El principio del fin

Tras los resultados de las primarias de la Comunidad de Madrid y los titulares tan explícitos que éstos han provocado, España puede dar gracias a los afiliados del Partido Socialista. Paradójicamente, y tras seis largos años de fracasos y ridículos, son aquellos que le llevaron al poder los que hoy han dado el primer golpe al Presidente del Gobierno. Un Presidente que creyó salvarse a sí mismo vendiendo los intereses de España a los nacionalistas vascos. Un Presidente que creyó asegurarse su escaño burlando la Constitución en Cataluña. Un Presidente que engañó a su país no una, sino varias veces, y creyó que saldría incólume.

Hoy los afiliados del PSM han constituido el primero de los arietes que harán caer a Zapatero de ese pedestal que se ha construido para sí mismo en la Moncloa. Se ha demostrado que no tiene autoridad en su partido, se ha demostrado que aquéllos a los que él apoya caen antes que él, y se ha demostrado que quienes le dieron una segunda oportunidad no le darán una tercera.

Al fin comienza la agonía del Presidente Zapatero. Una agonía que puede ser muy corta si el Partido Socialista así lo estima. Pero que se puede prolongar dos años más si el PSOE, como lleva años haciendo, es incapaz de reaccionar y deponer a su propio líder, el mismo que pese a estar en el poder les lleva de derrota en derrota, cada cual peor que la anterior.

Los españoles tenemos claro desde hace tiempo que aunque Zapatero sea un cadáver político, no va a convocar las elecciones que le darán el golpe de gracia. Sin embargo, aún tenemos esperanzas. Esperanzas puestas en un partido, el Socialista, que podría incluso vencer en las próximas elecciones sólo quitando a este mequetrefe y adelantando la cita electoral. Sabemos que Zapatero no tiene dignidad –porque si la tuviera ya habría dimitido–, pero puede ser que al PSOE le quede algún atisbo de ella.

Y si es así, no se lo pensarán más y harán lo que debieron hacer hace diez años: elegir a un candidato a la presidencia del Gobierno que, al menos, sepa controlar su sonrisa cuando no hay nada por lo que sonreir.

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