pertenece a todos, no todos tenemos -ni podemos tener- la mejor ni la única visión de lo que sucede. Menos aún en una situación como la actual, en la que la multiplicidad de actores y la complejidad de los problemas impide a casi cualquiera ver con claridad y distinguir los árboles del bosque. A eso tengo que sumarle el gusto -vamos a reconocerlo- de muchos de mis amigos por darle a la tecla. Esas dos razones me llevaron a pensar este fin de semana que aunque yo tenga una visión y una opinión de lo que ha ocurrido en el seno del Partido Socialista, ´ésta no es tan interesante como otras.

Así que abusando de su paciencia -mentira: todos estaban dándole ya a la tecla cuando yo llegué a pedir- he pedido un favor a tres amigos, que no se conocen entre ellos -aún- pero que tienen en común, además de su pasión por la política y su rotunda concepci´ón de ésta como servicio y sacrificio, su militancia en el PSOE. De ellos son los tres artículos que publico hoy, mañana y pasado. Y estoy seguro de que clarificarán, mejor de lo que lo haría yo, lo que ha pasado en Ferraz 70. El primero es de Francisco Sánchez Chamizo, que ya ha sido firma invitada y no necesita presentación. Gracias Fran por escribir; a todos los demás, gracias por seguir ahí.

Comienza la travesía en el desierto

En 1985 la autora Hanna F. Pitkin dedicó un libro a tratar el concepto de la representación política, su significado, sus límites y los conflictos que esta genera. En El concepto de representación se plantea el choque de dos teorías sobre la relación que existe entre el representante político y el mandato dado por los electores.

El debate surge sobre qué es representar. De un lado, la defensa férrea de que el representante es un mero altavoz de la opinión de sus votantes, sin dejar lugar a la discrecionalidad. De otro lado, los que entienden que el representante es independiente y si bien debe hacer cumplir la voluntad de los votantes, también es libre para tomar las decisiones que estime oportunas en la búsqueda del interés de estos, aunque choque con sus propios deseos.

Este debate teórico ha sido el que se ha utilizado para cimentar el conflicto y división internos del Partido Socialista y que ha terminado con la dimisión del primer Secretario General elegido por la militancia en un proceso de primarias.

Tras dos elecciones inconclusas, comenzaba una guerra táctica entre todos los partidos para atribuir la responsabilidad de la formación de Gobierno. Pedro Sánchez decidió mantenerse cauto y esperar a que Mariano Rajoy perdiera su investidura, intentando presionar al Partido Popular para que buscara los apoyos necesarios en aquellos partidos que ya se habían puesto de acuerdo para la elección de la Presidenta del Congreso de los Diputados. Hasta este punto, Sánchez lo hizo bien. Atribuía la responsabilidad a otros actores, obligaba a posicionarse al PP respecto a los partidos nacionalistas y sobre todo, no presentaba al PSOE como la primera opción para el apoyo a un Gobierno popular.

Hasta ahí, todo podía tener sentido a nivel estratégico, pero no nos engañemos, la abstención era algo inevitable. No es lo deseable, ni siquiera de lejos, pero si inevitable. La cuestión era (y es) cómo llegar al momento de la abstención.

Que Mariano Rajoy obtuviera el apoyo necesario por parte de Ciudadanos y los partidos nacionalistas era algo que no iba a ocurrir, por razones obvias. Un Gobierno alternativo era también inviable. Mirar hacia la izquierda y apostar por una macro coalición o una macro abstención se planteaba impensable. Los partidos nacionalistas no cambiaban el orden de prioridad de sus exigencias y Unidos Podemos nunca ha estado tan enfrentado al PSOE. La otra opción, la de un Gobierno formado por UP, Ciudadanos y PSOE, fue automáticamente descartada en el momento en el que se puso sobre la mesa (quizás cada uno tenga que mirar su parte de responsabilidad en todo esto). Una cuestión distinta es si se debería haber intentado, con más o menos empeño, para presionar a los otros dos partidos y responsabilizarlos de una futura abstención socialista o repetición electoral. Para poder dar la imagen de verdadera alternativa de gobierno al Partido Popular. Todo esto con un Secretario General cuestionado internamente, sin ningún tipo de comunicación con las distintas federaciones territoriales y tocado políticamente tras unas elecciones como las vascas y gallegas (no extrapolables, politológicamente, a nivel nacional) en las que se implicó de manera personal.

Unas terceras elecciones no parecen ser una opción deseable tampoco. El PSOE, antes de todo el circo montado con el Comité Federal, ya podía esperar una nueva repetición electoral como un desastre en votos. Nadie dentro del partido veía cómo unos nuevos comicios podrían aumentar el grupo parlamentario socialista. Aunque a ellas se llegara con la imagen de un líder integro que en ningún caso daría el gobierno a Rajoy.

Por todo esto, la abstención era inevitable. Pero hay muchas formas de llegar de una negociación y el Partido Socialista tenía una posición negociadora más fuerte hace una semana que ahora.

El silencio vacacional de Pedro Sánchez tras las elecciones fue bastante sonoro. Nunca tuvo Rajoy un tiempo más placido que estos meses. La presión  para hacer concesiones ante una posible abstención que se ha ejercido sobre Partido Popular ha brillado por su ausencia.

