No estoy seguro de quién ha cambiado el estilo de escribir cartas, pero cuando yo entré en esto, y hace muy poco tiempo, se empezaba con una mínima fórmula de cortesía –estimado señor, querido Felipe, apreciados compatriotas… Depende del grado de cursilería del remitente–. No obstante, visto que las formas han pasado a ser lo de menos en este nuestro país (España, me refiero) y en esta nueva política de felicidad y flores, perdonémonos la cortesía esta vez.

Le escribo, por supuesto, en respuesta a su carta dirigida a mí. A mí y a otros 48 millones de personas, incluidos, por cierto, 7 millones y medio de catalanes, ya que el destinatario eran «los españoles», así que espero que haya recibido muchísimas más respuestas.

Para empezar, y disculpándome de antemano, Felipe González jamás ha sido «presidente» del Partido Socialista; Catalunya es un extranjerismo innecesario cuando se está escribiendo en castellano –por cierto, se le ha colado un Cataluña sin ‘traducir’, séptimo párrafo–; y finalmente, aunque esto es ya una cuestión de gustos, «amar» la «solidaridad» y la «fraternidad» es prácticamente un pleonasmo como una catedral, salvo que se haya convertido usted en Antonio Gala, cosa perfectamente posible teniendo en cuenta expresiones como «ha eclosionado en Catalunya un anhelo de esperanza que ha recorrido el país de norte a sur, de este a oeste, una brisa de aire fresco…».

Dejando al margen el anecdotario ortográfico y de estilo, señor Presidente, que además no es culpa exclusivamente suya porque firma conjuntamente con sus insignes compañeros de lista, vayamos al fondo de lo que nos ocupa. Lo primero que quiero que me cuente, porque me interesa saberlo para el futuro –estudio Derecho, estas cosas son muy útiles– es cómo ha hecho usted para ejecutar de forma impecable un fraude de Ley sin que nadie se haya dado cuenta o, al menos, haya hecho ademán de darse cuenta. Me explico, aunque siendo usted economista y legislador no me cabe duda de que maneja el concepto: un fraude de Ley es llevar a cabo un acto jurídico aparentemente válido amparándose en una norma, pero con una finalidad distinta y/o prohibida. Por ejemplo, firmar un contrato de préstamo donde dice «hija mía, yo te dejo mil y tú me devuelves mil doscientos» cuando en realidad es un «papá, tú dame mil, que ya vamos viendo» –alias donación–. Supongo que le suena el caso; me consta que lo ha seguido con atención para resaltar la corrupción del Estado español, cuyo nombre oficial, por cierto, es Reino de España –repetir «Estado español» tantas veces se llama redundancia, pero ya lo dejo–.

Por eso me asombra que usted se «despache» en una comparecencia pública afirmando que ha decretado una disolución del Parlamento de Cataluña perfectamente legal, para camuflar un plebiscito de independencia. Y mencionando expresamente que ha adoptado la fórmula legal de Decreto de disolución para evitar que pueda ser recurrido ante el Tribunal Constitucional, por si nos había quedado alguna duda. Le ruego que me cuente el secreto, es importante por si se me ocurre dedicarme a la abogacía algún día de mi vida, pero también para ahorrarme una fortuna en impuestos que, por otro lado, cada vez paga menos gente.

Gobernar cometiendo fraudes de Ley impunemente tiene que ser comodísimo, porque, ya sabe usted, el ordenamiento jurídico es un auténtico incordio. Todos sabemos que Hans Kelsen, padre del constitucionalismo moderno, era un loco peligroso, como demostró el día que inventó la jerarquía normativa. Sí, esa monumental chorrada que consiste en que una norma de rango inferior no puede contradecir a una de rango superior. Traducido, que un bando del Alcalde de Villadiego de Arriba no puede derogar el Código Penal y poner en una pica la cabeza de un cazador furtivo, o que un Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña no puede pasarse la Constitución por la piedra. A quién se le ocurriría semejante cosa… El ordenamiento jurídico, al que ni siquiera es posible ver caminando por la calle, fíjese, sólo nos protege de los abusos de las Administraciones, evita que los tanques circulen por la calle o provoca –no con total efectividad, todo hay que decirlo, pero algo hace– que mi vecino se pase unos años a la sombra si mañana me descerraja dos tiros, más que nada para evitar que se los descerraje también a la inquilina del piso de arriba. Pero, claro, ¿quién necesita eso, teniéndole a usted para garantizar la paz, la concordia y la libertad de los que amamos la fraternidad y la solidaridad?

