Two kinds of pain

Una de las frases que más me han gustado del personaje de Kevin Spacey en House of Cards, el último hito de las series de televisión americanas y digno sucesor –que no reemplazo– de El Ala Oeste, dice así:

There are two kinds of pain: the sort of pain that makes you strong, or useless pain. The sort of pain that’s only suffering. I have no patience for useless things. (Hay dos tipos de dolor: esa clase de dolor que te hace fuerte, o el dolor inútil. El tipo de dolor que consiste simplemente en sufrir. Yo no tengo paciencia para cosas inútiles.)

Al margen de que Frank Underwood le ganaría unas elecciones reales a Obama, lo que ya es de por sí significativo, comparar a mi nuevo personaje fetiche con Mariano Rajoy sería como comparar –y tomo prestada la expresión, que me parece brillante– a Dios con una bicicleta. Lo que le pasa al Presidente (al nuestro, a Mariano) es que dedica todo su tiempo a cosas inútiles. Por seguir el hilo de la cita de autoridad, el dolor que el Gobierno ha infligido a prácticamente todos los segmentos sociales, colectivos, grupos, organizaciones o empresas podría ser ése que nos hace más fuertes, o dolor inútil, ése “que consiste simplemente en sufrir”.

Es un hecho ratificado por encuestas, por estudios de impacto de las políticas gubernamentales y hasta por declaraciones del propio Partido Popular: todos los españoles han sufrido en estos años. Estudiantes, parados, jóvenes, pensionistas, trabajadores, pequeños y medianos empresarios, dependientes, inmigrantes… La lista es infinita. El Gobierno del PP no ha evitado estragos ni siquiera a sus propios votantes, aquellos que permanecen impasibles incluso ante los escándalos como los sobresueldos cuya existencia está judicialmente probada o los SMS del Presidente a un delincuente confeso.

Ahora, cuando las cifras macroeconómicas son innegablemente tendentes a una recuperación que es el nuevo mantra –fíjense, el concepto mantra es claro en cada momento: 2005-2008, crecimiento; 2008-2011, crisis; 2011-2013, sacrificios; 2013-2015, recuperación–, Rajoy tiene ante sí todo un drama: descubrir qué tipo de dolor ha sido esta Legislatura, porque ya ha sido asumido por todos que el mandato absoluto ha sido eso: un dolor. Y, lamentablemente, ha sido un dolor inútil, de esos para los que Frank Underwood no tiene paciencia. Ha sido inútil porque el gran problema de la recuperación que vende el Presidente es que no sabemos para qué es.

No tenemos ni idea de para qué sirve esta recuperación. No existe un proyecto de país, no existe un programa para utilizarla, no existe un camino que recorrer pertrechados de las flamantes herramientas de la creación de empleo, los bajos tipos de interés o el aumento del consumo. Lo que le ha pasado al PP, y le va a seguir pasando porque a Arriola se le rompió la bola de cristal el día que llamó «frikis» al peligro Podemos, es que ha puesto tanto empeño en vender ¿su? recuperación que se le ha olvidado decirnos qué quiere hacer con ella. En un período extraordinariamente corto –del 22 de marzo al 20 de diciembre– en el que se decide todo el poder político de España, el PP se pierde en vaivenes ante Ciudadanos y coqueteos con sus viejos fantasmas olvidando que su deber es presentar al país un proyecto de futuro.

Y el gran problema que tienen es que hace diez años no hubiera importado, porque a falta de proyecto los españoles tiramos de rentas. Pero hoy hay dos partidos, que no van a irse como llegaron, y que sí tienen un proyecto de futuro. Nos gusten más o menos, Pablo Iglesias y Albert Rivera tienen, al menos, una idea de lo que quieren hacer con España. Mientras tanto el Presidente Rajoy se empeña en su ya estereotipada imagen de persona impasible, sin darse cuenta de que «cuando se es Presidente hay que parecer un poco humano» (otra de Underwood), pero sobre todo, hay que parecer que se tiene un proyecto.

Tras cuatro años de ejercicio casi despótico del poder omnímodo que los ciudadanos le entregamos en las urnas, a Mariano Rajoy se le ha acabado el tiempo. Su actitud indolente ante las preocupaciones de los ciudadanos, su desprecio a otras opciones inadmisible en democracia y su incapacidad manifiesta para ejercer el liderazgo que necesita un país le condenarán cuando se enfrente sólo con su pasado a un camino que lleva al futuro.

Empiece a ver House of Cards, señor Presidente. Menos mal que sólo llevamos tres temporadas.

Gracias por seguir ahí.

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