Casablanca

El mantra es omnipresente: todo se viene abajo. Hasta los columnistas más recalcitrantes en sus mensajes de recuperación y optimismo lo reconocen ahora, contando la que cayó el domingo en la recepción de los Reyes en el Palacio Real. Al parecer, corrillo tras corrillo los ‘trending topics’ se repetían y de fondo sonaba la misma música, el mismo estribillo: que, pieza tras pieza, todo se cae.

España se ha convertido en una hilera de fichas de dominó, y hace tiempo –no sabemos quién, cómo ni cuándo– alguien derribó la primera. Desde entonces, lenta e inexorablemente se han ido derribando unas a otras, y hoy la cascada ha cogido velocidad, porque ya no hay respiro entre la caída de una ficha y la siguiente. Del escándalo de Pujol al desafío al Estado de Derecho y de las tarjetas de Caja Madrid al ébola, los últimos dos meses son una implacable concatenación de fracasos.

Abrir un periódico es sinónimo de perder los nervios, y ver un Telediario pone en riesgo la salud cardíaca de los más osados. Me recetarán una depresión antes de que termine el año si sigo viendo las ruedas de prensa de este Gobierno.

Mientras todos siguen a lo suyo –a su referéndum, a su recuperación, a su cajero sin fondo…– cala por todas partes el mismo mensaje: queda poco para que todo estalle. De nuevo, nadie sabe qué, cómo ni cuándo, pero mientras llega, ahí está esa sensación de inminente desastre, de desasosiego ante lo impredecible.

El Presidente Rajoy apuesta siempre a la misma casilla, sin duda inconsciente de la realidad del país que gobierna –utilicé estas mismas palabras contra Zapatero hace ya seis o siete largos años–, que no es otra que la de esperar. No adelantar los acontecimientos, como él dice. Lo que en román paladino significa ir siempre a remolque, no tomar jamás la iniciativa y permitir que las situaciones se desborden. Esperamos a que Bankia se hundiera y después anunciamos a bombo y platillo un rescate como si fuera un premio. Esperamos a que el país se fuera de vacaciones para comparecer por el ‘caso Bárcenas’. Esperamos a que Gallardón estallara para retirar la ley del aborto. Esperamos a que Mas rompiera el pacto constitucional para poner en marcha la maquinaria del Estado. Esperamos a que pasaran cinco días del contagio del ébola para crear una Comisión. ¿Esperará el Presidente a que haya un 30% de participación en unas generales, o peor, a que Podemos sea segunda fuerza? ¿Esperará Rajoy a que no quede nada de un país que debe gobernar?

Todo se cae porque no hay nadie capaz de aportar un rayo de esperanza. Todas y cada una de nuestras facetas como país fallan sin que nadie ponga soluciones. Y para cabreo colectivo, los dirigentes políticos hacen el ridículo, en el mejor de los casos. ‘El asesino es el mayordomo’, le faltó decir al consejero Fernández. Otro Fernández, de nombre Arturo, dice que no dimite como vicepresidente de los empresarios porque lo de las tarjetas no era delito; qué fácil se está poniendo lo de ser anticapitalista, o mejor dicho, qué complicado es no serlo.

Y así, una tras otra, los ciudadanos encajan las bofetadas propinadas por irresponsables, corruptos, mentirosos, incompetentes y hasta criminales que hablan desde tribunas y ante micrófonos, construyendo cada día un nuevo despropósito que es otro granero de votos de Pablo Iglesias. Pero todo es insoportable levedad, todo es sólo relativamente grave, nada es suficiente para un imaginario colectivo como el de los españoles, capaces de pensar que siempre todo podría ser peor de lo que ya es. Nadie cree ya en este país de pandereta en el que si algo funciona es por inercia. Nadie es capaz a estas alturas de reconocer mérito alguno.

Mientras tanto, una mermada minoría nos esforzamos defendiendo un sistema que tiene sus fallos, cuyas reparaciones son urgentes, sí, pero que no ha fracasado por sí mismo sino por quienes lo han encarnado. Un sistema político, un sistema como el Estado de Derecho, un sistema de democracia representativa que se empieza a poner en duda como si hubiéramos inventado ya una fórmula mejor, y no es verdad, y quien diga lo contrario miente: no lo hemos hecho todavía.

A cada ficha de dominó que cae es más difícil explicar por qué la democracia es cumplir la ley, por qué todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, por qué para cambiar las cosas hay que seguir unos procedimientos. Y a veces, cuando la última bofetada ha sido demasiado dolorosa, llego a preguntarme si tengo razón, o si no estoy defendiendo nada más que una mentira.

«El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos», le decía con ironía Ingrid Bergman a Humphrey Bogart en su película universal, como dando a entender una carga de conciencia al dejarse arrastrar por el amor mientras todo lo demás caía. A ellos, al menos, siempre les quedará París.

Gracias por seguir ahí.

2 comentarios en “Casablanca

  1. – Te recetarán un antidepresivo, o te diagnosticarán una depresión.
    – Las frases tan típicas como “país de pandereta” o “insoportable levedad” no aportan nada y te hacen quedar mal.
    – Este artículo es bastante repetitivo, como tú mismo reconoces repitiendo frases de hace 7 años.
    – Que todo va a estallar te lo dije yo hace años, y sigo diciéndolo. Y esperándolo. Y yo seguiré siendo el primero que esté ahí en ese momento.
    – El sistema es bueno, solo si se respeta. Pero para respetarse, tiene que haber separación de poderes, cosa ficticia hoy en día.
    – Ya es hora de que empieces a hacer algo, no solo escribir. ¿O estarás orgulloso de que en tu blog haya una entrada sobre la desgracia total de España? Podríamos llamarte cronista oficial de la miseria de la nación, si quieres. Pero sería mucho mejor para todos que la Historia te pusiera una medalla por haberlo evitado. O haber contribuido a evitarlo. O, al menos, haberlo intentado.

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  2. Tienes razón en todo pero es una visión apocalíptica que no da esperanzas. Sé que es difícil ver algo positivo en el inmediato futuro pero hay que luchar y sobre todo tu seguir preparándote para poder actuar. Creo que estás haciendo lo que debes, este es el momento de prepararse y aprender para que llegado el momento puedas actuar con conocimiento de causa. Seguir dando tus opiniones para que haya gente que aprenda a través de tus conocimientos. Yo seguiré apoyando a Carmen Moriyón que creo que es de lo poco que merece la pena en Asturias, sin pertenecer a ningún partido porque no creo en ninguno y seguiré escribiendo mis artículos por si puedo encender una luz con mi experiencia.

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