Crónicas de campaña a 3.000 km – I: Cómo cambiarlo todo en una noche

Lo adelantaba el Director de El País en el post-debate de anoche, cuando el diario aún aprovechaba la resaca de seguidores que arrastró el primer ‘round’ de la campaña electoral: el cara a cara entre Pedro Sánchez y Rajoy «va a ser un tostón». Después de que ayer cambiara la historia electoral de España en un plató de Bohadilla, ya nada volverá a ser como antes. Si no lo era ya, definitivamente es el momento de decirlo: ha muerto el bipartidismo.

Para bien o para mal el escenario político español ha cambiado, y el debate de anoche fue la escenificación de dicho cambio. En muchos aspectos: también en que el Presidente del Gobierno ha dejado de contar.

Sería de necios pensar que el atril vacío que astutamente dejó ayer El País en el plató, y que es la triste derrota de todos los demócratas porque Rajoy sigue liderando las encuestas, va a representar el resto de la campaña electoral. Rajoy no sólo es candidato, es Presidente y eso explica su ausencia: no porque esté muy ocupado –si se van a celebrar Consejos de Ministros este mes será de milagro y para aparentar que sigue habiendo alguien al mando– sino porque tiene muchas más cartas que jugar que Rivera, Iglesias o Sánchez. Ayer jugó la primera contraprogramando el debate con una medida estrella en política de empleo que hoy compite con los titulares del reto a tres. El Presidente es un cobarde, y algunos de sus estrategas dejan mucho que desear, pero Jorge Moragas no es ningún inútil.

Sin embargo, la escenificación de anoche es el preludio del inmenso impacto que tendrá el debate que el lunes próximo emitirá Antena 3 y al que Rajoy ha enviado a la Vicepresidenta; desconocemos aún si a esa hora estará en Girona TV atendiendo a sus responsabilidades de Gobierno o no. En cualquier caso y con independencia del número de veces que Rajoy quiera gastar cámara en entrevistas peñazo, todos los expertos están de acuerdo y Fermín Bouza, catedrático de Comunicación Política de la casa –de la Complutense– lo deja claro: estos debates pueden cambiar el resultado y el partido más votado. Con encuestas con un margen de error del 3,5% e indecisión del 30, confiarse en la tendencia del CIS cuando Metroscopia da un triple empate en el 21,6% parece un suicidio.

Espero que lo sea. Si algo tiene que cumplirse de lo que pasó ayer es la promesa implícita que según Rubén Amón parecían haberse hecho los debatientes antes de entrar a plató: el próximo Presidente tiene que estar en esa sala. Anoche hubo muchas propuestas en un modelo de debate muchísimo más dinámico que las insufribles matracas a las que nos sometieron Zapatero y Rubalcaba contra Rajoy. Paradójicamente fue Iglesias el único que se confundió con la vieja política y pretendió ejercer de moderador en un debate en el que no lo había por algo. Si era una estrategia para convertirse en el centrista de la noche no le salió bien; Sánchez, favorecido por el sorteo de las posiciones en el escenario, se erigió en un centro que podría haber correspondido ideológicamente a Rivera de haber comparecido el PP. Mi ganador fue Sánchez a los puntos y por poco margen. Rivera había creado demasiadas expectativas tras Salvados e Iglesias, precisamente por eso, cumplió las que tenía.

Iglesias evitó en general el cuerpo a cuerpo con Sánchez para atraer el voto socialista que también intentaba arañar Rivera con menos éxito. Mensajes contradictorios del líder de Podemos, cuando no pillado in fraganti con desinformación –el rifirrafe sobre Trinidad Jiménez que Sánchez no quiso aprovechar mejor– no le ayudaron a remontar una primera parte en la que permaneció pasivo mientras los líderes de PSOE y Ciudadanos se batían el cobre a cuenta de las propuestas de empleo. La propuesta de contrato único de Rivera no encontró más réplica en Sánchez que el mantra de derogar una reforma laboral cuya primera piedra fue un Real Decreto-Ley de Zapatero. Iglesias se descolgó con un «cuando se invierte en crear empleo se crea empleo» que nos salva a todos de nuestra suprema ignorancia.

«Mi patria es la igualdad y por eso los socialistas somos los arquitectos del estado de Bienestar» fue la pancarta de cafetería de mi Facultad que se marcó Pedro Sánchez para hablar de políticas sociales. Y no fue la única, porque aquí empezó la referencia a ‘las derechas’, que al margen de consideraciones ideológicas a mí me suena al frentismo preguerracivilista y, por tanto, me repugna. Rivera prometiendo felicidad (¿?) e Iglesias con el eslogan de Hugo Boss –la marca del traje de Rivera, no entienden ustedes nada y yo tampoco– fue lo más reseñable del bloque hasta la pelea por Jiménez. En propuestas Sánchez se quedó –tristemente– sólo reivindicando la Ley de Dependencia aprobada por el PSOE y esquilmada por el PP; ni Iglesias ni Rivera le siguieron en un consenso que debería ser tan universal como lo fue el de volver al Pacto de Toledo para blindar las pensiones del futuro.

En el modelo territorial saltaron menos chispas con Cataluña de las que hubiera sido esperable, y en regeneración democrática, como estaba en todas las quinielas, hubo más acuerdo que otra cosa. En estos dos bloques se pronunciaron más veces las palabras «gran pacto nacional» que «España», y cuando la bestia negra –«corrupción»– fue pronunciada por primera vez, los tres candidatos a Presidente del Gobierno deslizaron la mirada al atril vacío. Quizás los SMS estén guardados para Soraya.

El debate, fue, en resumen, algo que lo cambió todo. Fue dinámico, fue ágil, fue útil y, sobre todo, fue un triunfo de la democracia. Que Rajoy siga engañándose a sí mismo repitiendo lo de «esto siempre se ha hecho así» –a lo mejor dijo lo mismo cuando del dieron su primera caja de puros sin puros– sólo demuestra que el Presidente ha perdido la conexión con la realidad. Que no es consciente del país que gobierna, como dejaron de serlo los tres presidentes que ocuparon su lugar antes que él. Los tres abandonaron, tan pronto como perdieron esa noción, el Palacio de la Moncloa que esta Nochebuena estará cambiando de muebles.

Gracias por seguir ahí.

 

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