El verdadero triunfo francés

Hace pocos días comentábamos, en clase de Historia política y social del Mundo Contemporáneo con dos compañeras ‘Erasmus’ francesas, que los ciudadanos galos votan en primera vuelta con el corazón, y en la segunda lo hacen con la cartera. De esto me permito extraer que los resultados que efectivamente representan la ideología de Francia son los de la primera vuelta, en mucha mayor medida que la segunda; esto es lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que la segunda vuelta está limitada en todo caso a dos candidatos, no pudiendo los votantes expresar su verdadera preferencia.

Han sido muchos los titulares que siguen a la victoria socialista de François Hollande ayer en la primera vuelta de la carrera hacia el Elíseo. Efectivamente, las urnas dieron validez a la práctica totalidad de sondeos que preveían el desgaste del Presidente candidato tras los años de coliderazgo de Europa. Ni siquiera la brillante (?) gestión de los asesinatos de Toulouse inclinó la balanza, lógico por otra parte habida cuenta del hartazgo que empieza a despertar el tándem Merkozy.

Pero esas mismas urnas encerraban la peligrosa sorpresa que nunca ninguna encuesta será capaz de diseccionar antes de una cita electoral: el voto de la extrema derecha.

Si nos remontamos al principio del parlamentarismo europeo, es fácil comprobar cómo simplemente en sentido etimológico los conservadores, fueran o no radicales, jamás han sido ‘explícitos’. Desde el isabelino Partido Moderado del general Narváez, que se llamó Moderado porque el general Espartero llamó al suyo Progresista, hasta el Partido Nacionalsocialista de Hitler pasando por los Frentes Nacionales –como el actual francés– de toda Europa, es imposible encontrar un “Partido Conservador” que no sea el de los tories británicos de tradición tricentenaria. No ha existido en la Europa continental, política y democrática un partido derechista, conservador, radical o moderado, liberal o católico, que osara incluir los adjetivos “derecha” o “conservador” en su denominación. Hoy esto sigue siendo una realidad: la Unión por el Movimiento Popular (Francia), la Unión Demócrata Católica (Alemania), el Pueblo de la Libertad (Italia),  el Partido Social Demócrata (Portugal) o el Partido Popular de España y el Europeo que engloba a los anteriores son los ejemplos obvios.

Las razones por las que ese voto oculto en el caso francés es, o ha sido, determinante son muchas y diversas, pero apuntan al “complejo” que la derecha (sin necesidad de llegar al calificativo de “extrema”) ha venido arrastrando desde, como digo, antes incluso del siglo XX. Podríamos atribuirlo a las tendencias reaccionarias de la burguesía post-revolucionaria; pero, al fin y al cabo, ¿realmente ha sido incapaz la derecha, en casi dos siglos, de superar ese sentimiento de “culpabilidad” por querer evitar los cambios que trajo consigo la Revolución Industrial y la aparición de la clase obrera? Con sus electores ha pasado más de lo mismo: confesar un voto abiertamente conservador es una proeza al alcance de más bien pocos frente a la algarabía que, por qué negarlo, siempre ha rodeado al centro progresista, la izquierda socialista y los revolucionarios extremistas. Este electorado no tiene pudor en cantar a los cuatro vientos su  voto, como es perfectamente legítimo; y, de hecho, su movilización electoral es invariablemente mayor que la de los conservadores (un dato éste que justifica en un 50% los resultados electorales provisionales de Asturias: la abstención masiva de la derecha). Y ese es el germen, por así decirlo, de la ocultación del  voto radical que no se ha revelado hasta verse protegido por el anonimato de las urnas.