No me quiero perder en el plano jurídico, Muy Honorable Presidente, porque mis lectores se aburren como ostras, y yo me los tengo que ganar, no me vienen de fábrica. De modo que pasemos a lo político; lo segundo que quiero que me explique es qué hay que hacer para arrogarse la representación total y suprema del pueblo de Cataluña cuando la última vez, por no ganar, no ganó usted siquiera la mayoría absoluta del Parlamento –y no digamos ya de los votos: ni un tercio–. Esto me interesa especialmente por si alguna vez quiero hacer carrera política, ciertamente más probable que lo de la abogacía. Fíjese, ni siquiera el señor Presidente del Gobierno, hombre osado donde los haya y que, por increíble que parezca, tiene diez millones y medio de votos y otros tantos puntos porcentuales más que usted, se lanza tanto a hablar en nombre de los españoles, de la voluntad de los españoles, de lo que aman o dejan de amar los españoles o de las eclosiones de anhelos de esperanza que surcan el país norte a sur y de este a este como brisas de aire fresco –por el amor de Dios, ¿ha visto cómo suena?–. También es cierto que tenemos un Presidente que es tirando a parco en palabras, y cuando intenta ponerse sentimental no le suele salir bien, pero aun así…

En fin, señor Mas, como ve no es usted el único capaz de utilizar la ironía y el menosprecio, de modo que vamos a ponernos serios. Yo, como otros muchos ciudadanos –familiares, amigos, compañeros, conocidos o incluso completos desconocidos– que me han dicho lo mismo, estoy sumamente harto de que se rían de mí. Uno tiene ya los años suficientes como para que no le gusten ese tipo de cosas, y sólo tengo veintidós, por lo que no me quiero imaginar el cabreo que pueda tener un honorable barcelonés de 85 o 90 años, hastiado de ver cómo su dinero se gasta en propaganda separatista, en pagar nóminas de escándalo a fósiles del nacionalismo catalán o en sufragar elecciones que, por cierto, no sé si se lo han dicho, cuestan un dinero que técnicamente la Comunidad Autónoma que usted preside no tiene –otra cosa que tampoco estaría de más que me explicara–.

No sé si piensan, usted y su cuadrilla de colegas, que el resto de los mortales nos comemos los mocos; pero mi reducido intelecto me dice que algo no cuadra cuando tiene usted el cuajo de proclamar que yo –usted dice «España», pero es que yo soy asturiano y por lo tanto español, y cuando alguien dice «España» me doy por aludido– robo a los catalanes. Que podrá ser verdad o no, aunque los dos sepamos no lo es. Pero es que usted lo dice mientras están investigando a su partido en tres tramas corruptas diferentes y su padrino político, que además ha sido su Presidente durante 23 años, ha tenido la cara lo suficientemente dura como para decir alegremente que ha estafado decenas de miles de euros a la Hacienda catalana –y asturiana, y madrileña, y andaluza–, pero que le dejen en paz.

Usted se piensa que nos comemos los mocos, y tiene parte de razón. Porque si aún es usted Presidente de la Generalitat se debe sola y exclusivamente a que el mayor mucófago del país resulta ser el Presidente del Gobierno y, al fin y al cabo, nosotros le hemos puesto ahí. Aunque los catalanes le han puesto a usted en Sant Jaume, así que no hagamos comparaciones.

