Inaceptable, lo confieso. He pasado un mes y medio sin escribir sobre usted, señor Presidente. Lo siento, pero es que me pilla de Erasmus y de exámenes; y entre eso y que no ha sido precisamente una balsa de aceite este mes de noviembre, le he tenido abandonado. Y no hay derecho, porque si algo da usted, además de pena, es ganas de hablar. O de escribir. Yo hago las dos cosas y en dos idiomas, porque estando aquí arriba, o me quejo de usted en inglés o no me quejo, y por supuesto, no voy a hacer semejante sacrificio. Aunque, seamos justos, no he sido el único. Con lo que nos gusta en este país acordarnos de Franco cada 20 de noviembre, este mes ha pasado lamentablemente desapercibido el aniversario de otro acontecimiento bastante menos satisfactorio para España que la muerte del dictador: los cuatro años de su llegada al Gobierno.

¡Qué mes, Señor! Un mes se cumplía el viernes desde que tuvo a bien el señor Rajoy firmar el decreto de disolución de las Cortes para convocar las XI Elecciones generales de la democracia, escamoteando a la Constitución un mes más de Legislatura, por cierto. Y no ha parado quieto desde entonces, oigan. Hasta yo –palabras mayores, no es por nada– he perdido la cuenta de las ruedas de prensa que ha ofrecido. Nunca antes en democracia había sido tan descarado el cambio de estrategia de cara a unas elecciones.

Ruedas de prensa en las que, por cierto, se viene arriba. Con respuestas altaneras –«no esperará que le responda todo lo que sé»–, irónicas –«mi cabeza está muy bien donde está»– y siempre a la altura del estadista que es –«esto no es como el agua que cae del cielo sin que sepamos exactamente por qué» [se llama lluvia, señor Presidente, y creo que sí sabemos por qué cae del cielo]–. Al igual que en las entrevistas, que durante dos años y medio rehuyó hasta el punto de que jamás en ese tiempo recibió a ningún medio de comunicación nacional; y a los medios extranjeros a los que recibía, su equipo de prensa les hacía sonrojar pidiéndoles que editaran lo grabado.

No obstante, menos sorna. El señor Presidente es un hombre muy ocupado y, aunque después de todos estos años viéndole por todas partes hemos llegado a pensar lo contrario, Pablo Casado en su inmensa bonhomía e infinita misericordia se ha dignado a explicarnos que nuestro Presidente «no es ubicuo». ¿Verdad que ustedes pensaban lo contrario? A mí me ha pasado lo mismo.

El jefe del Ejecutivo español no puede atender a todos los debates. Es más… no puede acudir a ninguno de «los 30» a los que le han invitado. Porque tiene, y cito literalmente, «responsabilidades de gobierno» que le «impiden» «atender a todos los acontecimientos». Quizá se refiera a los ingentes esfuerzos diplomáticos de España ante la ofensiva política sin precedentes del Presidente Hollande, que no sólo ha eclipsado a la Unión Europea, desparecida en este combate, sino también nada menos que a la OTAN reuniéndose con Putin en el Kremlin… Ah, disculpen, olvidaba que Mariano Rajoy me ha provocado el mayor sonrojo de mi estancia Erasmus cuando delante de personas de seis nacionalidades alguien comentó que el único líder europeo que no va recibir o visitar a Hollande es… voilá. No contento con eso, además, nos ha dejado en el mayor ridículo internacional desde la era Zapatero, ofreciendo tropas y luego retirando la oferta tras la masacre de Bamako. ¿Para esto hemos peleado por un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU?

Les contaré algo. El Partido Popular, por enésimo quinta vez en esta Legislatura, se piensa que los españoles arrastramos más o menos la misma lentitud mental que el lumbreras que alumbró ese argumentario. A lo mejor el PP pretende hacerme creer que el Presidente del Gobierno de España, un país que no está en guerra, que no posee armas nucleares, que no tiene a sus tropas por medio mundo, que no tiene 300 millones de habitantes y 9 millones de kilómetros cuadrados, un millón de millones de dólares de deuda y que no es la primera superpotencia mundial, tiene más trabajo que el Presidente de los Estados Unidos. Me refiero al Presidente de los Estados unidos durante la Guerra Fría.

En 1960 por primera vez en la Historia dos candidatos presidenciales se enfrentaron ante las cámaras de televisión cambiando para siempre el mundo de la comunicación política: Jack Kennedy batió a Richard Nixon en cuatro asaltos y ganó la Casa Blanca. Pero, ¡tranquilo, Pablo! Ya sé que Kennedy era sólo candidato y Nixon sólo Vicepresidente. 1974: el Presidente Ford debate tres veces contra Carter. En 1984 Reagan, un hombre ocioso donde los hubiera, se enfrenta dos veces contra Walter Mondale. Llegamos a 1992 y Bush sr., nada menos que el Presidente que vio caer el Muro de Berlín y a la Unión Soviética, pierde tres veces contra Clinton (Bill), y doce años después su hijo perdió (escandalosamente) otras tres ante Kerry mientras, por cierto, invadía media docena de países. Se produjeron graves situaciones de crisis en Washington en todas y cada una de las catorce veces desde 1974 en las que un Presidente de Estados Unidos eludió sus responsabilidades de Gobierno para acudir a un debate, como todos sabemos. Por cierto, en el mismo tiempo en España sólo ha habido cuatro debates con un Presidente en la mesa. Rajoy se vanagloria de haber participado en la mayoría; la lástima es que resulta que es porque perdió dos elecciones, cosa que nadie había hecho hasta ahora.

El PP y su estrategia se ríen de la inteligencia de los españoles, y yo particularmente llevo eso peor que el hecho de que el Presidente sea un cobarde y tenga el aplomo de mandar a Soraya Sáenz de Santamaría a un debate pre-si-den-cial. No termino de entender por qué Sánchez, Rivera e Iglesias se prestan a ello. El País ha tomado la decisión correcta y mañana (21:00h, web), el primer debate presidencial “a cuatro” de la historia democrática de España se celebrará con un atril vacío reservado para el cobarde que aún preside el Gobierno. Él alegó responsabilidades del cargo para no acudir; si ponen la tele a la misma hora, podrán verle ejerciendo (el cargo, supongo) en TeleCinco, en directo. ¿Sonrojante? No se crean, después de lo de «Luis, sé fuerte» yo estoy curado de espantos. Para qué hablar de la actuación como comentarista de la Champions, durante la cual doy por hecho que el Estado Mayor de la Defensa se encerró en el búnker de La Moncloa para defender la Nación en ausencia del Presidente…

Si creen que he sido duro, no saben lo que nos espera los próximos 21 días. Al Partido Socialista hay que demandarle un proyecto real, no ficticio, de alternativa de Gobierno que no puede basarse en errores ya cometidos; a Ciudadanos debemos exigirle el rigor necesario para pretender disputar La Moncloa; y a Podemos es imprescindible pedirle que abandone discursos imposibles y, sobre todo, inútiles. Pero al Partido Popular hay que juzgarle por lo que ha hecho estos cuatro años. Ha empezado a sacarnos de la crisis, sí, pero a un precio que a lo mejor los españoles no estábamos dispuestos a pagar: a cambio de cargarse todo lo demás.

Ya saben, a lo mejor alguien más compartía la doctrina Montoro: «que caiga España, que ya la levantaremos nosotros». ¿No se acordaban de eso? Para eso estoy yo aquí.

Bienvenidos a la campaña electoral y gracias por seguir ahí.

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