Mi cita favorita de Mario Benedetti es esa que tomó prestada de un grafiti en la pared de alguna capital de América del Sur, en la que dice que «cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas». Vivimos en un tiempo de certezas absolutas en el que la duda es un movimiento cobarde, una debilidad que se castiga de forma salvaje. A menudo no hay espacio siquiera para los matices, sino que todo es blanco o negro.

Los dogmas de fe tienen una funcionalidad muy reducida; bien lo saben aquí, en este país de protestantes. Aunque el Papa esté introduciendo cada vez más grises entre las columnas de la plaza de San Pedro, en España nos cuesta hacernos a la idea. Cuando parecía que el bipartidismo había sido superado, las posiciones se han enconado aún más. Nuestra sociedad está más polarizada hoy que hace cuatro años, y lo está por el sistema de certezas absolutas y verdades incontestables con el que la nueva política, la de la regeneración y el cambio, ha cambiado para siempre las instituciones.

Es difícil, por no decir imposible, construir un futuro a partir de esto. Ciudadanos y Podemos se han desvelado tan o más incompatibles de lo que lo fueron en su momento PP y PSOE. Cuando el 26 de junio los resultados electorales sean sustancialmente los mismos, una de dos: o nos daremos cuenta de que la oposición por oposición ­–como la que hacía Rajoy en sus tiempos– no funciona y cambiaremos el método, o volveremos a tirar a la basura cuatro meses (o cinco, si nos ponemos con que agosto es inhábil) hasta que la pura vergüenza ante un fracaso total obligue a algún pacto chapucero de última hora.

Estos 113 días desde el 21 de diciembre han estado plagados de certezas. Desde el derecho divino del ganador hasta la cal viva, pasando por la terca aritmética electoral y las sumas que no salen. De pronto 123 noes parecieron más que 131 síes, mientras 161 síes resultaban a todas luces suficientes frente a 163 noes. De pronto se pudo renunciar a la Vicepresidencia del Gobierno sin ser Vicepresidente y se pudo renunciar a la investidura siendo candidato. De pronto, se llamó negociar a exigir el poder, luego exigir un paseo, luego exigir la Constitución y luego no exigir nada de eso sino todo lo contrario, no ya para formar el Gobierno sino simplemente para empezar a dialogar sobre, ah, el programa. De pronto se llamó “ceder” a presentar 20 propuestas y retirarse porque sólo se aceptan 18.

En este tiempo de certezas, la defensa del interés general, el de la gente, el bueno, ha quedado patrimonializada, más que nunca, por unos frente al resto. El fracaso político de este proceso, que sólo certifica la inmadurez de nuestra democracia, debería ser asumido por todos pero debería ser imputado a quienes han puesto mucho más en el plato de la confrontación que en el de la construcción de acuerdos, dejando el fiel de la balanza apuntando a las nuevas elecciones.

Esa triste derrota se podría haber evitado con el mero reconocimiento de que nadie está en posesión de una verdad absoluta. Se podría haber evitado si desterráramos de una buena vez la duda de la categoría de los defectos. Replantearse las propias ideas no sólo no denota fragilidad, sino que demuestra valentía y sobre todo honestidad. Pocos líderes han sido honestos en estos 113 días y demasiadas certezas incontestables se han puesto encima de la mesa.

Ahora habrá que explicarles a los ciudadanos que fueron ellos los que se equivocaron con semejante resultado electoral. Los partidos políticos tendrán, tendremos, que encontrar la forma de justificar este fracaso, los que aún tenemos cierto respeto por las opiniones de los ciudadanos.

“Habrase visto semejante lío”, sería la frase de cabecera de campaña para Rajoy, que después soltaría alguna perogrullada como “ahora vamos a ser serios y votar sin tonterías” mientras sigue creyéndose por encima del bien y del mal, en una especie de Olimpo por encima de las nubes tormentosas que descargan sobre sus subordinados y ciudadanos. Rajoy Olímpico, podremos llamarle, una vez vuelva a ganar las elecciones y no quede otra, por mero decoro democrático, que investirle Presidente del Gobierno a él, a sus SMS, a sus sobresueldos, a sus silencios, a sus dejes autoritarios. Esa es la humillación que vamos a pagar por ser incapaces de admitir no sólo que no tenemos respuesta a todas las preguntas, sino que ni siquiera todas nuestras preguntas son las mejores.

Gracias por seguir ahí.

Un comentario en “Certezas

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