He tardado casi veinticuatro horas en hacer balance de las catalanas por dos motivos. El primero es que cuando ayer a las tantas de la madrugada me puse al teclado, me di cuenta de que el señor Presidente era el único líder nacional que no había comparecido en una «noche histórica»; como, evidentemente, no podría escribir esta entrada sin su imprescindible aportación, siempre provechosa, decidí esperar a que tuviera a bien pronunciarse. Bueno, ya lo ha hecho… diecisiete horas más tarde que aquellos contra los que se va a enfrentar en unas elecciones generales. En realidad, Pedro Sánchez lo ha hecho dos veces en ese tiempo, una de ellas con banderas incluidas. Todo un porte presidencial.

La segunda razón es mi absoluta desidia. Ni bueno ni malo, ni pa’ ti ni pa’ mi, ni fu ni fa –esta última expresión es «la favorita» en castellano de un amigo alemán; tienen unos gustos un poco extraños–. Esa era la sensación con la que me quedé anoche tras alcanzar el 80% escrutado y constatar las dos realidades: que los independentistas habían ganado las elecciones al Parlament, y habían perdido el plebiscito para la independencia. Y una tercera: que yo no he dado pie con bola en mi porra. No sé para qué sigo mirando las encuestas.

Anoche estaba yo preparado para cualquier eventualidad. Con un eclipse total de luna programado a las cuatro de la mañana y un paquete de galletas sobre la mesa, me esperaba vigilia tanto si Mas se despeñaba precipicio abajo, como si salía al balcón del Palau para proclamar la República Catalana con Junqueras a un lado y Baños al otro –qué cartel tan pobre para la Historia–. Si no vieron el eclipse, créanme, no se perdieron nada; al menos desde Oslo. La pena es que tampoco se perdieron nada si ignoraron la noche electoral catalana.

Mayoría absoluta en escaños, minoría en votos. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas, dijo circunspecto Fernando Ónega anoche, con la mala fortuna de que diez minutos más tarde se lo copió Pablo Casado. Y tienen razón, porque mayoría de escaños y minoría de votos ya la tenían antes de emprender el insoportable coñazo de Legislatura que murió anoche. «Noche histórica», se proclamó. Yo no conozco ninguna noche histórica en la que al día siguiente todo siguiera igual.

Si Mas y su elenco de estadistas hubieran alcanzado el 50 o el 55% de los votos, hubiera sido de esperar un caos anárquico, una sublevación espontánea, todo un golpe de Estado que hubiera supuesto el corralito del que advertía nada menos que el Banco de España, el inmediato aislacionismo internacional del profeta Margallo, o la aparición de la nada de una alambrada que cercenara la Península desde el Aneto hasta Vinarós y separara familias, amigos, parejas de enamorados…

Por otro lado, si resultaba que perdían el plebiscito y su mayoría, las fuerzas constitucionalistas –otra denominación algo vintage– se alzarían victoriosas en una gran armonía al son del himno nacional, al tiempo que toda estelada desaparecía de los balcones de Cataluña para no volver jamás.

Pero aquí estamos. Ni balcón ni retirada. ¿Por qué? Porque no se trataba de eso.

Si un gobernante no tiene soluciones para los problemas existentes, sólo hay tres opciones para no ser carne de cañón: primera, copiársela a alguien que sí la tenga; segunda, hacer creer a la gente que efectivamente no hay solución, lo que suele ser desastroso; y tercera, crear otros problemas que sí pueda solucionar.

Artur Mas no podía copiar ninguna solución a sus problemas de economía, corrupción o crisis identitaria, simplemente porque cualquier solución hubiera pasado por prescindir de él de forma inmediata. Fracasó en su intento de hacer creer a los catalanes que no había solución –es España, no nosotros; es Madrid, no Barcelona; es Moncloa, no Sant Jaume–. Y, por lo tanto, ha optado por la última vía. Artur Mas ha creado un problema que no existía para solucionarlo.

¿Cuál es ese problema? Una nueva mayoría parlamentaria que presuntamente quiere romper el Estado de Derecho y acabar con la convivencia pacífica de ciudadanos iguales ante la Ley. Ahí tenemos al líder de la CUP, cantando «Adiós, papá» Estado –¿de veras? ¿Va la CUP a rechazar la subvención de medio millón de euros, más o menos, que le garantiza la Ley Electoral española? Me encantará verlo– o afirmando que las leyes deben ser «desobedecidas». Mas nos venderá estos días que el mandato de los votantes al poner en manos de los radicales la gobernabilidad es claramente incendiario. Si los catalanes le dieron la llave a la CUP y la CUP quiere independencia, habrá que dársela. Porque de lo contrario, ¿cuál es esa solución? Por supuesto, la solución es… él.

¿Quieren apostar a que en los próximos días o semanas el Molt Honorable deslizará que «al Estado Español» le conviene más que él siga siendo Presidente, a que venga un exaltado como Romeva o, peor, un antisistema de voz calmada, es decir, peligroso, como Baños? ¿Cuánto ponen en la casilla de que Juntos por el Sí va a terminar por sacar adelante la investidura de su líder, el cobarde que se puso de número cuatro por si les partían la cara en las urnas? Y entonces, haciendo uso de su mayoría absoluta, volveremos a empezar. Como la canción del anuncio de El Corte Inglés que ha causado pesadillas a una generación de españoles.

Volveremos a empezar otra vez el juego: declaración de soberanía, recurso ante el TC, suspensión. Ley de referéndum, recurso ante el TC, suspensión. Y así, panem et circenses, mientras los problemas reales continúan, pasarán los dos meses que nos separan de un cambio de Gobierno, pero, sobre todo y más importante, un cambio de Congreso y… Ah. Un cambio de Senado.

Y aquí llega el gran momento. Porque en un Senado con una docena larga de partidos, sumido en un caos que la Ley Electoral no va a poder corregir porque el Senado no se elige con la misma ley tramposa que el Congreso, ¿qué Gobierno, sea cual sea, tras darse cuenta de que la Constitución ya no se estira más, va aplicar el artículo 155? Ninguno… Porque ninguno tendrá la mayoría para hacerlo. Entonces, de nuevo, ¿cuánto quieren apostar a que será Artur Mas quien emerja de un mar de senyeras para decir «o yo, o el caos»?

-O nosotros o el caos. -El caos, el caos. -Es igual, también somos nosotros.

Por supuesto, todo esto son conjeturas. Incluso, política ficción. Porque, ya saben –tenía que hacerlo, lo prometí al inicio–, el señor Presidente, conocedor de los astros, arúspice de este siglo, nos ha dicho que eso no va a pasar nunca porque «mientras yo sea Presidente del Gobierno aquí nadie va a romper la Ley». Y la Ley es la Ley. Y un plato es un plato, y un vaso es un vaso.

¿Qué no hacían falta alforjas? Las vamos a necesitar bien llenas los próximos meses.

Gracias por segur ahí.

2 comentarios en “Alforjas

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