La marca ‘Barsa’

Aunque David Gistau le da cierto trasfondo político, este artículo de El Mundo (11/4/2011) no lo reproduzco aquí por la política sino por su significado futbolístico. Que no se me note que soy del Madrid. Allá va.

Le tengo pedido a mi segundo hijo que, si tiene pensado, por joder más que nada, ponerse a nacer justo en el arranque de  no de los superclásicos, que elija el de Liga. Ése puede estropeármelo, pues nada decide ya, salvo la disposición de ánimo  con la que ambos equipos acudirán luego a esa epopeya de heraldos de una marca de natillas que Virgilio habría titulado “La Mourinheida”. Pero como me arruine el de Champions, se va a pasar su primer año metido en la jaula del canario, piando por el patio interior y alimentándose de los insectos que capture.

Se me va a enfadar Alfonso Azuara, al que sólo gusto cuando soy a Florentino Pérez lo que Cato al inspector Clouseau, o lo que la cagada de la paloma a la estatua. Pero el caso es que la inminencia de los clásicos me tiene henchido de instintos primitivos y adhesión. Igual que los Tercios postergaban susmotines cuando no quedaba sino batirse con el enemigo, este cronista aplaza sus automatismos críticos para atender a una promesa de gloria, saqueo, botín y viejas venganzas. Ante el páramo de las goleadas recibidas, juro que no volveré a pasar hambre.

Aunque el Real Madrid se presenta en los clásicos con las mismas posibilidades que un pollito en el Kentucky’s Fried Chicken, algo que no depende de la pelota ha cambiado ya: cierta imagen maniquea que hacía de esta rivalidad un concepto tan esquemático como el de los superhéroes de la Marvel. Guardiola parece un buen tipo, un Flanders en guapo que en el accidente de Los Andes se habría ofrecido voluntario para ser devorado por los demás aunque quedara comida. Pero terminó siendo cansina esa beatificación laica que le concedía el monopolio de todas las virtudes progresistas sólo para poder establecer una comparación de la que el Real Madrid salía retratado como un agente de la involución cavernaria.

Guardiola, en una reflexión intelectualmente tan compleja como las de las hijas de Zapatero –«Ser de izquierdas es querer ayudar a los demás», no serlo te convierte automáticamente en Cruella De Ville haciéndose un abrigo con cachorros–, ha etiquetado, por solidario, el fútbol del Barcelona como izquierdista. No queremos arruinarle, preguntándole si son solidarios Castro y el gulag, un pensamiento muy mono y sencillo que fija en lo político la marca ‘Barsa’ y que, por añadidura, invita a deducir que el Real Madrid juega fascista.

El pequeño país siempre reprimido, siempre victimista, contra la encarnación residual de los Reyes Católicos y demás rodillos imperiales. El chico ideal, al que es posible imaginar rescatando gatitos de un callejón y buscando a Cavafis en los anaqueles de la FNAC, contra gángsters y chulos que pisan el acelerador para que no logre cruzar la vieja. El juego de toque contra las guadañas del nihilismo. Unicef contra la casa de apuestas. Si es que hasta Shakira se enamora. Ahí es donde, desde hace años, el Barcelona tenía ganada la guerra de la propaganda, también porque el Real Madrid jamás supo crearse su literatura. Pero Unicef fue desplazado por un régimen homófobo, antisemita y filoterrorista contra el cual Guardiola no encuentra ninguna frase de gurú de fiesta con hogueras en Malibú. Y Rosell estropeó el discurso con una arrogancia parecida a la galáctica por la cual el RealMadrid es tan odiado en tantas partes. El Barcelona se ha convertido en el antipático caudillito de las hegemonías totales: representa antes a los marines del capitalismo que a la tribu de buenos salvajes de Avatar. Siguiendo la lógica de las comparaciones, el Real Madrid es entonces la insurgencia.

No sólo acaba así el maniqueísmo de los últimos años, sino que además Rosell y el spot de las manitas han concedido al ‘Madrí’ algo que antes no tenía: un agravio, puro combustible del alma. ¿Sabe ya el presidente del ‘Barsa’ para qué sirven las bolas chinas?

