El límite de lo soportable

Esta mañana le pregunté a mi profesor de Political Institutions and Politics in Democracies por qué la Constitución de Noruega no otorga al primer ministro la facultad de disolver el Parlamento y convocar elecciones generales. Noruega posee un sistema multipartidista en el que rara vez se ha producido un Gobierno de mayoría absoluta, y la herramienta de disolución es común a prácticamente todos los sistemas parlamentarios del mundo; es, además, frecuentemente utilizada por primeros ministros de Gobiernos en minoría. De modo que yo no entendía por qué en este país no se contemplaba esa posibilidad.

El profesor Heidar me respondió que la polarización de los partidos políticos noruegos es «mínima» y que, simplemente, nunca desde la independencia de Suecia en 1905 se ha producido una crisis política de la entidad suficiente como para hacer necesaria una convocatoria de elecciones anticipadas. Por eso, los constitucionalistas de 1945 no incluyeron esa posibilidad en la Carta Magna, y nadie la ha reclamado hasta la fecha.

Lo cierto es que la respuesta no me dejó del todo satisfecho. El hecho de que algo no se haya producido hasta hoy no impide que pueda ocurrir mañana. Ciertamente la política noruega es una –¿aburrida?– balsa de aceite en la que la última vez que saltaron chispas fue porque los nazis llenaban de submarinos el fiordo de Oslo. Pero a veces llegan al poder las personas equivocadas. O, simplemente, toman decisiones erróneas. Que nos lleven milenios de ventaja –nos llevan milenios de ventaja– no resta probabilidad a esa opción.

Hoy han sido hallados cincuenta cadáveres en un camión abandonado en el arcén de una carretera. No se trataba de una tartana de principios de siglo, sino de un camión frigorífico matriculado en Hungría, un Estado miembro de la Unión Europea. No se encontraba en una carretera sin asfaltar de Somalia o Eritrea, sino en la autopista austríaca A4, que además es la Autopista Europea E60, un trazado de 6.200 kilómetros que atraviesa de Este a Oeste la zona más desarrollada y rica del planeta.

Ayer fueron encontrados otros cincuenta cadáveres en la bodega de carga de un barco en el que viajaban 400 refugiados procedentes de Libia. El 19 de abril, 900 personas perdían la vida en un solo naufragio frente a las costas italianas, que son costas europeas, dejando en nada las 350 personas que perecieron en Lampedusa en 2013 y que movilizaron hasta al Papa Francisco.

El barco de ayer fue interceptado en aguas del Mediterráneo, una barrera natural que separa dos mundos y que es la tumba de dos mil personas… sólo los siete primeros meses de este año. Sólo el año pasado, tres mil quinientas vidas se vieron truncadas en el agua.

Mi profesor de Political Institutions no se merecería que descargara así mi frustración con él, y por eso no lo hice; pero quizás debería haberle preguntado si le parecería una crisis política lo suficientemente grave que el Gobierno no hiciera nada durante dos años mientras seis mil personas iban muriendo ahogadas frente a las playas heladas de Bergen. Quizás pusiera cara de sorpresa ante semejante hipótesis, descabellada y completamente imposible. Yo le habría respondido que efectivamente parecía imposible, pero que le puede pasar a cualquiera. De hecho, está pasando aquí al lado.

Durante cuánto tiempo podemos soportar ver cómo cientos de personas, hombres, mujeres y niños padecen muertes horribles –ahogados en el mar, asfixiados en un camión o en una bodega de carga, o víctimas de hipotermia, deshidratación o hambre– es una pregunta que alguien con un despacho oficial debería hacerse. Durante cuánto tiempo podemos condenar, con nuestra inactividad, a miles de personas a morir por el delito de huir de una guerra atroz en la que unos fanáticos, cuya existencia hemos tolerado, masacran a los pueblos imponiendo una ley salvaje y medieval incompatible con los Derechos Humanos que todos los Estados del mundo prometieron respetar.

Por supuesto, y por desgracia, es mucho más complejo que eso. En Europa no nos llega con el petróleo noruego y hay que seguir comprando el que vende Arabia Saudí o Qatar, que se parecen lo mismo a una democracia que Oslo a Bamako y que, probablemente, venden o regalan armas al Estado Islámico. Nuestras economías deceleradas –en crecimiento negativo, que también se dice ahora– no pueden absorber los flujos migratorios sin restricciones. Nuestros intereses comerciales miran hacia el Atlántico, y detrás de él, al Pacífico, no en la dirección opuesta. Ningún Gobierno en su sano juicio propondría en el Consejo de Seguridad una invasión armada de Irak y Siria, que es la única forma de plantar cara al yihadismo convertido en Estado, porque en este nuevo siglo y en esta nueva «política de la felicidad y las flores» un planteamiento así no tiene cabida.

Pero mientras nos entretenemos a nosotros mismos, mientras enviamos a nuestros primeros ministros o, mejor aún, a decenas de burócratas a que se reúnan para matizar éstos y otros seis mil asuntos adyacentes, miles de personas siguen ahogándose en el mar. Miles de personas procedentes de países que por una u otra causa, no importa cuál se escoja porque seguro que tenemos algo que ver, no tienen burócratas que enviar ni negociaciones a las que puedan asistir. Países cuyos primeros ministros, si están vivos y libres, sólo pueden acudir de cuando en cuando de rodillas a un país del primer mundo, para ser recibidos por un ministro de cooperación o un subsecretario. Sólo con que todos fuéramos un poco conscientes de estas realidades terribles, el mundo tendría una esperanza.

A mi me aterroriza seguir comprobando cómo el límite de lo tolerable sigue expandiéndose día adía, mes tras mes, cifra tras cifra. En eso, en cifras, convertimos ya las noticias. El peor naufragio de la historia sólo hasta que sea relevado por el siguiente aún peor. Mientras tanto la Unión Europea, torpe y lenta como un elefante hastiado de caminar por el desierto, se mancha más y más las manos de sangre.

Y no nos engañemos: la sangre está en esas manos, no en otras. Fuimos nosotros los que, hace dos mil quinientos años, conquistamos el Mediterráneo.

Gracias por seguir ahí.

Un comentario en “El límite de lo soportable

  1. Comparto esa desolación, lo único que puedo decir. Si tú, con tanto criterio, a pesar de los pocos años te haces tantas preguntas, a mí, solo me asiste el sentimiento de impotencia, el deseo y la esperanza, de que, las familias que se arrastran (literalmente) por las vias europeas, no solo encuentren agua y pan, también un lugar y un futuro, al que ellos y sus hijos tienen derecho. AMÉN

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