Carta abierta al Rector de la UCM

Estimado Rector;

Soy Jaime Fernández-Paino, estudiante de segundo curso de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad que tiene usted el honor de dirigir.

José Carrillo, Rector de la UCM

No he podido evitar la tentación de escribirle de forma pública tras asistir impotente al linchamiento verbal que sufrió usted ayer en la Facultad de Psicología, a donde acudió para informar del estado de la Universidad, de su difícil situación y de las escasas esperanzas –existentes, le concedo; pero escasas al fin y al cabo– de que vaya a mejorar en un futuro inmediato. Sufrió usted un linchamiento verbal, si lo definimos sin paliativos ni eufemismos de tan acostumbrado uso últimamente. Lo digo por varias razones, pero la primera y principal es que no pudo defenderse de las descalificaciones, los improperios y los insultos vertidos sin tasa ni control por un auditorio enfurecido mucho antes de que llegara usted a la sala. No pudo hacerlo porque cuando no se le interrumpía con abucheos o proclamas que me atrevo a calificar de ilegales, se le negaba el derecho a replicar a unos alumnos que se aferraban al micrófono para hacer gala de una impresionante capacidad de juntar en pocos segundos una mezcla de demagogia, razón y mentiras que mueve multitudes.

Creo firmemente que cuando un Rector acude por voluntad propia a una Facultad para exponer el estado de la institución y se presta a realizar un turno indefinido de preguntas no puede ocurrir lo que usted sufrió ayer. Le voy a ser franco: si yo hubiera sido elector cuando usted se presentó, probablemente no le hubiera votado. Pero eso significa muy poco: usted es mi Rector, del mismo modo que ni el actual ni el anterior Presidente del Gobierno tienen mi voto, y aun así les guardo y espero que se les guarde el respeto que merecen. Usted, como mi Rector y el de todos los estudiantes que es, merece respeto. Quienes tanto se llenan la boca con soflamas de democracia, de poder popular, de soberanía del pueblo, son incapaces de acatar el mandato de unas urnas cuando son contrarias a su parecer; no hay más que ver lo que sucede en España en los últimos tiempos, pero no nos distraigamos.

Creo que no merece la pena entrar en más detalles de lo ocurrido ayer, sino que deberíamos analizar el fondo.

Como le mencionaba al inicio, estoy en el segundo curso de mi titulación. Es decir, llevo un año y un mes en la Universidad. No es un período que me permita hacer generalizaciones ni extraer conclusiones bien fundamentadas de lo que es la institución educativa por excelencia, la pretendida cúspide de un sistema de formación que es tan fácil atacar y tan complicado alabar. Pero en estos trece meses yo me he formado una imagen de la Universidad –no ya de la Complutense, sino como forma genérica– como un lugar donde los radicalismos campan a sus anchas, donde la tolerancia termina en las lindes de las propias ideas y donde es imposible un debate en igualdad de condiciones.

Yo no quiero defender esa Universidad.

Señor Carrillo, yo no quiero defender una Universidad en la que cada vez que hay una protesta sistemáticamente se vulnera el derecho a la libertad de quienes por los motivos que fueran no secundamos la acción. Yo no quiero defender una Universidad en la que parece ser no tienen cabida aquellos planteamientos que no pasan por la “insumisión o dimisión”, grito con el que fue usted recibido, interrumpido y despedido ayer. Yo no quiero defender una Universidad cuya fuerza sea la presión, y no el diálogo y la democrática confrontación de ideas. Para mí lo vivido ayer entra dentro de la absoluta normalidad de una dinámica reventadora por principio, porque es solo el último capítulo de una larga lista plagada de protestas irrespetuosas, interrupciones ilegítimas de clases, desalojos absolutamente de ciencia ficción, elecciones en las que es imposible elegir, y un largo etcétera.

Alguien tendrá que hacerme ver que la Universidad no es lo que acabo de describirle, y tendrá que hacerlo pronto. De lo contrario podremos certificar que el sistema ha fracasado.

Señor Rector, yo creo en una Universidad viva, tolerante y pacífica. El grito antedicho de “insumisión o dimisión” no tiene cabida no solo en las aulas sino en la democracia que hemos construido entre todos. La “lucha”, la “revolución” o los “movimientos de acción” –aquí tiene otro eufemismo– no son vías aceptables ni lo serán jamás.

