Crónicas de campaña a 3.000 KM – III: No te pongas nervioso

Pablo Iglesias ha pronunciado más veces la palabra «nervios» que «España» en el encuentro a cuatro de anoche en Antena 3. Su carrera de moderador de los debates en los que participa ha resultado fulgurante. Mucho más mediocre ha sido su desempeño en la faceta principal. Ayer se comió varias cosas ­–artículos de la Constitución, un par de leyes orgánicas, tratados y bastantes datos falsos– y además dejó clara una cosa que yo he defendido siempre, desde que le conozco: su soberbia.

«Mandas poco en tu partido», «no estás a la altura» o «fuerza marginal» son los calificativos que al líder de la nueva política, de la felicidad y las flores, del poder soft y las presuntas buenas formas le merecen sus adversarios/enemigos. Su desconocimiento del ordenamiento jurídico en cuestiones trascendentales o, lo que sería mucho peor, la desinformación que ha sembrado al respecto –en derecho a la educación sí es fundamental, Andalucía no celebró un referéndum de autodeterminación en 1977 y no existe ningún tipo de remoto marco jurídico para dicho referéndum en Cataluña– es preocupante dada la gala que hace de su Licenciatura en Derecho. También lo es la osadía de llevarle la contraria a la primera Abogada del Estado de su promoción que sabrá pocas cosas, pero el básico derecho constitucional es fácil adivinar que lo tenía. Derecho constitucional del nuestro, claro. Decir que las enmiendas a la Constitución de EEUU funcionan de maravilla, como dijo Sáenz, en un momento crítico de debate de control de armas no es lo más acertado.

Al margen de una derrota de Iglesias que, empieza parecerme sospechoso, arrasa de nuevo en las votaciones digitales, he de decir que tal y como me esperaba, yo tengo ganadora. La Vicepresidenta del Gobierno, a la que sólo Iglesias (por supuesto) trató de tú, no sólo dio relevancia al debate sino que proporcionó un blanco bastante resistente al que disparar las críticas al PP. Fue humillante para ella, y una torpeza descomunal una vez más de su partido, que los otros tres candidatos supieran perfectamente que Rajoy estaba pasando la noche en la residencia presidencial de Doñana y le interpelaran directamente a él en varias ocasiones.

«Nosotros somos un proyecto con un líder seguro que tiene un número dos», como si La Moncloa fuera un tándem y la mera existencia de los Vicepresidentes fuera obligatoria en España –no lo es–. Así empezó Sáenz de Santamaría su pelea contra un enemigo invisible, porque no estaba presente. «Cómo se nota, señores, que no estaban ustedes aquí hace cuatro años» fue otra de manual y un «Monedero, paga» fue la triste respuesta al «Luis, sé fuerte». Albert Rivera –que controló mejor su presencia y sus nervios, aunque no fue capaz de estarse quieto–, fue el que sacó la portada, impresa, del diario El Mundo que, he escrito ya muchas veces, es para mí lo más grave de esta legislatura: «Los originales de Bárcenas incluyen sobresueldos a Rajoy cuando era Ministro», y la Vicepresidenta debió callar.

Pedro Sánchez se tiró más tiempo defendiéndose de los ataques que recibió y resoplando con risas guasonas que detallando el programa que defiende. Después se tiró algunos conceptos obvios ­marca Mariano –«gobernando el PSOE no ha habido ninguna declaración unilateral de independencia», no, porque no fue unilateral y se le llamó Estatut– y acabó, al menos, con un buen minuto final.

Dejando la forma y entrando en el fondo, la novedad fue escasa salvo por las propuestas del PP jalonadas por las intervenciones, siempre más largas, de Sáenz de Santamaría. En empleo y pensiones siguió el enfrentamiento entre la derogación de la reforma laboral que plantea el PSOE y el contrato único de C’s, aunque esta vez sí se sacó a relucir el abuso que ha hecho el Gobierno del fondo de pensiones.

Los Consejos de Administración volvieron a ser tema recurrente y de nuevo la izquierda –tanto Podemos como PSOE– falla en el diagnóstico y en la solución­, pues no se trata de que los políticos no puedan trabajar luego y los buenos políticos no puedan seguir ocupando responsabilidades acordes con sus capacidades, sino simplemente de limitar salarios y retribuciones. Yo no quiero prohibirle a un buen ministro de Industria que no trabaje en lo suyo el resto de su vida porque no quiero tener que pagarle un sueldo por ello, lo único que quiero es que haya un sistema que impida que le haga favores a su futura empresa a cambio de nada. Ese es el problema, lo otro es una falacia. Por cierto, Pablo, se llama «PricewaterhouseCoopers» y es la consultora más importante del planeta. No es capitalismo de amiguetes, es saber dónde está el mundo.

En el capítulo de propuestas esperpénticas de la noche hemos encontrado limitar la financiación pública de los partidos políticos según requisitos como la democracia interna (Sánchez) ­–recordamos al PSOE que la democracia consiste en que los que no la quieren también pueden opinarlo–; el clásico referéndum de revocación del Presidente del Gobierno que propone Podemos y que estoy dispuesto a apostarme mi mano derecha, de valor incalculable, a que jamás lo implantarían si gobernaran; o la proclamación de Sáenz de Santamaría que jamás de los jamases, nunca nunca, pactarán para gobernar si no son lista más votada. Aquí por una vez vino Iglesias a salvarme del ahogo: estamos en un sistema parlamentario y es presidente el que consigue mayoría en la Cámara, no otro. A ver si lo interiorizamos.

El debate ha sido, por tanto, constructivo pero no determinante. Rivera recupera algo de lo perdido en El País y Sánchez no logra remontar el vuelo. Iglesias a la baja y Santamaría sale viva, lo cual, dadas las circunstancias, ha de tomarse como un triunfo. El lunes que viene su jefe sale de la Madriguera para comparecer ante Pedro Sánchez, y se habrá acabado esto de los debates. Pero mientras tanto, la campaña sigue, y aquí la seguiremos.

Gracias por seguir ahí.

 

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