Nosotros, vosotros y ellos

Me asombra la capacidad de este país para albergar a gente capaz de decir cualquier cosa –confieso que la cursiva esconde una palabra que he decidido cambiar por esa infinitamente más correcta construcción–. Es algo impresionante, casi digno de estudio. Están por todas partes, da igual a dónde acuda uno. No hay reductos. En días malos, además, arrecian.

Evidentemente esto es políticamente incorrectísimo. Desde Maquiavelo cualquier politólogo entiende que no puede uno meterse con el pueblo, pero yo soy un incauto. Probablemente una inocente paloma con muy poco de serpiente –la metáfora de Kant sobre moral y política–. Pero la realidad no es otra. Vivimos en un país que no aprende de sus errores.

No es que yo me considere más listo que la mayoría; simplemente, muchas personas me demuestran a diario que, por razones que desconozco, nuestros pensamientos flotan en dimensiones incompatibles. Es perfectamente posible que el equivocado sea yo, claro. Pero voy a permitirme la licencia de creer, por un momento, que no es así.

Por ejemplo, leo hace poco en una red social que la Alcaldesa de una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, como tampoco de su partido –pues no importa– tiene la culpa de… la pobreza infantil. Agárrense a sus asientos, que no es tema baladí. No hablaba de una urbe desproporcionadamente grande con una masa de población inasumible, sino de una ciudad que ni siquiera es capital de provincia. Además, este sujeto de estudio, por llamarlo de alguna forma, cree que además de ser culpa de la Alcaldesa (los finos epítetos que le dedica me los ahorro) que haya cientos de niños pasando hambre, la responsabilidad es compartida entre la regidora y… los ciudadanos que la votaron.
Ante este derroche de demagogia, claro, yo salto cual resorte engrasado y digo lo siguiente (copio y pego):

(Haciendo abstracción de la historia) Porque, por supuesto, según leo por aquí, la pobreza infantil es toda ella culpa de la Alcaldesa de [tal], que además de ser una desalmada sin escrúpulos, conspira a diario en su despacho para ver a cuántos niños deja sin cenar… Menos hipocresía y más mirarse al espejo para ver lo que hacemos cada uno, cada día, por mejorar esta sociedad que se va a pique. ¡¡Qué fácil es votar cada cuatro años, desentenderse y que los problemas los solucione otro!! El responsable jamás es uno mismo, siempre es otro, y si ese otro es un cargo público o una Administración, mejor. Sin ser yo especialmente católico, “el que esté libre de pecado que venga a tirar la primera piedra”. Yo no lo estoy y por eso no me atrevo a señalar a nadie jamás. Hay, claro, quien está por encima del bien y del mal. Y ya me he quedado a gusto.

Efectivamente, me quedé muy a gusto. Pero después, gajes del oficio, seguí dándole vueltas al tema. Y aquí estamos ahora, poniéndonos trascendentales.

Qué fácil es votar cada legislatura y desentenderse de los problemas. Es lo que España ha hecho los últimos treinta y cinco años, ni más ni menos. Por tirar de lo reciente, nos llevamos las manos a la cabeza con la desgracia política del Presidente Suárez, pero fueron los españoles de entonces los que otorgaron a González y Fraga más de dos tercios del Congreso. UCD estaría disuelta, sí; la traición del Rey se consumaría, o no; el cambio era necesario, vale; pero a Suárez no le apartó del Hemiciclo ninguna mano negra. Ahora han llegado los ‘vivas’ que tanto me han emocionado: al paso de su féretro. Demasiado tarde.

Dos generaciones son enteramente responsables de esa forma de hacer y de votar y no me duele en prendas decirlo con una claridad que seguramente duela. No me importa que en esas generaciones estén mis padres, por ejemplo, que lo están. En conjunto, en mayoría, en democracia optaron por el camino fácil. Ahora que han venido mal dadas, exigen responsabilidades. Y claman al cielo exigiendo Justicia. No sin razones, desde luego. Pero esa gran frase de un amigo me resuena desde que la escuché la noche de fin de año: “los políticos no han llegado de Marte. Son de aquí. Nuestros”.

En estos días toca ver cómo la ciudadanía sale a la calle a protestar por una gestión que, analizada fríamente, no difiere tanto de la ejecutada por Gobiernos anteriores: de espaldas al pueblo y sin tener en cuenta la realidad.

¿Ahora se han caído las vendas? ¿San Pablo ha sido derribado de su caballo? De pronto ya nada es válido, todo es corrupto y “ellos” tienen la culpa de cuantos males nos acechan. “Ellos” nos han traído aquí y “vosotros” (¿nosotros? ¿mi generación?) “tenéis que arreglarlo”. Es necesario e imprescindible presentar una alternativa. “¡No hay alternativas!”.