David Gistau

Le tengo pedido
ami segundo
hijo que, si
tiene pensado,
por joder más
que nada, ponerse
a nacer
justo en el arranque de uno de los superclásicos,
que elija el de Liga. Ése puede estropeármelo,
pues nada decide ya, salvo la
disposición de ánimo con la que ambos
equipos acudirán luego a esa epopeya de
heraldos de unamarca de natillas que Virgilio
habría titulado La Mourinheida. Pero
como me arruine el de Champions, se va a
pasar su primer año metido en la jaula del
canario, piando por el patio interior y alimentándose
de los insectos que capture.
Se me va a enfadar Alfonso Azuara, al
que sólo gusto cuando soy a Florentino
Pérez lo que Cato al inspector Clouseau,
o lo que la cagada de la paloma a la estatua.
Pero el caso es que la inminencia de
los clásicos me tiene henchido de instintos
primitivos y adhesión. Igual que los
Tercios postergaban susmotines cuando
no quedaba sino batirse con el enemigo,
este cronista aplaza sus automatismos críticos
para atender a una promesa de gloria,
saqueo, botín y viejas venganzas. Ante
el páramo de las goleadas recibidas, juro
que no volveré a pasar hambre.
Aunque el Real Madrid se presenta en
los clásicos con las mismas posibilidades
que un pollito en el Kentucky’s Fried
Chicken, algo que no depende de la pelota
ha cambiado ya: cierta imagen maniquea
que hacía de esta rivalidad un concepto
tan esquemático como el de los superhéroes
de la Marvel. Guardiola parece
un buen tipo, un Flanders en guapo que
en el accidente de Los Andes se habría
ofrecido voluntario para ser devorado por
los demás aunque quedara comida. Pero
terminó siendo cansina esa beatificación
laica que le concedía el monopolio de todas
las virtudes progresistas sólo para poder
establecer una comparación de la que
el Real Madrid salía retratado como un
agente de la involución cavernaria.
Guardiola, en una reflexión intelectualmente
tan compleja como las de las hijas
de Zapatero –«Ser de izquierdas es querer
ayudar a los demás», no serlo te convierte
automáticamente en Cruella De Ville haciéndose
un abrigo con cachorros–, ha etiquetado,
por solidario, el fútbol del Barcelona
como izquierdista. No queremos
arruinarle, preguntándole si son solidarios
Castro y el gulag, un pensamiento muy
mono y sencillo que fija en lo político la
marca Barsa y que, por añadidura, invita a
deducir que el Real Madrid juega fascista.
El pequeño país siempre reprimido,
siempre victimista, contra la encarnación
residual de los Reyes Católicos y demás
rodillos imperiales. El chico ideal, al que
es posible imaginar rescatando gatitos de
un callejón y buscando a Cavafis en los
anaqueles de la FNAC, contra gángsters
y chulos que pisan el acelerador para que
no logre cruzar la vieja. El juego de toque
contra las guadañas del nihilismo. Unicef
contra la casa de
apuestas. Si es que
hasta Shakira se
enamora. Ahí es
donde, desde hace
años, el Barcelona
tenía ganada la guerra de la propaganda,
también porque el RealMadrid jamás supo
crearse su literatura.
Pero Unicef fue desplazado por un régimen
homófobo, antisemita y filoterrorista
contra el cual Guardiola no encuentra
ninguna frase de gurú de fiesta con hogueras
en Malibú. Y Rosell estropeó el
discurso con una arrogancia parecida a la
galáctica por la cual el RealMadrid es tan
odiado en tantas partes. El Barcelona se
ha convertido en el antipático caudillito de
las hegemonías totales: representa antes
a los marines del capitalismo que a la tribu
de buenos salvajes de Avatar. Siguiendo
la lógica de las comparaciones, el Real
Madrid es entonces la insurgencia.
No sólo acaba así el maniqueísmo de
los últimos años, sino que además Rosell
y el spot de las manitas han concedido al
Madrí algo que antes no tenía: un agravio,
puro combustible del alma. ¿Sabe ya
el presidente del Barsa para qué sirven
las bolas chinas?

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