Cuando yo creía que todo estaba perdido, Pablo Iglesias dio una rueda de prensa que cambió la forma de hacer política en España como sólo lo había hecho antes la propia llegada de la democracia. Al líder de Podemos, y a su desmedida ambición de poder, hay que agradecerle la activación de los resortes políticos que llevaban parados en España desde hace décadas. Muchos columnistas de opinión, entre los que me cuento, hemos tenido que borrar los párrafos escritos tras la inaudita reivindicación que hizo para sí el profesor honorífico de la Complutense: nada menos que la Vicepresidencia del Gobierno de España y los Ministerios de Defensa, Interior, Economía, Justicia, Asuntos Exteriores y Plurinacionalidad.

Tuvimos que borrar esos párrafos –aunque algunos fueron tan precoces que vieron publicadas sus precipitadas crónicas y ya no hubo marcha atrás– porque no estamos acostumbrados a que en un mismo día ocurra más de un movimiento político de trascendencia en este país en el que la política se ha ejercido con altas dosis de morfina aplicadas, los últimos doce años, por el hombre de las cuarenta y cinco pulsaciones que habita el Palacio de la Moncloa.

Pablo Iglesias puede arrogarse el nada desdeñable triunfo de haber forzado al Presidente del Gobierno –en Funciones– a hacer política en tiempo real, o lo que es lo mismo, a tomar decisiones críticas sin recabar el dictamen de tres organismos oficiales, del Consejo de Ministros y de Pedro Arriola encuesta en mano. El movimiento de Mariano Rajoy anoche al declinar la candidatura que le ofreció el Rey es un golpe estratégico de primer orden que ha sorprendido a absolutamente todo el mundo después de los cuatro años de ejercicio del poder más planos y aburridos de la historia reciente.

El tablero de ajedrez que los españoles diseñamos el 20 de diciembre se ha puesto súbitamente en marcha después de un mes de mucho ruido y muy pocas nueces. Ayer se nos cayó encima el nogal entero en medio del estruendo –y de falsas exclusivas como la que El Español lanzó al aire de que el Rey ya había propuesto a Rajoy a Patxi López– y se llevó por delante a una dama. Albert Rivera ha pasado a contemplar cómo los dos reyes y la otra consorte se acorralan en un jaque sin otro sentido que la mera destrucción de Pedro Sánchez y su partido. Los peones como Izquierda Unida, Compromís o En Comú Podem se quedan en los lados del tablero, acompañados por caballos y torres nacionalistas, esperando a ver cuál de los dos reyes, que se mueven despacio, acaba cayendo.

Dejando a un lado la manoseada comparación de la política con un tablero del juego de Kasparov, lo que en las últimas horas se ha convertido en una frenética sucesión de movimientos muy pronunciados y vomitados por un Deep Blue de la política, esconde detrás varios matices que no pueden ser pasados por alto.

El más evidente es que el Partido Socialista ha quedado noqueado por una situación que, si bien él mismo ha forzado al presionar a Rajoy y a Ciudadanos al mismo tiempo, se le ha ido por completo de las manos. Hace media hora han anunciado que no van a mover ficha esperando a que el PP se estrelle en una investidura fallida, lo cual es no sólo incomprensible, sino absurdo. La renuncia de Rajoy a someterse a una investidura es lógica desde un punto de vista de desgaste político, por una parte, y de presión hacia los votos que necesita, por otra. El PSOE sabe que Rajoy les necesita y aun así ha adoptado la poco sutil decisión de darle la espalda a lo que han votado 7 millones de españoles. Ahora se enfrenta de pronto a las consecuencias de su decisión. En la formación de Gobierno no hay “turnos”, como tampoco hay “sonrisas del destino”: hay conversaciones y movimientos. Y es una deslealtad institucional, primero con los españoles y luego con el propio Rey, obstaculizar el proceso con el único interés de activar los plazos y a la vez desgastar a Rajoy. Si el PSOE quiere formar Gobierno que empiece a hacerlo. Debió empezar hace un mes.

Si César Luena hubiera leído en su vida algo relacionado con la Transición jamás se hubiera atrevido a llamar «trilero» a Rajoy, porque sabría que Alfonso Guerra encumbró definitivamente a Adolfo Suárez el día que le llamó «trilero y tahúr del Misisipi» en el Congreso de los Diputados. Por supuesto, César Luena, al igual que la mitad de las Ejecutivas de las cuatro grandes fuerzas políticas de España, no tiene ni la menor idea de las negociaciones y jugadas que se llevaron a cabo entre 1975 y 1982, de las palabras que se usaron entonces y que se han convertido en símbolos, o de las promesas y pactos que se alcanzaron entonces. Y es una lástima.

El segundo gran matiz que se desprende de lo ocurrido ayer es el nulo valor de las promesas electorales que atesora la izquierda, que ha resultado ser el mismo que el que tiene la derecha. Aquellos que durante años se han rasgado las vestiduras, clamando contra un fraude a la democracia, un autogolpe de Estado y poco menos que una estafa de primer orden debido a los incumplimientos programáticos del PP, desaparecieron ayer en la oscuridad del silencio y la esperanza del olvido. Es una pena que el «referéndum de destitución presidencial» propuesto por Podemos no sea un «referéndum de destitución vicepresidencial»; en cualquier caso, los dos nos sirven, puesto que Pedro Sánchez prometió que «con “el populismo” no pactará el Partido Socialista ni antes, ni durante ni después» mientras que el íntegro y transparente líder de Podemos prometía enardecido que al «tomar el cielo por asalto» nunca «jamás sería Vicepresidente de Pedro Sánchez».

¿Qué importan las promesas de campaña entonces? Nada en absoluto si al incumplirlas se avanza hacia el poder. Como Pablo Iglesias habría podido comprobar de no estar demasiado ocupado formando su propio Gobierno, el acta de Diputado sirve para llevar a cabo las promesas electorales sin necesidad de pisar las moquetas de los edificios del Complejo de La Moncloa. Su proposición de ley de emergencia social, anunciada con bombo y platillo para el «primer minuto del primer día de la Legislatura» parece que no es tan urgente como exigir un poder inmenso en un Gobierno que aún es inexistente.

Una vez más, porque no es la primera, Podemos se retrata como lo que es: una maquinaria diseñada –y muy bien diseñada– para alcanzar el poder. Las promesas de cambio se quedan en los gestos cosméticos del sueldo y los privilegios de los Diputados, pero sus pretendidas banderas sociales han quedado aparcadas en una rueda de prensa en la que en lugar de pedir al PSOE un diálogo para formar un Gobierno que se hiciera cargo de ellas, le han puesto a Pedro Sánchez una lista de nombres y cargos que, si el secretario general del PSOE tuviera un mínimo de dignidad política, habría rechazado de inmediato. El Presidente del Gobierno, como bien nos ha enseñado Rajoy, es el que forma su Gabinete. Lo demás son extralimitaciones de un profesor reconvertido en líder que ha creído que, con 69 diputados, puede a la vez destruir a un Presidente, desintegrar un partido de Oposición y gobernar España.

Alguien debería haberle dicho ya que las cosas no funcionan así.

Gracias por seguir ahí.

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