Os mataréis en la caída (I)

Cuando en «Dos hombres y un destino» Robert Redford termina confesando que no piensa saltar de un precipicio de 100 metros para huir de sus perseguidores sólo porque no sabe nadar, Paul Newman estalla en una carcajada y le espeta: «¿Estás loco? Te matarás en la caída». Un sabio Butch Cassidy es lo que hubieran necesitado ayer Carlos Floriano, Dolores de Cospedal o Esperanza Aguirre para evitar salir a la palestra a protagonizar un absurdo: proclamar la victoria que les hará perderlo todo. Quien no lo necesitó –como siempre– fue el Presidente.

El 22 de mayo de 2011 a las 23:30 de la noche un descompuesto José Luis Rodríguez Zapatero comparecía en la sede de Ferraz para dar la cara por un PSOE que, respecto de las municipales anteriores de 2007, había perdido algo menos de un millón y medio de votos. Un mes y medio después, su partido y la crisis le habían liquidado: tiró la toalla y anunció la disolución del parlamento y la convocatoria de elecciones generales anticipadas.

Ayer, el PP de Mariano Rajoy se dejó dos millones y medio de sufragios respecto de 2011. ¿Ustedes han visto al responsable? Yo tampoco. Y no digo “el responsable” de forma casual. El Presidente apostó por involucrarse personalmente en la campaña cuando sus candidatos le dijeron que no le querían en sus mítines. El Presidente eligió con su dedo divino a los candidatos. El Presidente fijó los tiempos y estableció el discurso contra todos los demás. Él es el último responsable de la catástrofe que el PP intenta, sin ninguna convicción, vender como una derrota.

Rajoy tampoco sabe nadar, porque si supiera hacerlo, hace mucho que habría recibido en el Palacio de la Moncloa a Albert Rivera y hubiera hecho un gran favor a los españoles frenando la irrupción de Podemos con medidas que pasaban, por supuesto, con su propia dimisión. En lugar de eso, lleva tres años al borde del precipicio de unas elecciones generales absolutamente dispuesto a saltar. Y ahora que ya ninguna cita electoral se interpone entre él y su precipicio, sigue sin oír las voces que le gritan que, por supuesto, se matará en la caída.

La enorme soberbia con la que el PP ha ejercido el poder omnímodo estos cuatro años, que se suma a la corrupción que ha afectado a todas las instituciones gobernadas por él, sólo ha pasado su primera factura. Y los resultados de la segunda, que lleva fecha de cobro de noviembre de 2015, no son halagueños.

A Rajoy, como a los dos bandoleros, ya le han alcanzado sus perseguidores y sólo le queda saltar o rendirse. Si se rinde, deberá comparecer hoy mismo, asumir la responsabilidad que le corresponde después de que su partido haya perdido quinientas mayorías absolutas en un solo día y renunciar a ser el candidato del Partido Popular a la Presidencia del Gobierno. Seguirá los pasos de Zapatero, abrirá el proceso de elección de sucesor y esperará a la convocatoria electoral de noviembre gestionando su último Ejecutivo.

Si decide saltar, es decir, repetir su insoportable altanería y asegurar que sigue firme como única opción del PP para las generales, arrastrara consigo no sólo a su partido, sino al sistema de partidos, que quebrará por completo cuando se elija el nuevo Congreso de los Diputados. Con Pedro Sánchez sin terminar de consolidarse como secretario general socialista y Susana Díaz, una calamidad electoral nacional, deshojando la margarita de las primarias, que el cartel del PP vuelva a ser Rajoy sólo augura un resultado similar al de ayer.

congreso 2015

Lo que demuestran estos resultados, que son ya fácticos –es decir, no es lo que puede pasar, es lo que pasó ayer– es que el voto en España se ha dispersado. Sólo hace tres años y medio que ese Hemiciclo estaba poblado de escaños azules. La opinión pública no cambia de forma radical. Ha habido un trasvase de votos evidente; pero ningún votante del PP, con carácter normal, se pasa a Podemos. Si tenemos en cuenta que en estas elecciones se han estrenado un número importante de votantes nuevos, que la participación no ha subido de forma sustancial y que en España se han muerto menos personas de las que han cumplido 18 años en este tiempo, podemos sacar la fácil conclusión de que mayoritariamente el voto joven no ha apoyado al partido que más votos ha perdido.

Además, la marca ha generado rechazo allí donde no lo hacían sus candidatos. Juan Vicente Herrera (Castilla y León) ha perdido la mayoría que las encuestas le daban hace una semana, por ejemplo. ¿Acaso no es evidente que la estructura del PP es lo que ha provocado la fuga de votos? Si la aprobación de Monago según el CIS era aceptable –desde luego, no patética en los términos dramáticos del Gobierno–, ¿por qué ni siquiera ha mantenido sus escaños, cediendo ante el único Presidente que perdió las elecciones y ha vuelto a ganar unas?

El PP no puede limitarse a pensar que comunica mal. A lo mejor es que comunica muy bien todo lo que hace mal. El desprecio con el que ha ejercido su inmenso poder –desprecio a las instituciones, desprecio a las normas, desprecio a los ciudadanos– es la causa primordial de que los españoles hayan huido de una sólida mayoría a una absoluta fragmentación. Ese Congreso, el más multicolor no sólo de la historia de España sino de la actual Europa continental, es ingobernable. La investidura de Presidente parece imposible; pero la aprobación de unos Presupuestos es auténtica política ficción.

Rajoy acaba de anunciar que no hará nada. Que será el candidato del PP. Que no cambiará el Gobierno. Que no cambiará su dirección. Que su discurso de recuperación y estabilidad no cambiará un ápice. ¿Cuál es el vaticinio más obvio? Pues, ministros, diputados, senadores: todos, os mataréis en la caída. Y no seréis los únicos.

Gracias por seguir ahí.

4 comentarios en “Os mataréis en la caída (I)

  1. «…la catástrofe que el PP intenta, sin ninguna convicción, vender como una derrota».

    Ojalá la vendiera como una derrota, pero creo que querías decir que la vendía como una victoria 😉

    Me gusta

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