Se espera de nosotros que seamos la generación mejor preparada de la Historia de la Humanidad, ni más ni menos. Y, sin embargo, parece que nadie hace nada por cambiar esta realidad que he intentado describir en las líneas precedentes. Nadie hace nada por reintegrar esa generación en la cordura y el debate constructivo. Nadie hace nada por intentar retomar las formas decentes y pacíficas. Muy al contrario, da la impresión de que volvemos a esa dinámica pos Transición de “los jóvenes están a lo suyo, a sus irresponsabilidades y a sus ideas alocadas”. Y es nos indignamos, nos rebelamos, nos ponemos en huelga, sitiamos el Congreso, somos ‘víctimas de la represión’… pero nada cambia. Ni nosotros, ni nada, ni nadie.

Cabe preguntarse si realmente merece la pena defender esta Universidad que me ha tocado vivir. Quiero empeñarme en creer que sí.

Repetía usted ayer que hay que demostrar que lo público funciona. Es muy cierto, porque si se demuestra que funciona no hay necesidad alguna de cambiarlo; pero si se demuestra que no, hay que hacerlo de inmediato. Tengo muy pocos referentes políticos –agradezcámoslo a la mediocridad de la generalidad de los elegidos por nosotros mismos– pero uno de los que se han salvado es la Constitución, con sus imperfecciones, sus fallos y sus virtudes. Dice en su artículo 27 que todos tenemos derecho a la educación, y parece que hay acuerdo en que la única vía que nos permite cumplir este precepto es asegurar la existencia de una vertiente universitaria pública. Señor Carrillo, la demostración de que la Universidad pública funciona no la certifica ni el Gobierno, ni las Comunidades Autónomas, ni Bruselas ni Shanghái. Lo certificamos nosotros, los alumnos.

Soy perfectamente consciente de que le ha tocado gobernar la Universidad Complutense en un contexto nada propicio al lucimiento de ningún tipo y menos de una gestión más allá de lo económico. Entiendo que la mayor preocupación que tiene cada vez que llega a su despacho consiste en pagar nóminas y facturas; pero no debe olvidar que no es su único cometido. No cometa el error en el que ha caído la política: la economía no lo es todo.

Su deber y el de todo aquel que ocupe su cargo es garantizar que todos los errores que le he ido describiendo no se producen jamás. Usted y los que le precedieron han fracasado en esto, sino también en todo lo demás, y más nos vale que sus sucesores no lo hagan.

Cuando se permite que la Universidad se convierta en el monopolio de una idea y que el extremismo de un solo lado se admita como válido, se está demostrando que la institución pública falla. Cuando se acepta una realidad como la actual se tiende una alfombra de lujo a los pies de los que prefieren restringir la educación. Una buena parte de los alumnos no hemos estado a la altura en los últimos tiempos, pero tampoco una buena parte de los gestores lo han estado. Y la Universidad agoniza entre innovaciones inviables y absurdos burocráticos que valen unos millones que no tenemos.

Señor Carrillo, o lo cambiamos todo ahora, o tendremos el dudoso privilegio de presenciar el ocaso del Libertas prefundet omnia luce. No pierda de vista las cuentas pero ni se le ocurra olvidar que otros problemas, acaso mucho más graves y difíciles de solucionar, amenazan de verdad nuestra Universidad. Sí estoy dispuesto a acompañarle, a usted y a todo aquel que se proponga hacerlo así, para guardar la institución más valiosa de nuestra sociedad y lograr que yo, y otros tantos como yo, tengamos el convencimiento de que sí merece la pena defender la Universidad.

Atentamente;

Jaime Fernández-Paino Sopeña

3 comentarios en “Carta abierta al Rector de la UCM

  1. Es la primera vez que leyendo este blog me siento en total desacuerdo. Creo que deberías informarte mejor antes de defender a un rector que al menos en nuestra facultad o en colegios mayores dudosamente goza de legitimidad por eficacia.

    Te invito a vivir la gestión complutense todas las horas del día durante 13 meses y ya luego me cuentas xD.

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