Todo esto viene a raíz de esa “sorpresa” que ayer los ciudadanos franceses regalaron a Europa. El triunfo de Hollande no es ni de lejos la noticia más importante, y mucho menos el triunfo más importante que se produjo ayer. Albergo mis dudas de que finalmente el candidato socialista derrote a Sarkozy el 6 de mayo, pero eso es harina de otro costal. Lo importante, lo sobresaliente, lo grave en definitiva, es que casi uno de cada cinco franceses votó ayer por Marine Le Pen y su Frente Nacional. Ningún sondeo, ni siquiera a pie de urna, fue capaz de prever un resultado histórico para el extremismo de derechas francés que sitúa a su candidata en la tercera plaza de la política gala. Marine Le Pen, sucesora e hija del hombre que dio la mayor campanada de la política reciente al pasar a la segunda vuelta en las Presidenciales de 2002, superando al desangelado socialista Lionel Jospin. La reacción aquel año fue espectacular, claro. El otro candidato, Jacques Chirac, pasó de 5 millones de votos en primera vuelta a 25 en la segunda. Un 80% de los electores acudieron en masa a votar por él para evitar que Le Pen hiciera realidad lo imposible y accediera a la Presidencia ante la incapacidad de los socialistas de rentabilizar los graves problemas de Chirac, sus escándalos de corrupción y su desastrosa campaña.

A lo que quiero llegar es a que el voto extremista de la derecha jamás ha sido predecible. Efectivamente el caso de Le Pen padre en 2002 fue en cierto modo previsible ante la brutal fragmentación de la izquierda. Pero ayer su hija saltó ese techo electoral para alzarse hasta el 17%, un porcentaje nunca visto. Y es que el “voto oculto” radical tiene un peso mucho más importante que en otros países; aquí, ese voto oculto es una parte mínima del electorado situado en los dos extremos del abanico político. Por supuesto, un porcentaje tan mínimo que no variará ningún resultado electoral en la medida en que lo ha hecho en Francia.

La incógnita ahora es cómo intentará el Presidente Sarkozy resolver la difícil ecuación que conjuga el apoyo de los radicales y el de los centristas, ambos necesarios para superar al conglomerado de fuerzas de izquierda que ya han dado su incondicional apoyo a Hollande, sin contrapartida ni negociación, ante el vuelco que supondrá el vuelco de los seis millones de votantes que han optado por ir contra Europa y contra la moderación política y han dado oxígeno a la nueva extrema derecha que acecha al Viejo Continente.

Gracias por seguir ahí.

4 comentarios en “El verdadero triunfo francés

    1. Gracias a ti por el comentario; he leído tus reflexiones sobre los mítines y la campaña, y no puedo estar más de acuerdo con ambas cosas. Sobre los asuntos de campaña, sin duda se ha intentado radicalizar a la opinión pública para polarizar aún más los resultados. Pero, en fin, el 6 de mayo veremos si efectivamente se ha dejado influir o no. Saludos.

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  1. Totalmente de acuerdo con madridremix. Yo apuntaría también que si en España no es aún una realidad el apoyo a los partidos de extrema derecha es por lo reciente de nuestra última dictadura. Danos unos añitos más de desgaste democrático con los grandes líderes que dirigen nuestra política y una situación crítica como la que atravesamos ahora, y media Europa se hace autocrática. La pregunta es: Vista la efectividad de las democracias que nos han tocado vivir y dejando por un momento a un lado los valorse que nos han inculcado como inamovibles (libertad, soberanía popular etc, etc) tan desdeñable sería una alternativa autoritaria?

    No me comas por favor xD

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  2. No te como, en absoluto. Es muy válido lo que dices, y de hecho vendría a demostrar los ciclos que se supone son la forma de funcionar de nuestra Historia. A la vista está el momento histórico en el que empezaron a surgir los movimientos fascistas autoritarios a casi estas mismas alturas del siglo XX, con una Gran Depresión y un liderazgo débil de los demócratas europeos; las similitudes son evidentes.

    Sin embargo, y supongo que como demócrata (¿radical?) que soy, no creo que el pueblo europeo vuelva a optar por la alternativa autoritaria como solución a la crisis política, económica y social. Por muchos motivos, pero principalmente porque las consecuencias de aquel ascenso de los nazis -por citarles a ellos como ejemplo de fascismos elevados al poder por las urnas; valga también para fascistas italianos, unionistas portugueses o falangistas españoles- fueron tan brutales que el mundo no estará dispuesto a tener que volver a combatirlas. Al menos, eso es lo que en mi opinión cabe esperar de una sociedad moderna como la actual, sean los líderes mediocres o esté la economía maltrecha. Podemos discutir su “efectividad” en términos prácticos, podemos discutir la gran imperfección de las democracias (“la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás”, dijo Churchill). Pero para mí, la vía autoritaria no es, ni será nunca, una solución.

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