Su hipocresía no conoce límites, y su soberbia tampoco; y ya sería buena hora de que se lo dijera alguien que no fuera Albert Rivera. Usted es un gobernante mediocre, además de probablemente corrupto o como mínimo tolerante con la corrupción, que ha tratado de ocultar su descomunal fracaso político debajo de una bandera que ha construido usted, porque no existía antes de su toma de posesión.

Es un hipócrita porque tiene la desfachatez de decir que yo, y conmigo el resto de los españoles, robamos a los catalanes cuando su Presidente ha emitido un comunicado de prensa –es que es el colmo del cachondeo– admitiendo que durante décadas ha perpetrado fraude fiscal.

Es soberbio porque hace falta serlo, y mucho, para ser recibido por el Jefe del mismo Estado para el que usted trabaja y del que usted cobra –y cómo cobra– y soltar un «hoy he venido en son de paz», como si tuviera la más remota posibilidad de ir en otro son distinto.

Es un gobernante mediocre porque la Comunidad Autónoma de Cataluña jamás ha presentado una situación financiera tan desesperada como en varios puntos de su mandato como Presidente.

Y es probablemente corrupto o como mínimo tolerante con la corrupción por la simple razón de que, si resulta que no es ninguna de las dos cosas, entonces simplemente es imbécil y no se entera de la misa la media; y eso, me temo, no cuadra con el perfil de alguien capaz de perpetrar fraudes de Ley y explicárnoslos a todos los españoles en una rueda de prensa sin despeinarse y sin que pase nada.

«No se exciten, que hay más», como decía Sáenz de Santamaría a la bancada socialista cuando le sacaba los colores a la Vicepresidenta De la Vega en el Congreso –qué tiempos–; porque usted no tiene la culpa de todo. En absoluto. Hay un Gobierno responsable de que usted haya podido poner en marcha este monumental circo impunemente, incluyendo los probables delitos que ha cometido por el camino. Un Gobierno que, por razones que aún desconocemos, pero que conoceremos tarde o temprano, ha tolerado esta afrenta suya a la Constitución, a la Ley, a la dignidad política y a todo lo que conocíamos como reglas de juego; y las decisiones, como saben mis lectores, «las toman los que se presentan», de modo que habremos de exigir responsabilidades.

Pero lo que revela definitivamente su catadura moral, señor Mas, es que en lugar de plantar cara a alguien a la altura de su plan, como hizo Alex Salmond en Escocia, se ha aprovechado de que no tiene a nadie enfrente para perpetrar su fraude, en lugar de pelear por sus ideas dentro de los límites de la democracia. Y eso, en mi planeta, es lo único que le faltaba a mi lista para hacer de usted exactamente el ejemplo de todo lo peor en política. Se llama cobardía.

Dentro de 20 días se celebran las elecciones tras las que, si aún queda alguien sensato en Cataluña, terminará usted su carrera política. Puede darse por satisfecho, porque es difícil llegar tan lejos. Yo, por mi parte, le prometo que procuraré trabajar el resto de mi vida para que nadie como usted pueda volver a repetirlo.

4 comentarios en “A Artur Mas

  1. Llevo muchos años leyendo en la prensa, artículos de OPINIÓN POLÍTICA, y tengo que reconocer que ninguno, como este me ha dejado más satisfecha. Todos los españoles, incluídos los catalanes, sabíamos de la catadura moral de Mas. Jaime, una vez más me sorprendes con una carta a este indivíduo. Los analistas políticos (si tuvieran la oportunidad de leerla ) tendrían que felicitarte, y, los catalanes que se sienten españoles, agradecerte.Que Dios te conserve ese punto de ironía…Descargar de dramatismo a una cosa tan seria no viene mal.

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  2. El ejemplo jurídico que expones creo que no sería propiamente un fraude de ley, sino una simulación, que no pocas veces es admitida en Derecho. El elemento esencial del fraude de ley es el resultado prohibido o contrario a Derecho, no que sea distinto al aparentado (simulado).
    Por lo demás, creo que lo de Mas no llega siquiera a fraude de ley; se queda en contravención directa.
    Un saludo,

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