Al menos, habrá paz para las abuelas

No quiero parecer monotemático, pero teniendo en cuenta que el próximo domingo se celebran las elecciones catalanas más importantes desde que hay elecciones catalanas, omitir el tema sería tan irresponsable como injusto. Irresponsable porque cualquiera que obviara lo que está sucediendo en Cataluña estaría faltando a la realidad política que vive España. Injusto porque pienso, honestamente, que ninguna sociedad merece lo que Artur Mas le está haciendo a la de Cataluña.

Si Felipe González se permitió el lujo de comparar la estrategia independentista de hoy con el fascismo y el nazismo que empezaban a germinar en estos días del siglo pasado, es porque aquella fue la mejor demostración que tenemos de que las grandes mentiras pueden llegar a ganar elecciones. A nadie deberían caérsele los anillos por decir que Mas utiliza una dialéctica y una estrategia política como las que llevaron a Adolf Hitler al poder en 1933, porque es así; sí, estoy comparando a Mas con Hitler porque ya es hora de hablar claro.

Mas y sus adláteres de candidatura atacan sin cesar todos los nexos que unen a los catalanes con el resto de España para aislarlos y convertirlos en un público más fácil. Eso ya es de por sí moralmente rastrero; pero lo peor es que lo hacen con mentiras que es inaceptable que un líder político pueda propagar sin consecuencias.

Mentiras como esas promesas de independencia en orden y paz que traerá a los catalanes un país nuevo con oportunidades de progreso y bienestar. Mentiras como que España es un Estado dictatorial en el que no se permite votar a los ciudadanos. Mentiras como que «nadie puede expulsar a nadie en la Unión Europea porque eso no está en ningún sitio de los Tratados». Mentiras como que nosotros robamos a los catalanes. Mentiras que sólo buscan asegurarle el poder durante el tiempo necesario.

Mas está engañando a los catalanes, y hay que pararle. Es una obligación moral y política evitar que sujetos como él puedan utilizar su cargo público, sufragado por nuestros impuestos, para falsear la verdad, incumplir la Ley y, con todo ello, poner en riesgo nuestro Estado de Derecho y nuestras instituciones.

España no debería tolerar que sujetos que proponen formar «un Gobierno republicano, no autonómico» que se «saltará las leyes» si es necesario, se presenten a unas elecciones con expectativas de alcanzar 10 escaños clave. Es mentira que eso se pueda hacer, y ellos lo saben. ¿Qué es un «Gobierno republicano» en un país en el que el 88,54 % de los votantes, quince millones setecientos seis mil setenta y ocho ciudadanos, votaron constituirse en una Monarquía parlamentaria? ¿Qué es un «Gobierno republicano» en una Comunidad Autónoma de España cuyo Presidente es nombrado por el Rey de acuerdo con el artículo 156 de la Constitución que permite precisamente que exista esa Comunidad Autónoma? ¿Acaso no estamos hablando de un golpe de Estado?

Basta de mentiras para hacer de estas elecciones una cosa diferente de lo que son, una farsa para tapar un fracaso. Si ni siquiera los dos líderes de este país, el Presidente del Gobierno y el jefe de la Oposición, son capaces de enfrentar una mentira tan peligrosa como ésta, tendrá que hacerlo la sociedad civil. Pero no es tolerable que esto esté ocurriendo en una democracia y en un Estado de Derecho.

Si Mas puede ganar unas elecciones prometiendo que al día siguiente de la independencia de Cataluña pagará las pensiones, conservará el Estado del Bienestar y todos los derechos alcanzados a través de España y de Europa, algo estamos haciendo mal. Si no lo creen, pregúntenles a los alemanes que votaron a Hitler en 1933 cuando les prometió orden, les prometió paz y les prometió prosperidad a cambio de sus votos y su silenciosa y obediente sumisión. O pregúntenles a los griegos que ilusionados votaron oxi en un referéndum en el que no podían elegir, sólo porque su primer ministro no quería ensuciarse las manos.

No es sólo una cuestión de Leyes, de Constitución, de ordenamiento jurídico; que también, porque el Derecho nos hace iguales y por tanto libres. Es una cuestión de sentar el precedente democrático de que para ganar vale todo. Y de que ganando se puede hacer todo. Eso no es cierto porque una democracia se basa en la toma de decisiones de la mayoría con el debido respeto a las minorías, por el simple hecho de que esas minorías pueden ser mayorías en el futuro.

Si permitimos que Mas gane estas elecciones prometiendo mentiras y amenazando a lo único que nos mantiene como ciudadanos –la Constitución y la Ley– perderemos muchísimo más que el tiempo que nos llevará suspender la Autonomía de Cataluña y encauzar otra vez la situación. Habremos perdido la seguridad en el sistema y la confianza en que la democracia es la mejor forma de gobernarnos.

Un gobernante que miente sin pudor y que presenta un balance como el de Mas, que tiene el honor de haber sido el President con menos iniciativas parlamentarias de la Cataluña democrática –una miserable Ley en todo 2013, y tres en 2014–, con más corrupción –saqueo del Palau, 15 sedes embargadas, escándalo Pujol, comisiones del 3% y para qué seguir– y con sólo tres Presupuestos en 5 años, tantos como elecciones; un gobernante de tal calibre tendría que estar apartado de la política por simple responsabilidad moral.

Y sin embargo llevamos más de un año de vodevil, soportando en todos los telediarios y en las páginas de todos los periódicos sus desbarros sobre la ciudadanía europea, la independencia bajo un arcoíris y la «eclosión de anhelos de esperanza» a lo largo y ancho de la Catalunya sublevada de Companys o golpista de Macià, pretendiendo la ilusión infantil de que, como éstos, Mas se encuentra en un momento histórico y excepcional de preguerra civil o de caída de un régimen de seiscientos años.

Ojalá los catalanes utilicen su proverbial seny y eviten que esto vaya más allá –si es que se puede llegar aún más allá–. Ojalá tengan el suficiente seny como para entender que las promesas de la quimera de la independencia no tienen sentido. Si no lo hacen tendremos que enfrentarnos a un problema que, me temo, es demasiado grande para los líderes que tenemos.

Eso sí, como prometió la insigne ex Presidenta de la Asamblea Nacional de Catalunya, todas las abuelas podrán respirar tranquilas, porque en el nou estat ya «no tendrán que cuidar de sus nietos». Así que supongo que, en medio del desastre, al menos, habrá paz para las abuelas.

Gracias por seguir ahí.

2 comentarios en “Al menos, habrá paz para las abuelas

  1. Una vez más, la radiografía de una Cataluña manipulada, engañada y al borde del abismo. Esperemos que las abuelas catalanas se den cuenta, de que también ellas forman parte de la manipulación.
    Jaime. Esperemos que los catalanes no nacionalistas acudan a votar con sensatez, y no se cumplan tus presagios.

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