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Querido Albert,

Hace muchos años –en comparación con los que tengo– escribí por primera vez una carta abierta, copiando la idea que había visto en un periódico. La dirigí “al Congreso de los Diputados”, que por aquel entonces estaba presidido por José Bono. Tuve la suerte de que algún responsable de La Nueva España decidió que merecía la pena, y fue publicada en el periódico a los pocos días. Para mi sorpresa e ilusión –y para asombro, o no tanto, de mi madre–, unos meses después recibí en mi casa una resolución de la Comisión de Peticiones de la Cámara, en la que se me daba cuenta de que, recibida mi «solicitud», dicha Comisión había acordado «trasladar a los Excmos. Sres. Portavoces de los Grupos Parlamentarios» la petición «de que se tomen medidas para solucionar la crisis que atraviesa nuestro país al carecer de líderes políticos.».

Siempre me pareció una forma un poco pobre de resumir todo el sentimiento que yo le había puesto a mi carta, y muchas veces me he preguntado si realmente alguien trasladó a los Excelentísimos Señores mi desesperanzada súplica, o bien sólo esa línea y media entre otras muchas. En mi carta al Congreso de hace siete años escribí a Sus Señorías que «lo que este país necesita, y cada vez con más urgencia, son líderes: líderes que vuelvan a llevar a la política al lugar de privilegio que le corresponde», que «España necesita políticos que dejen de serlo para convertirse en líderes que nos devuelvan la esperanza que hemos perdido» y que «jamás olviden que ustedes son privilegiados por poder asistir al Congreso a representar a los miles, decenas o cientos de miles de personas que cada cuatro años depositan su confianza en un sobre con su papeleta». Ciertamente, no fui muy benevolente con ellos… En esa carta también les confesé que «les habla un estudiante de 16 años que quiere llegar a ser algún día uno de esos 350 privilegiados que pueden votar por el futuro de España».

Durante estos años he hecho política a mi manera. Además de militar durante un tiempo en un partido –algo de lo que ahora, si bien no me arrepiento, tampoco estoy orgulloso– he dedicado ingentes cantidades de mi tiempo a representar a mis compañeros primero en el Colegio asturiano en el que estudié y, después, en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Incluso ahora, como estudiante Erasmus en Oslo, soy una especie de representante. Siempre lo he entendido como un servicio. Un trabajo que debía ser hecho con la mayor dedicación, con cuanta más eficacia mejor, y siempre, permanentemente, sin olvidarlo nunca, con el convencimiento de que el beneficio común, la mejor existencia de los demás, era el objetivo. Me parece simple: hacer más fácil la vida de los demás en aquello que de mí o de mi trabajo pueda depender. No sé si es una visión estándar de la vida, pero es la que me han enseñado y no tengo la menor intención de abandonarla.

Mis sueños no han cambiado desde que escribí aquellas palabras tan cargadas de ilusión, pero sí lo ha hecho mi vida y con ella mis convicciones. He crecido como persona y, sobre todo, me he enriquecido de muchísimas personas mejores que yo. Jamás he desaprovechado la oportunidad de compartir cervezas con quienes piensan como yo y tampoco nunca he dejado pasar un café con quienes piensan diferente, que por cierto, han sido mayoría. Hablo de política con prácticamente todas las personas que cambian conmigo más de dos palabras. Intento comprender razones. A veces las he adoptado como propias tras comprobar que las mías eran peores.

Durante mucho tiempo he pensado que no encontraría, en el país al que quiero y por el que estoy dispuesto a dejarme la piel, un espacio político en el que me encontrara realmente cómodo. Ni siquiera cuando milité en Foro Asturias, con toda la ilusión que en aquel momento se concitó en torno a ese partido y de la quizás hayas oído hablar –una ilusión que sirvió, sin más, para ganar unas elecciones en cinco meses–, estuve convencido de que ése fuera exactamente mi sitio. Una vez me di de baja, consternado por la triste forma en la que dejamos caer ese proyecto común y asqueado por las decisiones de sus dirigentes, volví a esa sensación de desamparo que creo, porque lo sé, ha estado presente en tantos y tantos españoles durante tanto tiempo. Esa sensación de que nadie salvo yo mismo me representa fielmente. Esa sensación, en definitiva, de soledad.