Ese discurso no me sirve. Exigir responsabilidades siempre será legítimo, pero pretender que la culpa no fue en cierto grado nuestra sólo augura un futuro peor. Me niego a creer que en la generación que hoy gobierna sólo hubiera mediocres para ocupar las más altas responsabilidades. Me niego a creerlo porque tengo padres, tíos, familiares, amigos y conocidos que son personas tan o más válidas que muchos de los españoles en edad de llevar el timón. Y lo mismo le pasa a otras personas de mi generación con sus respectivas familias y amigos. Entonces, ¿por qué gobiernan el país quienes lo gobiernan?

En democracia siempre habrá una alternativa. Concedo que no suele estar ahí, a la vuelta de una página de periódico ni en una marquesina de parada de autobús. La alternativa a un panorama tan grave como el que sufre España hoy no aparecerá de la nada en el próximo telediario. Y, desde luego, la alternativa no surgirá de un día para otro.

Somos los españoles los que tendremos que construir alternativas. Alternativas políticas, sin duda alguna, pero también alternativas sociales y culturales. Nadie nos ha traído aquí a punta de pistola y con los ojos vendados; pretender lo contrario es rechazar responsabilidades. Votar cada cuatro años es un arma de doble filo, porque –en teoría– sirve para renovar el poder en caso de fracaso o refrendar sus actos si éstos son acertados. Pero también sirve para analizar la responsabilidad de quienes han votado y cómo lo han hecho. No se trata de señalar culpables, pues la gestión es de los gobernantes y no de los gobernados; pero sí hacer, cuanto menos, un análisis de conciencia. Un magnífico discurso cinematográfico dice: “sé por qué lo hicisteis: […] os prometió orden, os prometió paz, y todo cuanto os pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión”.

Quien no haya sentido un mínimo sentimiento de culpa que tire, definitivamente, la primera piedra. Y empezará la lapidación de un país en el que, como Google sugiere al teclear la búsqueda “en España”… “no cabe un tonto más”. El que quede vivo, que empiece de nuevo.

Gracias por seguir ahí.

Un comentario en “Nosotros, vosotros y ellos

  1. Muchas veces me he preguntado qué hemos hecho mal. La primera vez que voté fue en el 82, con la ilusión y la ingenuidad de una primeriza. Con 19 años y en segundo de Derecho estaba descubriendo la emoción de correr delante de la policía cuando suspendían un concierto de Miguel Ríos en la Plaza de toros de Oviedo, que yo estaba de acuerdo con que se suspendiera, llovía a cántaros y corrían peligro de electrocutarse… pero molaba protestar. Así que lo que procedía era decir que no a la OTAN, no era un “no” de los de “Yankees go home”, no, para nada. Era un “no” que los inteligentes del PSOE nos vendieron como “no queremos entrar en la OTAN sin condiciones, vamos a negociar una entrada digna”. Y picamos. Y votamos al PSOE. Y no fue un voto a la ligera, al menos el mío, leías el currículum de aquellos aspirantes a gobernar y ¡¡¡demonios, qué nivel!!!! Si recordamos a aquel primer gobierno del PSOE, era un montón de gente preparadísima, con carreras estupendas y vivencias en la clandestinidad dignas de elogio, realmente eran cabezas pensantes de alto nivel. Eran “socialistas de burberrys”, gente de izquierdas pero salida de entornos de élite, estudiantes de los Pilaristas, algunos fueron a Deusto, otros cursaron postgrados en La Sorbona, en USA, de familias de alto standing… Un nivel estupendo. Nada hacía sospechar que se les fuesen de las manos los muertos de hambre que tenían de segundones, que llegaron al poder en busca de dinero fácil y para los que la corrupción no era un delito sino una forma de vida. Pone los pelos de punta la historia del hermanísimo de Alfonso Guerra, por ejemplo. Y así fue como caímos muchos del guindo. Lo triste es que muchos años después ese afán de conseguir dinero fácil a base de corruptelas se convirtió en el deporte favorito de políticos de todos los colores. Y sigo preguntándome ¿qué hemos hecho mal? ¿había otras opciones? ¿votar CDS habría cambiado algo? Yo creo que no, algo falla en la tan alabada transición española, o no estábamos preparados para tanta democracia o será que somos la república bananera que parecemos. Los siguientes treinta años (que se dice pronto) la política de este país ha sido un nido de víboras ansiosas de poder y riqueza que ha obligado a muchos a abandonarla asqueados. ¿Son culpables por haber tirado la toalla? ¿Y yo me tengo que sentir responsable? Qué más me da que tengamos un montón de hombres y mujeres dignos de gobernar con inteligencia y entrega, si están tan asqueados como yo y no quieren ni oír hablar de meterse en política. Lo siento, no veo la luz al final del túnel pero tampoco me fustigo pensando que la culpa es de tu padre, tu madre o mía. Claro que pido responsabilidades, mi voto me da derecho a ello. Si quienes llegaron al poder gracias a mi no cumplieron su programa o se demuestra corrupción, por supuesto que tengo derecho a protestar. Lo triste es que no es difícil manipular a las masas y cada vez hay más medios para hacerlo. Por eso no veo el final del túnel…

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