Todo el mundo parecía estar esperando a que las elecciones vascas y gallegas provocaran algún movimiento que desbloqueara la situación. El resultado fue desastroso y la presión hacia Pedro Sánchez aumentaba pidiendo reflexión (abstención) y responsabilidades políticas (dimisión). En este punto, la posición de Sánchez era muy delicada y antes de que se planteara una moción de censura u otros movimientos, el Secretario General convocó un Comité Federal que le diera el beneplácito para intentar un gobierno alternativo (ya sabido imposible) y un Congreso en el que la militancia le confirmara como líder del PSOE frente a cualquier posible rival. Si alguien quiere defender que el Partido Socialista debe darle el gobierno a Mariano Rajoy que dé un paso al frente. Pedro Sánchez establecía el framing (encuadre) del debate. Quien no está conmigo está apoyando a Rajoy. El Secretario General simplificaba la situación a una realidad binaria: o el PSOE intentaba y conseguía un gobierno alternativo, o iríamos a terceras elecciones.

Aaron Sorkin terminaría con esa rueda de prensa cualquier temporada de El Ala Oeste, si no fuera porque eso es ficción y en esta realidad, nuestros actores no tienen, ni de lejos, la talla política y el sentido de la responsabilidad de Bartlet y compañía. Empieza el circo.

Las declaraciones a la Ser de Felipe González provocaron la cadena de acontecimientos que terminaría en la dimisión de Sánchez. No es cuestión de hacer una cronología de todo lo acontecido durante el fin de semana. De forma sumarísima; 17 miembros de la Comisión Ejecutiva deciden dimitir para provocar automáticamente el cese de Sánchez. Desacuerdo en la interpretación de los Estatutos, choque de legitimidades y dos grupos auto-reconocidos como “única autoridad del PSOE”. El resto es conocido. El Comité Federal se reúne el sábado, vergüenza ajena para todos los socialistas, imágenes lamentables, se vota la convocatoria de congreso extraordinario, gana el no con una mayoría clara y Pedro Sánchez dimite.

Aunque se intentara vender por el lado “sanchista” como una disputa ideológica, no dejaba de ser una pugna por el poder interno del partido. Tal y como fueron las primarias que proclamaron al último Secretario General. Pedro Sánchez había puesto al PSOE en una situación insostenible. Con la convocatoria de la militancia, se había enrocado en una posición que conducía al partido a terceras elecciones y a una debacle electoral absoluta (una más). Políticamente estaba muerto, pero se negaba a aceptarlo, poniendo en riesgo el futuro de la organización. Ante esto, el sector crítico, encabezado por Susana Díaz llevó a cabo una jugada traidora, vergonzosa y de muy poca calidad democrática. Quizás era el momento del cambio, quizás existían las razones para ello, pero perdieron legitimidad en el momento en que ese sector crítico creyó que esto era un episodio de Juego de Tronos.

Nadie mostró el mas mínimo respeto por la organización. Sánchez prefirió seguir como Secretario General pese a que su dimisión era cuestión de tiempo (no por cuestiones reglamentarias sino políticas). El sector crítico (¿liderado por Susana? Costó que compareciera) decidía eliminar al primer Secretario General elegido directamente por las bases mediante un golpe palaciego sin ni siquiera explicar razones o planes sobre que se pensaba hacer después de eso. Montaron una guerra civil en el partido, con dos autoridades que se decían legítimas y partieron por la mitad una organización con más ciento treinta años de historia. El partido necesitaba un cambio. La labor de Sánchez como Secretario había sido nefasta, pero esta no era la forma de hacerlo.

Este fin de semana he sentido una gran decepción como socialista por la imagen dada por los cuadros altos del partido. El PSOE está en un momento muy delicado de su historia. Nunca en esta democracia se había encontrado tan dividido. Y lo más lamentable es que esa división no viene de un debate ideológico sino de una lucha de poder.

Comienza la travesía por el desierto. Como dije antes la posición para negociar una abstención es ahora más débil de lo que era hace una semana y recemos para que el señor Presidente del Gobierno en funciones no decida ir a terceras elecciones. El PSOE se enfrenta a desafíos tremendos, solo comparables a su larga historia y al cambio que debe representar para España. Necesita un profundo debate interno que redefina los principios de la socialdemocracia y un gran ejercicio de cohesión interna en torno a un candidato que surja del choque de ideas progresistas, no de ambiciones personales.

Pero en el corto plazo, tiene una abstención que negociar. Tiene que realizar una labor pedagógica tremenda, la cual era más fácil hace unos meses que ahora. Explicar porque se abstiene, que es la menos malo de todas las opciones. Es mejor un gobierno en minoría del PP que uno con mayoría absoluta. Que esta legislatura es la primera de la historia desde la transición que el Parlamento va a ser absolutamente determinante y la fuerza de los partidos de la oposición se hará presente.

Explicar que, como dijimos al principio (gracias por llegar hasta aquí), los representantes políticos a veces deben tomar decisiones puntuales que contradicen el mandato dado por los electores. La realidad es mucho más compleja que un sí o un no y en el voto para una sesión de investidura puede encontrarse toda la gama de grises existentes.

Gracias por su tiempo.

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