La política es una actividad humana que no se entiende en soledad. Por lo que es, por lo que entraña, por lo que implica, no puede ser ejercida noblemente sin el contacto directo con los iguales. Así, perdiendo ese concepto tan básico y tan esencial, es como ha acabado la última media decena de Presidentes del Gobierno, que es tanto como decir todos menos uno, y con ellos un sinfín de personas que, no me cabe duda, con toda su buena voluntad iniciaron una carrera política al servicio de sus iguales para terminarla al servicio de la pura conservación del poder, en el mejor de los casos, y al simple, llano y egoísta enriquecimiento personal en algunos de los peores. Me he dado cuenta con los años de que la política no empieza en los Ayuntamientos o en los Parlamentos. Empieza ganando unas elecciones a delegado: empieza trabajando por personas iguales a ti, unas que valoran tu trabajo y otras que no. Y haciéndolo gratis o, incluso, pagando un precio personal. Ese es el inicio indiscutible de una buena carrera de servicio.

Pero igual que nadie puede gobernar para sí mismo sin pervertir la democracia, nadie puede cambiar todo lo que debe ser cambiado solo. Tengo un amigo que me ha recriminado muchas veces que me haya limitado, en los últimos años, a abstenerme de participar de nuevo en nada más allá de la Universidad y a escribir desde mi blog para ser el «cronista oficial de la miseria de la Nación». No le faltaba razón.

La política, o la haces, o te la hacen, como has dicho muchas veces. Y yo ya no quiero que sigan haciéndola por mí. Por eso después de darte mi confianza en las elecciones generales más importantes de la historia de España y comprobar satisfecho cómo no la has traicionado, quiero ahora ir más allá y ponerme a disposición del partido que diriges. Por eso he firmado ya mi afiliación a Ciudadanos.

Quiero formar parte de un proyecto común que corrija tantos y tantos errores del pasado que entre todos dejamos que siguieran cometiéndose, porque no podemos seguir esperando a que los problemas se solucionen sin formar parte de las soluciones.

Quiero formar parte de las soluciones a los tres problemas más urgentes que presenta España, tres problemas que marcan sin matices el futuro común de todos: la educación, la crisis política y la crisis en Cataluña. Quiero formar parte de las soluciones que tú, junto con muchos otros, habéis propuesto. No sé si son las mejores y tampoco sé si son las definitivas. Pero son las que yo, libremente, quiero defender.

Soy estudiante universitario y he sufrido, como otros tantos miles de compañeros, las consecuencias de las sucesivas chapuzas perpetradas por los sucesivos Gobiernos, de ambos colores, a lo largo de los quince últimos años. La infame adaptación del plan Bolonia, de cuyos principales beneficios la Universidad española ha prescindido, ha convertido Facultades y Departamentos en montañas burocráticas incapaces de hacer frente a sus dos misiones principales: producir y divulgar conocimiento. La instrumentalización política de algunas de las Universidades más importantes del país, además, ha supuesto la desaparición de un prestigio centenario. Sin una educación universitaria de excelencia –no «de calidad»; de excelencia– jamás solventaremos muchos de los problemas estructurales de nuestro país. No digamos ya sin una educación primaria y secundaria seria en la que, en un siglo de satélites y mapas, los alumnos dejen, de una vez por todas, de recitar de memoria ríos y afluentes y empiecen a adquirir competencias que necesitarán de forma insalvable en su futuro: principalmente aprender a expresarse, oralmente y por escrito, en español y en inglés.

