Cuando empecé la serie «Os mataréis en la caída» tras las elecciones municipales y autonómicas de mayo creí que estaba viviendo la mayor resaca electoral de mi vida. Estaba equivocado, por supuesto, y esta vez me ha tomado unas diecinueve horas asimilar –con más o menos éxito– toda la información, con el hándicap de haberme perdido buena parte de la jornada informativa en el cumplimiento de mis retribuidas funciones al servicio de la Administración Electoral.

Al llegar a casa de mi excursión al Juzgado de Instrucción nº 3 de Pozuelo de Alarcón pasada la media noche, el país que había leído en el periódico sólo diecisiete horas antes colgaba de las paredes de la historia política de nuestro país como un recuerdo lejano. Todo pareció cambiar de repente, cuando la figura del hombre que ha acumulado el mayor poder de la historia democrática de España se diluía como un azucarillo en la frase «intentaré formar un Gobierno».

Nunca en cuatro años y un mes controlando todos los resortes del Estado había conjugado Mariano Rajoy el verbo «intentar». Aunque conjuga deficientemente casi todos los demás, ése en concreto no estaba en su vocabulario. El capital político más grande desde que en 1982 Felipe González se quedara cerca de los tres quintos del Congreso lo ha dilapidado el gestor –que no el líder­– del PP en cuatro años en los que, sin Oposición ni Tribunal Constitucional, es decir, sin más control que el suyo propio, pudo haberse perpetuado en el poder.

La crisis económica más grave desde hace un siglo se interpuso en su camino, pero como nos quiere hacer creer el PP, eso no fue después de aquel 20 de noviembre. Desde mayo de 2010 Rajoy sabía lo que iba a tener que afrontar tras el paseo militar en el que convirtió el fin de la era Zapatero y se presentó a las elecciones sabiendo que el país iba a llegar al punto en el que se encontró en julio de 2012. Hubo otras decisiones que vinieron después de su victoria aplastante: cuando ese mismo año envió a Luis Bárcenas un mensaje desde el Palacio de la Moncloa dándole ánimos para que callara las vergüenzas del partido del Gobierno, Rajoy debió haber dimitido y Rubalcaba tenía el deber moral de presentar –que no amenazar con– una moción de censura que tristemente nunca llegó. En su lugar nos conformamos con un debate un uno de agosto.

El PP ganó nominalmente ayer unas elecciones generales que nunca habría ganado de extrapolar nuestras circunstancias a una sociedad con una cultura democrática aceptable, en primer lugar porque Rajoy no debió ser el candidato. Pero eso no se construye de la noche a la mañana, y los resultados de ayer son el primer paso hacia un escenario mejor. No obstante, a nadie escapa que es una victoria pírrica, porque escapa a las posibilidades de Rajoy «intentar» formar un Gobierno. Le tienen que dejar, y el sistema parlamentario va de otra cosa.

Podemos se convirtió en el gran vencedor de la noche al materializar la remontada que, de acuerdo con los últimos sondeos y encuestas, no le iba a sacar del pozo de la cuarta posición. En ese mismo pozo se ha quedado Ciudadanos, con 40 diputados que saben a muy poco en comparación con las inmensas expectativas generadas por Albert Rivera, el candidato casi perfecto cuyo defecto principal es no pertenecer al PP o al PSOE.

Vivo salió Pedro Sánchez de un lance tan crucial como es la primera concurrencia a unas generales por el PSOE; el candidato Borrell no llegó ni a aparecer en las listas y Almunia dimitió la noche electoral. Su hábil movimiento de convocar un Congreso que le revalide ya como secretario general desarma a Susana Díaz y le garantiza el control del partido como salvador de la debacle que, por debajo de los 70 Diputados, se mascaba en Ferraz hace pocos días. Sánchez también pierde ganando, o gana perdiendo, como se prefiera.

«España es un país de izquierdas», se lamentaba en jornada de reflexión un conocido, como diciendo que había que hacer lo que fuera necesario para revertir tal realidad inaceptable. A mí me apeteció contestar que si España, además de ser un país «de izquierdas», es una democracia, entonces tendría que gobernar la izquierda, pero soy poco dado a enfrentamientos perdidos de antemano y decidí dejarlo correr, asintiendo con gravedad a la sentencia.

España no es más de izquierdas que otros países en los que gobierna la derecha ni es más de derechas que donde hay partidos comunistas más fuertes. España es España, es decir, un país con tendencias y etapas, pero sobre todos con muchos vértices y aristas que determinan sus elecciones políticas; como todos los demás, o quizás un poco más, pero nada del otro mundo.

Lo que no es España es un país preparado para un sistema parlamentario. No deja de ser curioso que nos demos cuenta treinta y ocho años después de inaugurarlo. En Polonia sólo tardaron tres en ver que su sistema electoral era una chapuza que había introducido en el parlamento al partido de la birra –y sus dos facciones, cerveza rubia y cerveza tostada– con 26 escaños. Aquí todo pacto es concebido como una traición; si Ciudadanos pactara con el PP sería una puñalada a sus votantes progresistas, si el PSOE fuera con Podemos a por La Moncloa sería un escándalo democrático y que gobiernen PP y PSOE a los españoles les parece política ficción. El país es tan contradictorio que lo que los españoles les han pedido a los Diputados electos es lo que han dejado de hacer paulatinamente en toda la democracia: política.

Y es aquí donde entra en juego el poder omnímodo que ha ejercido el PP estos años, o mejor dicho, su forma de ejercerlo. Porque ahora que el Congreso de los 182 Diputados populares es historia, empezarán a darse cuenta de que nada es para siempre y la arrogancia de figuras como Hernando, que volaron por los aires todos los puentes del respeto parlamentario con su rodillo, pueden costarle a Mariano Rajoy nada menos que la Presidencia del Gobierno. Pero no sólo eso: pueden costarnos a todos un Gobierno imposible formado por una amalgama de partidos que por no tener, no tienen ni una idea común de lo que es el país que ahora tienen al alcance de la mano gobernar.

Continuará.

Gracias por seguir ahí.

 

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