Crónicas de campaña a 3.000 km – IV: Reformas electorales y dónde encontrarlas

Una de las secuelas literarias que dejó Harry Potter fue «Animales fantásticos y dónde encontrarlos», un pequeño libro muy entretenido con graciosas ‘notas’ manuscritas de los personajes de la saga, en el que J. K. Rowling nos contaba detalles acerca de las criaturas mágicas que habitaban el universo que nos hizo felices a tantos y que le mereció un Premio Príncipe de Asturias, pero no de las Artes sino de la Concordia.

No se me ha ido la pinza –todavía–; esto viene a cuento de que leyendo los diferentes programas de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos en materia de sistemas electorales me he acordado del libro, porque el panorama es precisamente ese: animales fantásticos y dónde encontrarlos. Ha sido mi primer ‘test’ a los programas electorales y éste ha sido el resultado.

Inanes suffragii

Del latín “voto vacío” (aunque mi profesor de la lengua de Cicerón me retorcería el pescuezo porque creo que me estoy inventando la declinación del adjetivo) esta criatura común es fácil de encontrar. Se trata de la reforma propuesta por PP y PSOE, consistente bien en la nada misma, bien en cambios cosméticos, bien en sinsentidos.

El partido del Gobierno, lo ha dicho en repetidas ocasiones, considera que el sistema electoral está bien como está y no hay que tocarlo –como todo lo que funciona regular o mal en el país–. En consecuencia, tiene un apartado en el programa (página 141) dedicado a la «reforma de la Ley electoral», en el que proclama para empezar que se adhiere a la «costumbre constitucional» –nadie sabe lo que es eso– de que debe gobernar España el partido con más votos.

La Constitución (1.3) define nuestra forma política como la «monarquía parlamentaria». En el mundo democrático hay dos grandes familias de sistemas políticos: presidencialismo y parlamentarismo. Su diferencia fundamental es que en el primero el Gobierno y el Parlamento son elegidos separadamente, mientras que en el segundo el Parlamento elige al Gobierno. Si España quiere que el más votado sea Gobierno, eso se llama presidencialismo –en EEUU el más votado es el Presidente y punto, hasta ahí llegamos todos– y yo no estoy en contra. El problema es intentar pervertir el parlamentarismo y convertirlo en un engendro. En todos los sistemas parlamentarios del planeta el que consigue sumar escaños forma Gobierno sin que nadie proteste, sea primero, segundo o cuarto, porque es la Cámara la que representa al pueblo, no el Gobierno. Si en España hemos degradado al Parlamento es ese el problema que debemos solucionar.

Otra propuesta sería el plus a la mayoría que existe en Grecia o Italia, donde la lista más votada obtiene automáticamente 100 Diputados más que le garantizan casi siempre la formación de Gobierno. Pero lamentablemente esa idea sólo ha salido de las mentes pensantes para los Ayuntamientos, y el PP se limita a alegar una «costumbre constitucional» inexistente en un desesperado intento de prevenir una coalición de todos contra él, lo que sería constitucional y democráticamente tan legítimo como la mayoría absoluta de la que ha disfrutado.

El PSOE, por su parte, y en su condición de partido beneficiado por el actual sistema, tampoco entra en las cuestiones de fondo (página 76) y se limita a apoyar el voto electrónico, «revisar el procedimiento electoral» y «mejorar la proporcionalidad» sin más explicación, lo que es lo mismo que decir nada. Eso sí, el PSOE introduce dos novedades sustanciales: desbloquear las listas –que no abrirlas–, de forma que el elector pueda priorizar los Diputados que elige dentro de la lista que ofrece el partido; y «considerar la posibilidad» de ampliar el sufragio a los 16 años. También menciona, como han anunciado repetidamente, la regulación de los debates electorales mediante una Comisión.

Aethereum promissum

Del latín “promesa etérea” (ídem), esta criatura difícil de detectar y con grandes facultades camaleónicas, pero terriblemente peligrosa, se encuentra en el programa de Podemos (página 157 en adelante).

