Pragmática Sanción en un Gobierno decadente

Cuando Fernando VII murió tras promulgar el célebre decreto por el que su hija Isabel podría acceder al trono de España, se desató una guerra civil entre la legítima heredera y el hermano del difunto, el Infante Carlos, por la Corona.

Casi doscientos años más tarde, la historia se repite, esta vez en clave civil. El pasado miércoles España asistía, no con excesiva expectación, a la reedición de la Pragmática Sanción para el siglo XXI. La sanción que confirma al hombre más oscuro de la izquierda como sucesor del nefasto y moribundo líder.

Mientras Rubalcaba se apoltronaba en su despacho con su sonrisa retorcida y su arrugada frente, Zapatero sonreía tontamente –como sólo él sabe hacer– y anunciaba sin decirlo que el futuro de España ya no pasa por él, sino por el nuevo Vicepresidente. Zapatero certificaba así varias cosas: la primera, que ni él ni su Gobierno tienen ya herramientas para frenar la caída libre en la que se encuentran. La segunda, que sabe que si vuelve a las urnas España le va a dar el mayor varapalo de la historia de la Democracia. Y la tercera, que prefiere que sea otro, el de siempre, el que le escolte a él, a su sucesor y a su partido al suicidio inexorable de las próximas elecciones generales.

Sin embargo, a Zapatero hay que perdonarle una cosa: que la tentación era demasiado grande como para no caer en ella. La tentación, la misma que personada en Rubalcaba lleva quince años volando en círculos sobre Moncloa primero, sobre Ferraz después, y de nuevo sobre Moncloa. El hombre al que recurre el Partido Socialista cuando en Moncloa huele a tragedia, o a podrido, o a ambas cosas.

Cuando arreciaban titulares sobre los GAL, allí estaba Rubalcaba para negarlo todo como Pedro pero no tres sino setenta veces siete. Cuando Roldán decidió que Tailandia era un lugar más cómodo que España para asentarse, allí estaba Rubalcaba agitando el pañuelo. Cuando Almunia se estrelló contra Aznar, allí estaba Rubalcaba para decir Ya lo avisé. Y lo más curioso de todo: cuando Bono cayó ante un desconocido absoluto por 19 tristes votos que hundieron a España, Rubalcaba cayó con él por estar en el bando equivocado. Impredecible hasta para el más astuto.

Sin embargo, pronto el presidente se percató de que en su gobierno hacía falta un Rubalcaba. Y como del original no se pueden hacer copias, allí lo puso. Y allí ha estado: allí negó la negociación con ETA. Allí afirmó que el Faisán voló solito, sin ayuda. Allí vio salir a De Juana a dar paseos por la ciudad que en tiempos más negros aterrorizó con sangre y fuego. Fouché, como decía la interesante Crónica de ‘El Mundo’ del domingo, es un basurilla comparado con este capo.

Hoy, como tras la real orden de 1830, se abre la guerra interna de la sucesión de un Presidente que ya no lo es. Salga o no en titulares, permanezca o no en la sombra, desde el cambio de Gobierno los pasillos de Ferraz ya no son seguros para aquellos que osen interponerse en el camino del nuevo cónsul del Gobierno.

Pero la cuestión principal es una y no debe confundirse con titulares sensacionalistas o ruedas de prensa adornadas con guirnaldas –o con pulseras Power Balance como la nueva Ministra de Sanidad, que manda narices– : Zapatero ha dimitido y ha dejado a España en manos de Alfredo Pérez Rubalcaba. Y esto es lo que quedará para la Historia.

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