La crisis política ha estado a punto de cobrarse todo un sistema. Las prácticas de PP y PSOE a lo largo de treinta y cinco años de poder, permitiendo de forma flagrante la impunidad parcial o total de gran parte de los casos de corrupción, ha acabado por despertar la ira de los ciudadanos. Sin dejar de recordar que ambos partidos han ganado sucesivas elecciones siendo conocido ya el fraude democrático que perpetraban, es evidente que esas prácticas tienen que cambiar. No puede considerarse normal que el Presidente de Gobierno anime y respalde a un corrupto confeso; no puede considerarse normal nunca más que un Ejecutivo tenga la desidia suficiente como para sustraerse del control parlamentario y secuestrar el principio de nuestra democracia; no puede tolerarse, a los ojos de la Ley, que un partido político se beneficie de prácticas corruptas en sus campañas electorales.

Siento Cataluña como una parte de lo que es mi país. Creo firmemente que mis derechos para con los catalanes y su tierra –al igual que mis deberes, que también existen– no pueden ser decididos sin mi participación. Es egoísta pensar que Cataluña, su lengua, su cultura, su historia, sólo pertenece a los catalanes; yo estoy orgulloso de que Asturias nos pertenezca a todos los españoles, porque qué mejor forma de disfrutar de nuestras riquezas que compartiéndolas. Yo soy asturiano, que es mi forma de sentirme español, y no creo que sea justo que nadie esté por encima de nadie porque creo en la igualdad. A Cataluña debe dársele la oportunidad de encontrar el encaje que merece junto con el resto de las Comunidades Autónomas. Por eso creo en la reforma de la Constitución, votada por todos los españoles como no puede ser de otra manera porque fueron todos los españoles los que la votaron en 1978, los catalanes los primeros, para después alcanzar un sistema justo que satisfaga a todas las partes y al que los catalanes puedan votar, por abrumadora mayoría, un sí rotundo en forma de Estatuto de Autonomía. Pero nada se consigue ni se conseguirá nunca permaneciendo pasivo –o fabricando independentistas con torpezas– como tampoco rompiendo el ordenamiento jurídico que es lo único que garantiza nuestra libertad.

Los partidos políticos no son –o no deberían ser, mejor dicho–monolíticos. No deberían existir los dogmas de fe, como tampoco los juramentos de fidelidad a ningún líder, y menos a uno que no ha sido elegido democráticamente. Un partido es un proyecto de muchas personas que quieren hacer mejor el país en el que viven, y que quieren dejar un país un poco mejor a sus hijos que el que recibieron de sus padres. En ese sentido, mi generación tiene un trabajo ciertamente duro. Pero no por ello, ni mucho menos, vamos a darnos por vencidos.

Con la confianza de que no me arrepentiré de estas líneas, como me he arrepentido de otras antes; y con la gran ilusión que supone siempre embarcarse en un proyecto nuevo, te deseo lo mejor y la mejor de las suertes. Muchas veces, «una mano abierta es el discurso más elocuente y radical que podemos ofrecer. No es fácil, pero es lo mejor que tenemos», me escribió un gran amigo una vez.

Tu acierto, Presidente, es, desde hoy, también el mío.

2 comentarios en “Carta abierta a Albert Rivera

  1. Como siempre, con criterio. Como siempre, con coherencia. Como siempre, con generosidad.
    Siempre lo tuviste claro: trabajar para aprender.
    proyectar para mejorar
    ofrecer para servir.
    Por todo ello, gracias por ser como eres y suerte, para que algún día, participes en un proyecto capaz de recuperar para los españoles, la dignidad perdida.

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  2. Estoy de acuerdo en muchas cosas como siempre pero no estoy segura de Ciudadanos, confieso que yo también les voté en las últimas elecciones, pero ahora estoy desconcertada, su apoyo constante a Pedro Sánchez,lo peor de lo que ha pasado por la política, con su afán de gobernar caiga quién caiga, La indecisión que a veces muestra Albert, que no sabes donde está. Parece que quiere ser centro pero se escora. Me parece que exigió demasiado a Cristina, la Presidenta de la Comunidad de Madrid y no tanto a Susana Díaz. Si te digo la verdad el único político que me merece confianza en el panorama español, ere tú. Creo que eres la respuesta a mis interrogantes, Yo te seguiría ciegamente, así que termina la Universidad ya porque no me va a dar tiempo a ayudarte.Gracias por ser como eres. Un abrazo de tu abuela sustituta

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