El partido de Pablo Iglesias tiene toda una batería de propuestas circundantes a la reforma electoral que alteran por completo el juego institucional sin, honestamente, claras consecuencias. La mejor es el referéndum revocatorio del Presidente del Gobierno a mitad de Legislatura, un complejo sistema parlamentario con Comisión de por medio en el que, de detectarse que no existe cumplimiento del programa electoral, con 158 Diputados –da igual que los otros 192 estén en contra– y un 15% de las firmas del ceso, se convoca un referéndum que derivaría en elecciones generales al mes siguiente. Esto no existe en ningún país del mundo por varias razones, la primera porque un programa electoral, como cualquier declaración política, puede ser incoherente. Si un partido promete una renta de 1.000 euros a todos los ciudadanos pero además promete que no dejará caer al Estado, y luego no hay dinero para la primera promesa y se opta por incumplirla para cumplir la segunda, ¿qué pasa?

Podemos dice que desea que la voz de los ciudadanos pueda «irrumpir» en las instituciones y para ello propone reformar el sistema electoral actual elevando la circunscripción de la provincia a la Comunidad Autónoma –una medida que sólo tiene incidencia notable en Andalucía, Cataluña y poco más, ya que Madrid es Comunidad Autónoma y en las Castillas, Aragón o País Vasco los resultados interprovinciales no difieren– y cambiando la fórmula. En este último término el programa es engañoso, ya que alude a «fórmulas de la media mayor», lo que puede inducir a pensar que habla de «resto mayor» –otro modo de calcular más proporcional–, cuando en realidad sólo puede referirse a la regla Saint-Lague (pura o modificada, no se explica), la única alternativa de media mayor al vigente cociente D’Hondt. Saint-Lague, en cualquier caso, es más proporconal que D’Hondt. El caso es que Podemos no propone eliminar el mayor obstáculo del sistema electoral a las minorías: el umbral del 3 o 5%, según las elecciones, sin el cual los partidos ni siquiera entran en el reparto de escaños. La fórmula no altera sustancialmente el resultado si no se arreglan los dos problemas clave: circunscripciones pequeñas y umbral.

Para acabar, al sistema electoral que propone Ciudadanos no le he encontrado nombre, pero es una rara avis en la democracia española. El partido de Rivera es el que propone el cambio más radical (página 7), muy similar al modelo electoral alemán, ya que parte el Congreso en dos: Diputados electos por circunscripciones, y diputados electos en lista. La primera mitad consiste en que toda España se dividiría en unos 200 o 250 pequeños distritos, correspondientes a ciudades –seguramente barrios en el caso de Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades– o a conjuntos de municipios más pequeños, que elegirían cada uno a un solo Diputado, de forma que Gijón u Oviedo tendrían cada uno su Diputado en el Congreso, al igual que Chamartín o el Ensanche barcelonés, o la comarca de El Bierzo. Esto supone que quien gana en el distrito se lleva el escaño y el resto de los partidos no obtienen representación; se vota, por tanto, al candidato y no tanto al partido. La proporcionalidad es nula en esta parte de los Diputados; lo que se busca es que el electorado esté firmemente vinculado con su representante, que pasa a ser uno, con nombre, apellidos y cara.

El efecto se compensa con la otra parte de Diputados, electos como hasta ahora en una lista electoral, lo que daría a la Cámara proporcionalidad y representatividad a los partidos que no ganaran en los distritos. Es decir, el elector tendrá dos votos: al Diputado de su distrito y a la lista del partido que desee. El programa no alude al cómo de este segundo sistema, y las cuestiones primordiales, como en el caso de Podemos, permanecen en la ambigüedad: la circunscripción –si se opta por la nacional, de proporcionalidad perfecta, o una menor y menos proporcional– y el umbral electoral para entrar en el reparto.

En suma, si nos ceñimos a las propuestas de reforma electoral, tenemos los cambios poco profundos que introducen PP y PSOE; las promesas imposibles de Podemos, que al final afectan más al juego institucional que al sistema electoral; y el proyecto de Ciudadanos, que tiene un ingente coste político porque España no tiene la cultura política que se exige para poner en marcha el modelo doble. Si al consenso tenemos que ceñirnos, miedo me da que el sistema electoral de las próximas elecciones generales sea un engendro de poca eficacia. Lo que tengo claro es que el domingo enterraremos el que nos ha servido hasta ahora; al fin y al cabo, era cuestión de tiempo que el bipartidismo se llevara consigo al sistema que en buena medida ayudó a su preservación.

Mañana volvemos a la política ‘entretenida’ con el debate a dos al que el señor Presidente, finalmente, comparecerá, y en el que el candidato socialista se lo juega, a la vita de los sondeos de última hora, absolutamente todo.

Gracias por seguir ahí.

 

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