La cara y la cruz de las elecciones catalanas

A medida que ayer avanzaba la noche electoral y desfilaban ante mis ojos los bailes de escaños, mi inicial euforia fue apagándose por momentos hasta llegar el 100% de papeletas escrutadas.

Ahora ya no cabe ninguna duda de que ayer Cataluña dijo basta a una izquierda obsoleta y ajada, dijo basta a un tripartito caduco y vergonzoso desde el punto de vista de la política y la democracia, y dijo basta a lo que hasta hoy España consideraba Cataluña. Es evidente que ha habido un cambio radical y eso, espero, se verá reflejado en las acciones del nuevo Govern más pronto que tarde.

No obstante, la radicalización de la sociedad catalana nacionalista también ha quedado patente con la entrada de Joan Laporta y su pantomima de partido en el mayor parlamento autonómico de España, respaldado por más de cien mil votantes.

Que Laporta y SI hayan logrado entrar en el Parlament es una muestra inequívoca del deleznable estado de la política española y catalana que los ciudadanos tenemos que soportar. Que el ex presidente del FC Barcelona sea parlamentario, con lo que es, lo que representa y lo que parece que ha hecho –robar 80 millones al Barça, por si alguien no se acuerda– es patético, bochornoso, lamentable y hasta vergonzoso para un electorado que o bien no comprende lo que vota, o bien apuesta por perder su fuente de subsistencia económica, política y social, que se llama España.

Pero la otra cara de la moneda se la lleva sin ninguna duda el Partido Popular, con Alicia Sánchez Camacho al frente, por el que nadie daba un duro. Ha conseguido su mejor resultado histórico en su plaza más difícil de conquistar, y eso es claramente un síntoma de que España y sus ciudadanos demandan un cambio.

El Presidente del Gobierno empieza ya a notar cómo su pedestal, del que hablé tras las primarias del PSM, se tambalea sin cesar agitado por vientos de cambio que vienen del norte (con la sucesión que parecen preparar el PSOE y Rubalcaba), del este (con una negra perspectiva en las autonómicas de mayo), del sur (recuerdo que Marruecos está en esa dirección) y desde el oeste (donde EEUU piensa que es un “izquierdista trasnochado”). Ha conseguido un contrafuerte para reforzarse, el pacto de Legislatura con PNV y CC, pero no creo que sea suficiente.

Los vientos y los arietes (guerra del PSM, descalabro de Cataluña, rechazo de la UE) empiezan a hacer mella en las puertas de Moncloa. Sin embargo, no es menos desolador el panorama que desprende un Partido Popular que se limita a sentarse y esperar a que los problemas de Zapatero le liquiden por sí solos. Mariano Rajoy, por no actuar, ni siquiera se digna a zanjar la guerra en Asturias, guerra que le saldrá demasiado cara en comparación con lo fácil que sería intervenir y desalojar a los “mafiosos”, “terroristas” y farsantes Ovidio y Gabino, por utilizar expresiones de la cosecha de estos dos individuos.

En fin. El tiempo de cambio, aunque frío, se respira por todas partes. Lo que queda por ver es el tiempo que tardará en caer la columna presidencial, y cuál será el golpe definitivo que la derribe para siempre.

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