El último recurso de los incompetentes

Esta vez, prescindo de presentación de la nueva firma invitada. -JP

Ocho de la tarde, el centro de la ciudad remolonea en las últimas horas de comercio abierto. Niños con los deberes hechos revolotean por las aceras con la bufanda por las orejas. Señores mayores dan la última vuelta antes de volver con la legítima, a ver qué hay de cenar. A algunos tempraneros se les ve cargados de bultos. La iluminación de El Corte Inglés está ya puesta. La Navidad ya está aquí.

En la principal avenida de la ciudad, cinco carriles, uno está inutilizado por la carga y descarga en pétrea sucesión de furgonetas y camiones pequeños, con franco parecido a una inacabable comitiva fúnebre. Y aquí viene la sorpresa del día. Otros dos carriles están cortados al tráfico. Varios policías locales al inicio y al final desvían el tráfico hacia los otros dos carriles, por los que el tráfico circula incluso fluido, dadas las circunstancias. ¿Y esto? Hay una manifestación. El Senado del Reino de España ha aprobado la ley de Educación de este Gobierno. Con sus luces escasas y largas sombras atemorizantes. Pero ahí está. O estará, que la vacatio legis es bastante larga en algunos aspectos.

Me llama la atención la manifestación. No son frecuentes por aquí. Convoca una central sindical anarquista. Banderas del sindicatos, de las verdes por la educación pública, las republicanas de ordenanza y, sorpresa de las sorpresas, una bandera de Vietnam (estrella de cinco puntas amarilla sobre fondo rojo) que desconozco si tiene algún significado político en la España actual. Son unos doscientos manifestantes, circulan sin invadir aceras, ni increpar a viandantes. Discurren en paralelo a una fila de coches, no les sería difícil mover dos o tres y montar una barricada. Pero cómo si no estuvieran allí. Hay abundante mobiliario urbano alrededor. Nada de nada. A lo suyo. A su protesta.

A su alrededor, no menos de quince policías nacionales, tres furgonetas (vulgo, lecheras), otra de policía local, cuatro motos de ídem… Me pregunto por un instante si es necesario semejante despliegue. ¿Por qué un operativo de ésa magnitud para una protesta que se está desarrollando por los cauces del civismo más contenido? ¿Tanta alarma social ha llegado a generar una simple manifestación de estudiantes en nuestro país? Y, por desgracia, me tengo que contestar que sí.

Hemos vuelto a la época en que los padres advertían a los hijos para que no salieran si había alguna protesta en la calle, o incluso que faltaran ese día a clase. Da igual el signo político, o lo legítimo de las reclamaciones. A día de hoy protestas como la que pude contemplar son rara avis dentro de un marasmo de violencia desatada, de transgresión metódica, no ya del Código penal, si no de las normas de convivencia ciudadana. Barricadas, fuegos, lanzamiento de objetos, agresiones directas… son el pan nuestro de cada día en periódicos y calles de las grandes capitales. Da igual que sea una manifestación contra la inmigración, contra la Iglesia, contra la banca o contra los sindicatos. En todas ellas siempre existe en plantilla ese grupúsculo de violentos que, amparados cobardemente en la masa y la capucha se dedican, simplemente, a dar rienda suelta a su violencia, arrasando contra vehículos de particulares y policiales por igual, sin distinguir clérigo de seglar –el mes en curso me permite esta cita disimulada-, locales gubernamentales y comerciales, o increpando a policías, políticos o viandantes sin pararse a distinguir entre unos y otros.

La única conclusión que al final extraigo es que, bien por una excesiva opresión policial, bien por la violencia desatada, al final el único que sale perjudicado es el ciudadano de a pie, que aun indignado quiere guardar las formas, y es el que ve recortados sus derechos e invadida su intimidad, pagando los justos por cuatro pecadores, cuando no quemado su coche, cortado el tráfico y llegando tarde a un trabajo que no se lo permite. O directamente en el cuartelillo parte de lesiones –provocadas por policías o manifestantes, eso es lo de menos- en mano.

Invito desde aquí a la reflexión. ¿Necesitamos violencia para protestar? ¿Nada se ha conseguido en este mundo sin quemar contenedores? Mala memoria histórica –de la de verdad- la del que conteste sí. La India sigue siendo independiente y es una potencia emergente, los ideales de Mayo del 68 no sobrevivieron a los 80.

Da que pensar.  –Álvaro Zapata

Nota a pie de post: Efectivamente. El título de esta entrada se lo debo a Salvor Hardin, alcalde de Términus.

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