La característica básica de la Unión Europea, como organización internacional, es la cesión de soberanía. A grandes rasgos, la soberanía es lo único que distingue a un Estado de un grupo de edificios con trapos de colores en la fachada. Ceder soberanía significa permitir que otros tomen ciertas decisiones en lugar de las instituciones propias del Estado; y a su vez, ceder soberanía es un acto soberano, la máxima expresión del poder de un Estado.

En 1950 empezó a fraguarse en Europa la idea de que la única forma de evitar una Tercera Guerra Mundial, después de vivir dos en treinta años, era que los Estados del continente pusieran el suficiente número de cosas en común. Se empezó con el carbón y el acero, y medio siglo después una docena de países perdía una de las características primordiales del Estado moderno, la emisión de moneda y la política monetaria. En 2007 estuvimos a punto de dar un paso demasiado complejo y la Constitución europea fracasó.

Ayer al filo de las 9 de la mañana, tres minutos antes de que abrieran los mercados –que amenazaban con un desplome tras 17 horas de Cumbre europea sin acuerdo–, supimos que Europa ha asumido una nueva competencia. Supimos que 17 jefes de Estado y de Gobierno pueden poner una pistola en la sien de un primer ministro por mucho que esté legitimado por las urnas.

La noche más larga de Europa fue humillante para Grecia; los términos habitualmente eufemísticos y blandos de Bruselas se convirtieron en exabruptos que sonaban como una motosierra en medio de la Sinfónica de Viena. “Desconfianza”, “ya es suficiente”, “basta ya” o “no nos fiamos” fueron algunas de las sutilezas que los líderes o sus equipos filtraron a la prensa; la mayor humillación, la filtración de Schäuble en la que pedía a Grecia que se hiciera a un lado para no estorbar y abandonara cinco años la zona euro, como quien cuelga la gabardina cuando sale el sol. The Guardian titulaba ayer que “Europa se venga de Tsipras”, reflejando que en la sala del Consejo no se sientan sólo estadistas, sino también grandes egos con el orgullo herido por la prepotencia de Varoufakis, un ministro muy mediático pero poco efectivo y sumamente desleal con sus colegas, que también han sido elegidos democráticamente, o al menos, tan democráticamente como pudo ser elegido él mismo.

#ThisIsACoup (EsUnGolpeDeEstado) fue la etiqueta que inventaron las redes para la lista de condiciones de las instituciones impusieron a Tsipras como precio por su estrategia de confrontación durante meses de negociaciones. Fácticamente lo es. No tengo ninguna duda de que la intención de Alemania, Finlandia y Letonia era que el líder de Siryza saliera de la sala con su carta de dimisión en la mano para negociar con otro gobierno y escenificar que con ellos no se juega. En la práctica es lo que ha ocurrido, sólo que en diferido. Tsipras ha capitulado ante la amenaza de la quiebra inmediata forzada por el BCE, y convocará elecciones en otoño, si es capaz de sobrevivir a esta semana. Europa se ha pasado de frenada para demostrar su poder. Un poder que no es legítimo, porque los Estados no le hemos concedido la facultad para destrozar economías y derribar Gobiernos a quien levante la voz. La Constitución de un país, que es la máxima expresión de soberanía nacional, no puede ser pisoteada. No es economía, es política; y quien diga lo contrario miente. Los ‘halcones’ -qué comparación tan noble; hay otras aves con las alas más largas…- han superado una línea roja que los ciudadanos no les habíamos permitido cruzar.

Ahora bien, el primer ministro griego, envolviéndose en la bandera de la “dignidad”, que le reporta intereses partidistas, ha llevado a Grecia a todo lo contrario, a la humillación por parte de las únicas instituciones del mundo dispuestas a prestarle un dinero que tiene todas las papeletas de no ir a devolver jamás; Tsipras ha llamado estos meses a la puerta de Putin y de Xi Jinping y se ha encontrado con que no hay rublos ni yuanes para Atenas. Pero le ha costado un precio demasiado alto, porque además de hacerlo, se ha asegurado de que todos lo vieran. Y finalmente decidió consumar su desafío con un órdago que también fue desleal con sus socios. Un jefe de Gobierno debe tratar a otros jefes de Gobierno como a sus iguales; y no es lealtad institucional salir de la sede del Consejo, tomar un avión a toda prisa y una vez en suelo griego anunciar la convocatoria de un referéndum (seguramente ilegal, a la vista de los inauditos plazos empleados, de menos de dos semanas) rompiendo la baraja.

Lo que ha logrado Tsipras con su referéndum ha sido romper un equilibrio muy difícil de conseguir. Internamente, ha roto a la sociedad griega y ha creado una inmensa frustración al demostrar que no había margen para decidir, cuando hizo creer al pueblo que sí lo había. Externamente, ha puesto en bandeja de plata a los radicales euroescépticos la excusa perfecta para enarbolar su bandera populista sobre la soberanía. Le Pen en Francia y Farage en Reino Unido, los finlandeses de extrema derecha que son socios de Gobierno, o los daneses que acaban de obtener un gran triunfo amenazan en sus países con mensajes muy duros reivindicando que Europa es un proyecto que escapa al control de los Estados. Demostraciones de fuerza como la de la madrugada del domingo no hacen sino dar fuerza a partidos peligrosos. Y más aún cuando un socio capital, el Reino Unido, podría adelantar a 2016 el referéndum de permanencia en la eurozona. Si Cameron fuera tan imprudente como Tsipras, el horizonte sólo depararía una crisis. Por suerte, la Cámara de Westminster imprime otro carácter. También se le podía contagiar algo al Congreso. Por pedir, que no quede.

Gracias por seguir ahí.

Un comentario en “Líneas rojas

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